Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

La mercantilización de la política

¿Por qué la gente sigue esperando éxitos de una selección de fútbol que sólo trae derrotas; y por qué ha perdido expectativas en los políticos en general, viejos o nuevos? ¿Por qué los venezolanos o los uruguayos del común están metidos de cabeza en la política cotidiana y los peruanos no? Ensayar respuestas a esas complejas comparaciones excede los límites de este artículo y los conocimientos del autor, pero trataré de examinar una de las consecuencias del desencantamiento de la política que vive el peruano común y corriente.

El cambio de época se profundiza en la lucha por el poder. Al comienzo de la historia, la fuerza bruta era el instrumento principal para conquistarlo (prolongada hasta hoy con la consigna maoísta de “el poder nace del fusil”). Luego fue el derecho divino: La clase sacerdotal se hizo del poder con la administración del miedo que provocaban los supuestos castigos del cielo. La Revolución Francesa creó la ilusión de la igualdad de los seres humanos y apareció el voto secreto para la elección de gobernantes y representantes. Pero sólo ha sido una ilusión: La burguesía fue tomando el poder en todos los estados del planeta echando mano al dinero. Al final, este ha demostrado ser un arma más poderosa que el fusil, el carisma o la ideología.

Las 26 propuestas sobre la reforma electoral que sólo quitan el sueño a un puñado de actores políticos, mientras las masas siguen la evolución de la pelota en los estadios, han tenido el defecto de querer resolver todos los problemas de nuestra frágil e incipiente democracia con algunas modificaciones legales. Pero ha quedado demostrado que en el debate no todos están por fortalecer los mecanismos que hagan más racional la lucha por el poder, sino más bien por poner el parche al texto de la ley que favorezca determinados intereses. De ahí que algunos expertos digan que estamos ante la inminencia de una contra reforma, es decir, de un retroceso de lo avanzado en materia de legislación sobre los partidos políticos.

A comienzos de los años 80, cuando la cultura política nacional todavía estaba interesada en la revolución y en la contrarrevolución, Fernando Rospigliosi dijo en voz alta que “los partidos eran un mal necesario” y todos lo miramos feo. No pasó una década y se inició la cultura política de la antipolítica, y en ella seguimos chapaleando hasta el ahogo, y políticos y periodistas mordiéndose la cola. Pero se puede descender un círculo más en el infierno.

El empujón para esa caída lo da un nuevo artículo que se quiere introducir en la Ley de Partidos y que dice: “Las organizaciones políticas no pueden efectuar, dentro de un proceso electoral, la entrega u ofrecimiento de regalos, dádivas u otros obsequios de naturaleza económica, de manera directa o a través de terceros, salvo aquellos destinados a la propaganda electoral, en cuyo caso no deberá exceder del 0.5% de la UIT por cada bien entregado como propaganda electoral”. En buen cristiano, quieren transformar la ley para legalizar la compra de votos.

En consecuencia, los partidos con grandes recursos están autorizados a cambiar simpáticos paquetes escolares de polos, gorras, lapiceros, cuadernos o codiciadas bolsas de víveres conteniendo una botella de aceite, un kilo de arroz y un kilo de frejoles, por los votos de los necesitados electores. Pero eso sí, dicen los miembros de la Comisión de Constitución, cuidando las sagradas formas de su seudodemocracia: ¡los regalos no deben sobrepasar el valor de 19 Nuevos Soles!

Como se comprenderá, esto empata perfectamente con la propuesta de voto voluntario que anda rondando por despachos congresales. Así funciona en Colombia y en otros países donde existe el voto voluntario, incluyendo Estados Unidos, como lo cuenta Tom Wolfe en “Todo un hombre”.

Ya no interesarían las propuestas programáticas de los antiguos partidos ideológicos, como el APRA, el PPC o Patria Roja; o el carisma de damas y caballeros outsiders del sistema, que conquisten con su verbo o simpatía; ni los partidos asociados a iglesias o confesiones religiosas. No, la ventaja la tendrían los partidos-empresas con equipos de marketing y millones en regalos que van empujando las encuestas, previa aceitada - por supuesto- a encuestadoras y periodistas. Y abundante aviso televisivo, sin duda. El lector informado y crítico seguirá existiendo, claro está, pero no podrá hacer nada ante resultados como los de las regionales en Ancash, donde el ganador ni siquiera tuvo que obsequiar paquetes de 19 soles. No, a él le bastó la sola promesa de entregar 500 soles mensuales a cada ciudadano. Así estamos.