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Una publicación de la asociación SER

La añeja peste del sector salud antes de terminar en bolsas negras

Foto: IDL-Reporteros

Ricardo Parra. Periodista

La aciaga crisis sanitaria que viene sofocando a los peruanos en estos tiempos de pandemia, no es nueva. La conocen bien los asegurados de EsSalud, que tienen que tolerar una tediosa odisea desde el momento que llaman a un teléfono congestionado, para conseguir una cita médica y luego esperar meses para acceder a una cama - si en caso tuvieran que internarse -; la conocen mejor los afiliados al SIS, quienes no pudiendo acceder a una cobertura efectiva, prefieren no atenderse y se automedican siguiendo las sugerencias de las grandes cadenas de farmacias, y hoy la padece en carne propia, el mismo personal de salud (muchos ya contagiados y fallecidos) que recibe diariamente a pacientes por Covid-19, sin disponer de primordiales Equipos de Protección Personal que salvaguarden su vida en la primera línea de combate, allí donde la muerte acecha más.

Durante 40 años ininterrumpidos, el sector salud, y otros esenciales, han sido completamente abandonados por el Estado. En todo ese tiempo, ningún presidente de la República tuvo la voluntad de renovar y fortalecer un sistema de salud digno, al que puedan acceder todos los peruanos y peruanas; por el contrario, el interés se centró en descuidarlo hasta llevarlo al precipicio en el que se encuentra ahora, todo esto con el vil objetivo de privilegiar a las grandes aseguradoras privadas que comenzaron a concentrar clínicas, laboratorios y demás centros médicos.

Pero el lucrativo negocio de la salud privada, como tal, comienza en 1997, cuando Alberto Fujimori aprueba la “Ley de Modernización de la Seguridad Social en Salud”, en la que se concedían facultades a empresas privadas para que puedan cubrir atenciones médicas a fin de “descongestionar los hospitales”.  Años después, en el 2009, Alan García asestaría otro golpe a la salud pública, al aprobar la “Ley Marco de Aseguramiento Social Universal en Salud” con la que se empezaron a alquilar los servicios de clínicas y otros establecimientos de salud privados; también bajo el pretexto de cubrir la alta demanda de los hospitales. Fue entonces así que las grandes corporaciones empezaron a hacerse del control de la salud, mientras las dos principales entidades sanitarias, Minsa y EsSalud, se empobrecían en desmedro de sus usuarios.

Esta pandemia del Covid-19, viene desnudando la plétora de falencias y negligencias en las que han incurrido deliberadamente los diversos mandatarios que desfilaron por la Casa de Pizarro, especialmente los últimos 40 años. Sin embargo, la corrupción y la burocracia, hermanadas casi siempre, han sido enfermedades crónicas que por muchos años han estado larvadas en las administraciones de estas instituciones, con la anuencia de un servilismo, que viendo lo que ocurría, pensaba más en sus intereses personales, antes que atreverse a denunciar todo lo que se escondía debajo de la alfombra. La consecuencia de todos estos malos manejos, silencios y complicidades, hoy detonan al grado literal de necesitar ventilación mecánica.

Hoy que nuestra sensibilidad está atormentada por la multitud de cadáveres que terminan en bolsas negras como consecuencia de un sistema de salud colapsado, nos preguntamos desde este asfixiante presente: ¿cuál será el remedio inmediato para acabar con esta añeja peste? ¿cuál será el expectorante que pueda sacar esas antiguas flemas depositadas en los bronquios de estas entidades? ¿será este el punto de partida para convertirnos en mejores electores y ciudadanos con el valor necesario para denunciar cualquier irregularidad que veamos? o tendremos que esperar al SARS-CoV- 3, para cambiar este trágico destino que hoy sufrimos ad portas de ¿celebrar? el bicentenario de nuestra independencia.