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Una publicación de la asociación SER

La resurrección del picaflor

Foto© Flavio Camus

Jesús Orccottoma

I

Debo sacar de mí, de mis adentros hacia afuera, la doble relación que tengo con los pájaros...y eso me pasa cuando los recuerdos de niño me golpean en mis días tranquilos. 

Existen y viven pájaros para asustarse y tener miedo: los cóndores, los búhos y las lechuzas. Los primeros, porque buscan carroña y carne de animales desbarrancados para su alimentación, además cuando vuelan y dan vueltas en los pueblos, es porque alguien importante se va morir, no cualquier persona; los segundos, salen de noche de su escondite y cantan en los techos de las casas, y todos creen que alguien se va morir; y los terceros, cantan y cantan en noches oscuras, anunciando un presagio de mala suerte.

Y hay también hay pájaros para admirar y querer mucho: las golondrinas que vuelan en los ríos y debajo del techo de las casas en tarde de verano;  los loros de varios colores que hacen bulla y roban los choclos tiernos de las chacras de maíz; los patos de los ríos que se zambullen y desaparecen en las correntadas; las palomas y torcazas; los cuculíes en bandadas, que buscan las eras para robar los trigos de las trillas hechas; y las perdices que, cantan anunciando un buen año.

II

En la semana santa, en algunos pueblos había dos costumbres muy arraigadas, que los padres enseñaban y practicaban con los hijos. Una, que en la noche del jueves santo, los hijos deben recibir tres chicotes (“en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo”, así decían los abuelos), de esa manera, supuestamente, ayudarían a disminuir el sufrimiento de Jesús, que va ser crucificado el día viernes. Pero en los años siguientes, los hijos aprendieron una lección: entrar a dormir a la cama con doble pantalón, algunas veces con pellejos atados a la cintura, para no sentir los chicotazos; en otras ocasiones, antes de esa hora del castigo, escaparse a la calle, trepando las ventajas a oscuras y salir corriendo a las chacras, y regresar recién  a la hora del almuerzo, trayendo habas verdes, anís, muña, ñucch’u para el mate. Era una forma elegante de eludir la amargura de los padres.  Dos, había la creencia de que el picaflor, llevaba el sumo de la flor ñucch’u a Jesús, cuando agonizaba crucificado en la cruz, y así calmaba su sed y su fatiga. De esa manera, esa ave tenía un aura de santidad, por eso no era objeto de caza alguna. 

III

Cuando se trata de los picaflores tengo dos recuerdos claros pero que no guardan ninguna relación entre ambos recuerdos. Primero, cuando trabajaba entre las ciudades de Huancayo y Huancavelica, aprendí a cantar un huayno bonito, que era como un himno de Tarma: Picaflor Tarmeño. Sucede que, en Tarma hasta la actualidad, se aprecia mucho por la cantidad de flores que tiene, y los picaflores se alimentan del sumo de las flores. Segundo, cuando era niño andaba con una honda de jebe que me colgaba del hombro, y con esa honda trataba de matar perdices, cuculíes y palomas, también espantaba a los loros que venían a robar mis choclos tiernos de mis chacras. 

Pero un día quería ir al río, y pasaba caminando por debajo de los molles para esconderme del calor y de los rayos solares; y en eso veo como dormido a un búho entre las ramas del molle. Me paré de golpe, muy asustado, y saqué despacito mi honda para dispararlo. El búho abrió sus ojos y sus alas, y al mirarme giraba sus ojos grandes para todos los lados, y esa mirada era terrible y me paralizó completamente. Luego alzó el vuelo y desapareció. 

Y un día sucedió lo que no debía suceder. Estaba yo en el huerto de mi casa, parado debajo del árbol llamado mora. Mi padre me decía: “no te pares ahí porque el brujo Manuel Mora hace bailar a los sapos para curar a los enfermos…”  Ni con esa advertencia… un día de descuido volví debajo de aquel árbol. Era de tarde, y vi un picaflor pequeño aleteando entre sus ramas. Despacito saque mi honda y apunte al picaflor y disparé. De pronto, revoloteando cayó el picaflor delante mío...aleteaba mucho.  Me asusté como nunca,  y no supe qué hacer. De inmediato, me vino sorpresivamente ese recuerdo que tenía de… que el picaflor había llevado el zumo de una flor a Jesús cuando estaba agonizando en la cruz...

De inmediato, corrí como pude al patio de mi casa, cogí un bidón y llené de agua. Volví corriendo debajo de la mora...y puse al picaflor al bidón...lo moje con el agua y toqué despacito su cuerpito, sus alitas...hasta creo que rece una parte del padre nuestro, atropelladamente. Al poco rato el picaflor se paró, aleteo y… aleteo más fuerte, volteo y me miró un breve tiempo...estiró sus alitas de colores y luego voló y se perdió en el horizonte para siempre.

Al volver de la sombra de esa mora hacia mi cuarto, pensé con mucha fatiga, de que tenia dos caminos sin escapatoria: el camino del infierno, imaginado como un lugar desconocido, lejano, oscuro, y al final, con un cuarto lleno de candela donde se quemaban a los vivos; y un camino hacia el cielo, como escalera, con muchos peldaños hasta el infinito.

Mis miedos y mis culpas también volaron a otros espacios como el picaflor, y esa noche pude dormir, tranquilo, sin remordimientos y sin culpa alguna.