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Una publicación de la asociación SER

La noche

No le gusta la noche porque es oscura, porque parece muy silenciosa, porque da miedo, sobre todo cuando el padre no está y se siente expuesto, frágil.


-¿Por qué no pasan por aquí los ladrones?
-¿Por qué en otras partes roban y aquí no roban?
-…si las puertas apenas se trancan con picaportes débiles que fácilmente pueden romperse…
-Quizás los perros nos defiendan.

Pero no, no le gusta la noche a no ser que sea de luna, para salir a la pampa a jugar o a echarse en el petate mirando las estrellas mientras los padres conversan lentamente, a intervalos. Aquellas en las que el padre lee en voz alta; o aquellas en que la madre trabaja armando o rearmando los colchones de lana de carnero y de vez en cuando le pide que marque los puntos donde debe coser las ataduras, o cualquier otra pequeña ayuda. Miguelito, anda mira si la olla ya está hirviendo. Pero se equivoca y confunde la llama ardiendo con la olla hirviendo hasta que la madre le explica y Miguelito entiende.

A veces llega alguna visita y entonces se quedan a conversar hasta tarde, con esa cadencia y esos tonos que tanto le gustan. Puede quedarse a escuchar las conversaciones de los mayores, especialmente de las mayores, la madre y las tías o las primas que vienen a visitarla y le cuentan todo de cada uno de los otros parientes y parientas a veces en son de queja o de revesería como dicen, o la aconsejan y la consuelan de sus penas sin fin. O quedarse con los hermanos y las hermanas a escuchar los cuentos de la señora Santos hasta ser vencidos por el sueño y amanecer de nuevo en la cama al día siguiente sin saber si lo llevaron en brazos o caminando y cuál de las hermanas lo llevaría.

La noche es una boca negra abierta para tragarse al mundo y volver cada mañana a ponerlo en su lugar.