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Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

La minería no es el salario del país

“Salario” es una palabra que deriva del latín salarium, que significa “pago de sal o por sal”. Esta es una figura que proviene del Imperio Romano en donde se hacían pagos a los soldados y funcionarios públicos con sal.

La sal era un producto muy valioso y apreciado en aquel tiempo. Además de servir para sazonar y evitar la deshidratación, se utilizaba para conservar alimentos, carnes, así también como antiséptico para las heridas y detener hemorragias. 

Hoy en día dicha palabra la utilizamos para referirnos a la remuneración por una jornada laboral pactada en algún empleo o con un empleador.

En ambas situaciones, tanto en el origen histórico de dicha palabra, así como en el uso contemporáneo hay una relación de reconocimiento y estímulo al esfuerzo, trabajo y sacrificio. Contienen un carácter ético porque el salario que se da a un trabajador reconoce la importancia de su labor o contribución. Pero, sobre todo, necesita que ese salario le garantice condiciones de vida que le permitan continuar contribuyendo con su fuerza de trabajo. 

Entonces, cuando se dice pagar un “salario” se refiere a una acción que contiene una connotación social que implica reconocimiento y obligación respecto al esfuerzo de quien ha trabajado para ganarse la paga que le permita vivir con dignidad.

Dicho esto, siempre me ha sonado curiosa la frase “la minería es el salario del Perú”. La mencionan los representantes de los empresarios mineros a través de los medios de comunicación u otros espacios en donde hacen sentir su voz. Y lo dicen enfatizando su tono de preocupación, alarma y advertencia cada vez que ocurren cuestionamientos o manifestaciones de la ciudadanía oponiéndose a ciertos proyectos mineros.

Por estos días, ha vuelto con fuerza ese “conjuro” empresarial ante quienes llaman “antimineros” para así motivar a la reflexión sobre la importancia económica de la minería en nuestro país.  Y lo hacen porque ha vuelto con relativa fuerza la oposición al proyecto de Tía María, en la provincia de Islay, en Arequipa. Y, a su vez, el recuerdo de lo mal que les fue socialmente a otras grandes inversiones mineras.

De acuerdo a los datos otorgados por el Ministerio de Energía y Minas (Minem) en junio pasado durante el 2018 las exportaciones de productos mineros metálicos y no metálicos ascendieron a US$ 29,451 millones (60,2%), cifra que implica un incremento de 6,2% respecto al 2017.

En ese mismo tiempo, las exportaciones nacionales ascendieron a US$48.942 millones, de este monto US$28.823 millones (58,9%) correspondieron a productos minero metálicos y US$628 millones (1,3%) a productos mineros no metálicos, indicó el Minem en el Anuario Minero 2018.

Además, en el 2018, la minería representó casi el 10% del PBI nacional y el 61% del valor total de las exportaciones peruanas, resaltando la participación del cobre en más del 50% del PBI minero metálico.

Las cifras son claras, la actividad minera aporta una buena cantidad de recursos para el erario nacional siendo casi más de la mitad del dinero que recauda el país. Pero es una actividad extractiva, que explota recursos naturales no renovables con un fuerte impacto negativo en el medio ambiente en el corto, mediano y largo plazo. Dadas las condiciones en que se ha estructurado la minería en el Perú, es una actividad que responde a un modelo económico primario-exportador. 

Por esto, afirmar que la minería es el “salario del país” es demagógico y solo puede ser aplaudido por un sector de empresarios que están convencidos de que la minería, como el guano en el S.XIX, es una bendición para nuestra economía. Y que ya no se requeriría un esfuerzo extra que busque mejorar los beneficios económicos o que sea una actividad más sostenible que permita dar más trabajo a más persona.

Porque si le diéramos un valor agregado a los minerales que se explotan, si al menos a partir de esto se construyera una industria sólida a largo plazo y que responda a una planificación productiva (¿diversificación productiva?) con más peruanos involucrados quizás sería pertinente hablar de “ganarse” como país un salario por parte de la minería.

Si la minería es “el sueldo del Perú” pues la realidad nos dice que ese “pago” ni es atractivo para una gran mayoría de peruanos, ni se percibe que beneficie a todos por igual. Menos que contente a muchos. Más bien es un “salario” exclusivo y excluyente que evidencia las desigualdades de nuestro sistema económico. 

Mientras la actividad minera en el Perú no se convierta en un motor que demande esfuerzos que la hagan sostenible, su rechazo no menguará. Y esto no lo resuelven frases retóricas ni alarmistas.