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Una publicación de la asociación SER
Directora de Gobierna: Observatorio de Vigilancia Ciudadana. Asociada de Transparencia.

La Reconstrucción también es cultural

En el 2017, el fenómeno del Niño Costero se catalogó como uno de los mayores desastres naturales ocurridos en el territorio nacional, que tomó por sorpresa a la mayor parte de la población y a las instituciones públicas. Según cifras oficiales del COEN, fueron más de medio millón los afectados, sumando a ello los daños y pérdidas en infraestructura, así como el impacto en la economía nacional. Nuevamente, en un país donde estos eventos climáticos siempre han ocurrido desde antiguas civilizaciones, no pudo ser sólo la naturaleza sino el alto grado de vulnerabilidad que nos caracteriza. Una vez más se puso en evidencia la nula planificación del territorio, la informalidad que trafica con la ubicación de viviendas en zonas de riesgo, la falta de una política integral de prevención, y la ausencia de un compromiso ciudadano real en la gestión del desarrollo local.

Después del desastre, la atención se centró en la infraestructura dañada. Las fuertes lluvias  provocaron el colapso de puentes, centros educativos, viviendas, vías de acceso, campos de cultivo, zonas comerciales. Algunas comunidades quedaron en completo aislamiento. En términos económicos y sociales, el impacto fue devastador.  ¿Pero qué pasó con las personas y su relación con el territorio? ¿Hubo un análisis luego del desastre de las complejidades culturales que trajo consigo este fenómeno natural? ¿Cuál fue el impacto cultural y qué se está haciendo desde el gobierno para enfrentarlo?

Meses después, algunas instituciones y organizaciones relacionadas al sector académico y cultural ya alertaban sobre los daños en el patrimonio histórico. En Piura, por ejemplo, se reportaba el estado de algunas casonas de la zona monumental, así como de museos, instituciones culturales y sitios arqueológicos como Narihualá (distrito de Catacaos) y Piura La Vieja (provincia de Morropón). De igual manera, en los departamentos de La Libertad y Lambayeque diversas autoridades del sector supervisaron los monumentos arqueológicos más importantes entre ellos Túcume, El Brujo, Chan Chan y el Santuario Histórico Bosque de Pomac, concluyendo que no hubo mayores daños que lamentar. Sin embargo, se careció de un análisis sobre el patrimonio cultural inmaterial. El territorio concebido como el espacio donde se recrean las diversas manifestaciones y expresiones culturales de las personas quedó invisibilizado.

Actualmente, la política nacional de Reconstrucción con Cambios tiene como centro al ciudadano, siendo éste el principio básico que se plasma en el Plan  Integral (PIRCC). Si bien las actividades se enfocan en la recuperación de la infraestructura dañada y una estrategia de prevención para futuros escenarios de vulnerabilidad ante las ocurrencias naturales, es la persona y su bienestar el que debe verse íntegramente restablecido. En ese sentido, el enfoque cultural de cualquier proceso de reconstrucción no sólo es un medio para la recuperación física, social y económica de las poblaciones afectadas, sino un fin en sí mismo: comprender a la persona y a la comunidad en su dimensión cultural después de un desastre traerá consigo una intervención más pertinente, inclusiva y sostenible. Y permitirá que el poblador no sólo recupere su infraestructura, sino que se reencuentre y se reconcilie con su espacio de convivencia y de recreación simbólica.

Ede Ijjasz-Vasquez, director superior de Prácticas Mundiales de Desarrollo Social, Urbano y Rural, y Resiliencia del Banco Mundial, manifestó que “la cultura debería ponerse al centro de las estrategias de reconstrucción y recuperación de las ciudades después de un conflicto y después de un desastre” (Ijjasz, 2018). En nuestro país no se considera aún el factor cultural para una promover una verdadera política de reconstrucción, así como tampoco se valora la relación que existe entre el poblador y su territorio, siendo justamente esta dualidad un punto de encuentro donde se teje identidad, cohesión social y los valores simbólicos comunitarios. Un panel mostrado en el museo de Túcume (Lambayeque) explica cómo las antiguas civilizaciones entendían el fenómeno del Niño como un ciclo natural que traía consigo cambios para la flora y fauna. Entender esta visión, por ejemplo, ayudaría a construir un proceso de reconstrucción más resiliente, y para ello se necesita partir del quehacer y del pensar cultural de nuestras comunidades.

Incluir el enfoque cultural en la reconstrucción tiene que ir de la mano con una ciudadanía organizada y activa. Es necesario que los gobiernos locales y regionales, así como las organizaciones de la sociedad civil puedan promover los espacios adecuados para la toma de decisiones. Este mecanismo va a permitir que el plan de reconstrucción y cualquier otra política pública responda a las necesidades reales los ciudadanos no sólo en sus demandas económicas y sociales, sino en sus complejidades culturales. La ruta de la reconstrucción no puede ser ajena a la historia comunitaria y a la dinámica de tensiones y relaciones que se han tejido entre poblador – territorio a lo largo de los años.