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Una publicación de la asociación SER

La primera lluvia

El Museo d’Orsay de París es famoso porque en sus salas (inauguradas en 1986, por el presidente socialista Miterrand, en la antigua estación ferroviaria del mismo nombre) se reúne la mayor colección de pinturas de los impresionistas y postimpresionistas, así como de esculturas producidas en el período que va entre la revolución de 1848 y el comienzo de la Gran Guerra.

El visitante, cual niño ante una mesa de dulces, no sabe por dónde empezar, a lo que se suma la turbación que produce la multitud que parlotea decenas de idiomas desconocidos. Causa emoción ver a un metro de distancia cuadros de Renoir, Monet, Gauguin, Van Gogh, Utrillo, Manet o Millet que uno vio en libros o en películas; poder apreciar de cerca colores, matices, trazos. Una sensación indescriptible. Pero, siempre hay un pero, no es lo mismo ver a las “estrellas” como uno de los autorretratos de van Gogh o el Muchacho con Caballo del joven Picasso, (prestado por el MOMA de Nueva York en estas semanas de primavera), pues la multitudinaria fila de curiosos obliga a un repaso de apenas diez segundos.

Pues bien, entre las decenas de obras que han contribuido a ensanchar las fronteras estéticas de la humanidad, uno desconocido vino a llamar la atención de este cronista. Verlo y conmoverse fueron simultáneos. Quién sabe por qué. Como se puede apreciar, la obra titulada La Primera Lluvia retrata a una mujer anónima, sin rostro, cubierto por el velo negro del luto. Está arrodillada con un paraguas que cubre la tumba del ser querido al que ha ido a visitar el día de la primera lluvia, cuando ya no podía compartir con él o ella esa alegría. El autor es Luigi Nono, un pintor que firmaba sus cuadros como IX, como si fuera el Papa, y data de 1909. Ese extraño sentimiento asaltó a este cronista, quien vio en la mujer a su madre, su esposa, su hermana o su hija, sin poderlo comprender.

Tal vez, porque había leído las noticias de un nuevo embate de los que quieren seguir aplicando la Ley del Talión a los deudos del conflicto armado interno que ensangrentó la patria durante tantos años. Porque cree que ningún muerto nos debe ser ajeno. Porque mientras piensen algunos que sólo sus muertos valen, no podrá haber reconciliación de la nación.