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Una publicación de la asociación SER
Doctora en Hispanic Studies por la Universidad de Kent, Reino Unido, Máster en Estudios Culturales por la Universidad de Kent. Coordinadora de Investigación de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Científica del Sur.

La revolución del documental

El documental La Revolución y la Tierra expone lo que por años se silenció: La Reforma Agraria 1968-1975. A través de distintas voces recorremos la historia de cómo el gobierno de Velasco Alvarado cambió el nombre a las “comunidades indígenas” por el de “comunidades campesinas”, y así el migrante “indio” se convirtió para el habitante urbano en una amenaza al orden acostumbrado, porque dejo de ser un poblador subalterno fácilmente excluible. El discurso de Velasco Alvarado del 24 de junio de 1969, “Campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza”, dice mucho del cambio que se vivió en aquella época. Velasco le restó importancia a las cuestiones étnico-raciales, lo cual, por supuesto, produjo malestar y reacciones negativas en las élite limeña. También las relaciones hacendado-siervo, sobre las que descansaban las definiciones regionales de etnicidad, se vieron alteradas por el movimiento agrario, que desterró el término “indio” y lo reemplazó por “campesino” para denotar la nueva relación laboral de los agricultores y comuneros (Mayer, 2009, p. 33)

Cobra sentido entonces preguntarnos ¿Por qué este documental es el que ha tenido mayor número de espectadores? hay muchas posibles respuestas que valdría la pena estudiar. Por un lado el creciente interés del espectador en este formato, que ha sido adecuado a la expectativas de un mercado acostumbrado a consumir lo ligero, lo fácil, lo entretenido...toda esa herencia hollywoodense que sin duda ha afectado al espectador peruano. Por otro lado el estallido de películas a demanda a través de las plataformas digitales como Netflix, Amazon, HBO. Estos espacios que ahora parecen ser el futuro más próximo del consumo de entretenimiento, producen documentales y películas, muchas veces, como si fuesen restaurantes de comida rápida. Cineastas como Scorsese opinan que lo que se produce para estas grandes plataformas han dejado de ser películas y han pasado a convertirse en una fábrica de hamburguesas. Hablamos de consumo rápido: vemos una serie mientras cocinamos, le damos pausa para hacer la siesta y luego podemos continuar, pero finalmente sucede con frecuencia que no recordamos lo que hemos visto. Es decir productos masivos digeribles pero intrascendentes.

Sin embargo, en mi opinión, sucede algo distinto con el documental peruano. Es cierto que plataformas como Netflix han ayudado a que ahora estemos dispuestos a mirar un producto documental de más de una hora de duración e inclusive pagar una entrada de cine, pero creo que hay una necesidad que va más allá en el espectador limeño: el poder encontrarse con la historia de una manera más simpática, más entretenida, una forma nostálgica de entender nuestra identidad. Y ahí están los valiosos documentales que se han estrenado este año como El Viaje de Javier Heraud que nos habla del poeta pero que hace énfasis en el guerrillero: el que da la vida por la patria. Así La Revolución y la Tierra logra invitar a vernos, a mirarnos, a encontrarnos en un momento de nuestra historia en el que la palabra “Revolución” cobra un sentido que ya no es percibido como desorden, sino como sinónimo de una lucha contra los privilegios.

Es pues transcendental la creación de estos documentales que reviven la memoria de lo que se ha querido olvidar, pero también es importante que el espectador se acerque a este formato. Cercanos al Bicentenario vivimos momentos en la que Latinoamérica convulsa, se pone de pie y nos dice: hasta aquí llegamos. Este momento en el que vivimos es en el que mientras usted lee este artículo, hay cineastas jóvenes que están buscando o buscan registrar lo que sucede. Cabe decir que estímulos como los de DAFO permiten que hoy estos jóvenes y no tan jóvenes cineastas, se atrevan a contarnos una historia que sin duda tiene falencias cinematográficas, pero que está ahí para interpelarnos. En un país donde no existe una Escuela de Cine Nacional, donde hemos ido improvisando y aprendiendo sobre la marcha, urge pensar también en la creación de espacios en donde cineastas encuentren la teoría para luego pasar a la práctica.

Finalmente y retomando el tema, lo que más me conmueve del documental es que rescata la filmografía de nuestros cineastas que preocupados por lo que sucedía en nuestro país registraron en documental o ficciones lo que se vivía. Diría que el documental es una excusa también para presentarnos a nuestros cineastas. Nora de Izcue, dice algo como “Yo quería que todo el mundo vea lo que yo estaba viendo” así permanecen películas como Runan Caycu o aquellas de Armando Robles Godoy, el Grupo Chaski, etc. Cineastas peruanos que luchaban también utilizando sus cámaras como armas de denuncia para presentar un país que muchos no querían ver. Ahora la cámara, y lo vemos con este documental, ya no es un arma sino un instrumento de la memoria, es decir de la historia. La Revolución y la Tierra es un rescate de nuestra filmografía, de aquellos cineastas valientes amantes de su arte pertenecientes a lo que fue el Nuevo Cine Latinoamericano. Ese Cine que se gestó para darle voz al pueblo y que ahora vuelve para iluminar nuestra historia.