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Una publicación de la asociación SER
Socióloga, analista política y de género.

La estética de la ausencia estatal

Pisco es una ciudad que terminó de echarse a perder. Es difícil ver dos casas similares, en forma, tamaño, estética, acabados, colores. Incluso en las inmediaciones de la Plaza de Armas.

Después del terremoto, las acciones de “reconstrucción” terminaron de devastarla: en vez de un serio planeamiento urbano, regulaciones de reconstrucción, se hicieron obras puntuales y se dio apoyo financiero a algunas familias damnificadas (no todas pudieron cumplir con los requisitos, por el alto grado de informalidad). Esos vecinos recibieron apoyo financiero pero, guiados por criterios de auto construcción, y cada quien tuvo que ver cómo lo hacía (algunos incluso destinaron ese apoyo a otros fines). ¿No podía apoyar el Estado con expertos y propuestas específicas por cada espacio familiar? ¿Condicionar ese apoyo, incorporando algunos criterios?  Por cierto, ¿hubo concurso de ideas para la construcción de la Iglesia de la Plaza de Armas?

Nos hemos acostumbrado al caos, a la ausencia del cumplimiento de las regulaciones públicas, incluso ausencia de ellas. Ya consideramos “normal” que nuestras ciudades expresen esa falta de armonía. Son pocas las ciudades que han logrado salvar algo de sus espacios, manteniendo cierta personalidad. El caso más notable, Cusco, cuya subsistencia depende ciertamente del turismo, además de Arequipa. Al menos sus Centros Históricos.

Las ciudades y pueblos pequeños tienen aún menos atención, y sus pequeñas plazas y calles alrededor van perdiendo su identidad. El Estado central se desentiende de su regulación y cumplimiento, dejando a los pobres municipios que lidien con los intereses de privados que quieren construir un  hotel de varios pisos junto a su iglesia, o de vecinos que quieren imitar el estilo que vieron en Lima, o la propia policía, que impone  su “estética” de losetas verdes, en sus viejas plazas, rompiendo para siempre su armonía.

El Estado actual no puede ejecutar obra social.  Está imposibilitado de diseñar y realizar las unidades vecinales de tiempos de Belaunde u Odría (siendo la residencial San Felipe un modelo no sólo en los aspectos de vivienda, sino de los distintos espacios públicos y de servicios). El problema es que tampoco regula suficientemente, ni defiende de manera eficiente su cumplimiento. El urbanismo es una especialidad menor en la arquitectura peruana. En cambio, son referentes los constructores de casas de playas privadas.

Si queremos salvar las ciudades, el Estado no puede abandonar los municipios a los privados. Basta que uno rompa la regla para que el resto lo siga.  Finalmente, sabemos que en el Perú no se demuele la obra ilegalmente construida. Basta con esperar un tiempo y listo. Importante excepción, la del Hotel Hilton, que fue obligado por el municipio de Miraflores a demoler dos pisos, en el 2011. Pero, además, el Ministerio de Cultura podría tener un rol más activo en ayudar a proteger las plazas y pequeños centros históricos de cada localidad. A trabajar con ellos en generar orgullo por preservar lo propio, impartiendo además, criterios ecológicos. El avance del cemento en detrimento de jardines y árboles, como símbolo de modernidad, es también otro elemento de esa estética del caos.

Si los gobiernos no cambian, seguiremos siendo testigos de la pérdida de identidad de nuestros pueblos y ciudades.