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Una publicación de la asociación SER

La poesía de Carmen Pérez Babot

Los poetas son seres extraños: se fijan en detalles que el resto de mortales no captamos, oyen mensajes en los murmullos, leen las miradas, penetran en el pálpito de nuestra yugular, descifran códigos secretos donde todos vemos sólo casualidades. Y todas esas percepciones las transforman en palabras que suenan armoniosas. Generalmente no responden al estereotipo que ha forjado la imaginación popular: distraídos, inútiles para las cosas prácticas de la vida, cuando no drogadictos y revolucionarios.

De las muchas definiciones que tiene la poesía me gusta aquella que dice que es una construcción verbal que quiere ser musical, de ahí que ritmo, intensidad y melodía no les sean ajenos. Pero es un discurso significativo y no un simple juego de palabras en el que – a diferencia de otros- aflora la subjetividad o los sentires del autor o autora.

No es fácil leer poesía, porque nuestro siglo de velocidades, insatisfacciones y stress, atenta contra una actividad que debe ser reposada y gratuita, pues nada utilitario se puede esperar de ella. Y si la lectura necesita de unas circunstancias especiales, su comprensión es una operación más compleja aún. Aunque haya costumbre en la lectura de poemas, muchas veces los lectores se quedan pasmados frente a uno, como ante las abstracciones de un pintor.

Un buen poema puede crear sensaciones, visiones, emociones y motivos para la acción, que las mismas palabras dichas en otro contexto no suscitarían esas consecuencias. Por tanto, si la lectura exige ciertas condiciones y su comprensión también, es de suponer que no cualquier texto separado en versos puede ser llamado poema.

Jorge Luis Borges, con la autoridad que todos le reconocen en este terreno, nos orienta al respecto: «Ante una página en prosa el lector espera noticias, información, razonamientos; en cambio, el que lee una página en verso sabe que tiene que emocionarse. En el texto no hay ninguna diferencia, pero en el lector sí, porque la actitud del lector es distinta».

Como el vino, un poeta necesita algunos años de reposo para que sus poemas puedan generar, como un sorbo en boca, un pequeño éxtasis, esa sensación de extrañamiento y gozo que a veces sentimos y resumimos en dos palabras: qué felicidad!

Estas condiciones se cumplen en los textos breves que ha dejado a su paso por nuestra tierra, Carmen Pérez Babot, peruana nacida en Barcelona y de quien el próximo 15 de abril recordaremos su muerte, en la misma fecha que la de César Vallejo. Criada en el puerto de Ilo por sus padres inmigrantes, educada en Tacna y Arequipa, el despliegue de su palabra, sin embargo, vino a darse cuando trabajó en el cerro El Agustino de Lima hasta 1992, año en que volvió a la playa de Barcino, frente al mar.

Su poesía se dio a conocer no por la plaqueta universitaria ni la antología de un crítico, sino en las calles, cuando su poema “Maypim Kayanku” acompañó el afiche de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos que se pegó en cientos de muros en la primera campaña nacional por los desaparecidos de la guerra sucia en 1987:

“Como la ola que una y otra vez / baña la playa; como resaca, /mi esperanza terca te busca/ en cada rostro, en cada dependencia. /No hay funcionario a quien/no haya hecho testigo de mi pena. /Paseo por las plazas tu recuerdo. /Con mis ganas de verte/he gastado las piedras./ He mezclado mis lágrimas/con lágrimas ajenas /que ahora tienen el sabor exacto/ de las mías.”

Sus poemas, que fueron publicados en el quincenario “Signos” como pie de innumerables fotografías, traen voces múltiples, de los últimos, de los ninguneados, de los condenados de la tierra, con los que ella se identificó. La cadencia de las voces de las mujeres andinas, a quienes ella escuchó en los mercados, en los templos, en los buses, las hace especialmente vívidas. Sus poemas retratan la dura vida de los de abajo pero, también, su inmensa esperanza en un mundo nuevo y posible. Esperanza para hacer vivible la vida.

“Fuera yo como ustedes, hermanas alpaquitas –donadoras de lana, las de cuello gentil- fuera yo como llama serena en el rebaño. Fuéramos todas juntas saltando hacia el aprisco, bebiendo el aire leve. Fuéramos aire mismo.”

“De tu mano, abuelita que criaste mis sueños, gasto el camino yermo que tarda en florecer. Me demoro contigo, cavilando que tus años vividos adelantan los míos por vivir.”

“Toses camión, al borde del soroche, trepando las laderas de los Andes. Cabalgamos tu molde tambaleante sin temor.”

“Chancapiedra, salvia, hierbabuena /damos alma mi Virgen morena. / Hierbaluisa, achicoria, linaza /que esta tierra se vuelva tu casa.”

Hay algo de Withman en su canto a la naturaleza, en su panteísmo:

“Madre de todos, Tierra, Pachamama; acá sobre tu piel nos congregamos. Es noche ahora, la oscuridad extiende su cabello alrededor del mundo; en tanto tú, paciente, sigues pariendo con el favor de Dios y por obra de nuestras manos. Nos haces sonreír, nos alimentas; es fiesta para nosotros compartir tus frutos.”

“Para que haya sicuri ha de querer el viento /entender a la caña, someterse a su espacio. /

Para que haya sicuri ha de saber la caña /la ciencia exacta de atrapar al viento.”

Aunque otros podrían ver ecos de Antonio Cisneros en armoniosa síntesis con su teología de la liberación:

“Como la luz del sol en el ocaso/desliza blandamente su rojo dedo sobre el mar, /así tiñes mi vida, /Padre de los vencidos, con tu cariño inmenso.”

“Gracias te doy pues, Tú nos has guiado a la vera del rey de los océanos que, incluso depredado, guarda en su seno el germen del cebiche, la parihuela y la merluza frita.”

Sin embargo, para ella la poesía no es un ejercicio fácil, un juego de palabras, sino más bien un vértigo de dudas, de sentimientos en el que, a veces el azar, tiene que ver con los resultados. Leamos su arte poética:

“Escribimos/en una borrachera de incertezas /un pie en la lágrima/el otro sobre esquivas carcajadas/equilibristas torpes/de adóndes, cómos y porqués/y si la luna es buena en ese/                               instante/el papel generoso/o chispea sonriente la pantalla/y si el minuto baila eternidades brota el poema, el cuento, / la canción.”

Su apuesta por la igualdad entre varones y hembras se verbaliza en su poema “Soy bruja, no guerrera”, que resulta de una inquietante y casi polémica actualidad:

“Con constancia me instruyo/en la palabra arcaica, subversiva/que puede trastocar la sólida estructura/del mundo de los hombres. (…) Apenas sobrevivo para ser derrotada en el presente/y seguir anunciando /los siglos venideros./Bruja soy, definitivamente, no guerrera.”