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Una publicación de la asociación SER
Feliz, politólogo y máster en gestión de ciudades

La micromovilidad: un nuevo estilo de vida

Foto: El Comercio

Motocicletas invadiendo pasos peatonales; bicicletas, scooters y patinetas sobre la vereda. Una mujer atropellada por un scooter; alrededor, personas que demandan orden para que estos vehículos no usen la vereda. Ante el escándalo, una autoridad municipal que restringe el uso de estos vehículos y otra que promueve su uso solo los fines de semana en un carril ficticio ubicado en medio de una avenida; un Ministerio de Transportes que regula el uso de placa y SOAT para las bicicletas eléctricas.

Mientras las autoridades locales diseñan, gestionan y ofertan la ciudad priorizando a los automóviles; los ciudadanos demandan la democratización y habilitación de espacios públicos y de tránsito para estas nuevas formas de movilidad urbana que contaminan mucho menos y ayudan más. Los ciclistas urbanos prefieren utilizar las veredas porque la probabilidad de sufrir un accidente es menor en este último; se imponen a los peatones reproduciendo la jerarquización del uso y demanda de espacios: autos  motos  bicicletas  peatones.

Durante los dos o tres últimos años, nuevas empresas o startups que ofrecen productos alternativos de movilidad urbana, aparecieron e incrementaron sus ventas de manera exponencial; la demanda al interior del país crece continuamente. En pocos años, dejó de ser una moda para convertirse en un medio de transporte y pronto será una suerte de “status”. ¿Es una exageración? No. Una bicicleta urbana puede costar entre 500 y 2500 soles, bicicletas eléctricas que superan los dos mil soles, scooters y monopatines de al menos mil soles en un país donde el sueldo mínimo es de unos 280 dólares mensuales.

Mientras el mercado lee al usuario-consumidor, las autoridades locales -responsables de gestionar la ciudad- parecen no estar enteradas, no abordan el tema con la seriedad que merece; no advierten la necesidad de diseñar ciclovías de uso continuo para un segmento de la población que se incrementa cada día, no aprovechan la oportunidad, continúan diseñando calles con dos vías en el mismo sentido en un espacio de poca frecuencia vehicular, reducen el paso para los peatones e invisibilizan al ciclista; adoptan medidas restrictivas y regulan el uso de la bicicleta con castigos cuando debieran promoverlas ya que los beneficios son múltiples: mejoran la salud del individuo, reducen el riesgo y grado de accidentes, no contaminan el medio ambiente, promueve una serie de relaciones interpersonales desde la familia hasta la sociedad.

Una ciudad que se reclama cultural, moderna, arquitectónica, turística o Smart no es tal si es que no considera esta demanda que es, al mismo tiempo, una oportunidad. En muchas ciudades turísticas se promueve el uso de las bicicletas para conocer la ciudad, se montan empresas que las alquilan por horas, realizan recorridos por diversos lugares y el usuario decide qué ver, a dónde acudir y qué tiempo destinar (un bus turístico ofrece un circuito cerrado). Una ciudad moderna, Smart, aprovecha el uso de estas formas de movilidad para establecer alianzas que contribuyan con la economía de  pequeñas y medianas empresas a través del uso de aplicativos móviles. Por ejemplo, en Bogotá, Biko es una app que ofrece una moneda virtual por cada kilómetro recorrido para cambiarlos por descuentos en las tiendas de los aliados, así se promueve y recompensa al ciclismo urbano.

Entonces, ¿qué hace falta para que la oferta de la ciudad esté acorde con la demanda de las nuevas formas de movilidad? Necesitamos autoridades que gestionen el espacio urbano con medidas que no sean restrictivas para el peatón, la bicicleta u otros medios de transporte individual; sino, más bien, con un enfoque democratizador, inclusivo y promotor en el uso del espacio público; medidas que no sean producto de una moda, sino que formen parte de una cultura de gestión territorial, urbana. Requerimos un mínimo de elementos físicos disponibles, necesarios, indispensables, no negociables; requerimos y merecemos una ciudad integradora.