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Una publicación de la asociación SER
Arquitecta. Especialista en Proyectos de Inversión Pública. Consultora e investigadora especializada en temas urbanos.

La calle y las mujeres: una relación hostil

Veredas en mal estado, escasos cruces peatonales, paraderos improvisados. Sí, caminar en las calles de Lima es todo un reto, pero si eres mujer, el reto se convierte en una prueba de valor.

Las calles de Lima son, de por sí, un territorio hostil para la gente. En la mayoría de casos, las características físicas de la calle no son el resultado de las necesidades del peatón sino de las necesidades de un agente externo: el auto. ¿Por qué tenemos veredas angostas? Porque se ampliaron pistas para aumentar carriles para autos. ¿Por qué tenemos puentes peatonales? Porque se eliminaron semáforos para generar vías rápidas para los autos. Sin embargo, la hostilidad resultante de pensar una ciudad para los autos es percibida de manera especialmente intensa por las mujeres.

Si usted, lectora, es mujer, pregúntese por qué a veces camina por una calle y no por la otra, pregúntese por qué escoge caminar por un solo lado del parque en vez de atravesarlo por el medio. Si usted, lector, es hombre, pregúntese por qué suele ir a recoger a su madre/hermana/hija/esposa/enamorada al paradero cuando es de noche, por qué prefiere que se quede en la casa de la amiga en vez de regresar sola. De seguro las experiencias en torno a estos cuestionamientos son muchas y diversas, pero la razón suele ser la misma: lo hacemos por seguridad.

La seguridad y, en su defecto, la inseguridad, están relacionadas a factores que consideramos como amenazas, siendo la delincuencia y la violencia a los que más tememos. Y si bien estos factores son resultantes de problemas estructurales que poseemos como sociedad, existen ciertas condiciones en el espacio público que contribuyen a que sean percibidos con mayor intensidad, especialmente por las mujeres. Por ejemplo, ante una situación de acoso callejero, las veredas angostas en vías altamente transitadas limitan las opciones de escape. Ante un intento de violencia física o sexual, los puentes peatonales se vuelven túneles sin salida. Las calles que tenemos nos violentan.

Por esa misma cuestión de seguridad, cada día, consciente o inconscientemente, las mujeres planeamos nuestras rutas. Algunas evitamos las calles oscuras, los paraderos solitarios, los parques abandonados, y, cuando es muy tarde por la noche, optamos por pedir un taxi por aplicativo. Sin embargo, muchas mujeres no cuentan con esas posibilidades. Para ellas solo hay una ruta a casa, la cual implica bajarse en el mismo paradero abandonado y caminar por la misma calle sin luz. Frente a la incertidumbre de lo que pueda suceder afuera, la inmovilidad se presenta como la alternativa más segura. Las calles que tenemos nos segregan.

Las situaciones generadas por la hostilidad de las calles vulneran directamente los derechos de las mujeres como ciudadanas y como personas, convirtiéndonos en uno de los grupos más afectados por ‘lo urbano’. Cuando decidimos no caminar por ciertas calles estamos renunciando a nuestro derecho al libre tránsito. Cuando decidimos pedir que nos recojan en los paraderos estamos renunciando a nuestra independencia y autonomía. Las calles que tenemos nos limitan.

Ante este escenario es necesario que quienes administran nuestras ciudades tengan mayor conciencia de la real envergadura de sus intervenciones en torno a las calles, especialmente sobre aquellas que se encuentran enmarcadas en el rubro de “mejoramiento de espacios públicos”. Mejorar la calidad física de la calle tiene un efecto transversal que repercute en las condiciones que son caldo de cultivo para la delincuencia y la violencia en el espacio público. Esfuerzos como mejorar la iluminación en los parques, ensanchar las veredas e instalar cruceros peatonales en vez de puentes peatonales no solo mejoran las condiciones del espacio urbano, sino que, además, mejoran las condiciones de seguridad para todos los ciudadanos, especialmente para las mujeres.

Tengamos presente que la calle como espacio público debe ser siempre el lugar más democrático de la ciudad, donde todos ejerzamos nuestros derechos libre y plenamente, donde nadie viva con temor o con zozobra. Un lugar donde no se nos violente, no se nos segregue y no se nos limite.

 

Esta semana la columna de Comadres cuenta con la colaboración especial de Katherin Tiburcio Jaimes. Plataforma Comadres es un espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.