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Una publicación de la asociación SER
Escritor y periodista

La ternura del creyente

Con motivo de celebrarse la siguiente semana la Festividad de la Virgen de la Candelaria en la ciudad de Puno, publicamos a continuación el capítulo 5 de la novela “Febrero lujuria” de Christian Reynoso. (Grupo Editorial Matalamanga 2007; Editorial San Marcos, 2010).

5.

El poeta Núñez en su búsqueda periodística descubrió la existencia de un cuadro llamado "La Ternura del Creyente" de un pintor, fallecido ya, que firmaba con el seudónimo de Sivamel. Refería que para evidenciar la existencia de tal, poseía una fotografía de la pintura que, a su entender, era la única que se conocía. No se tenía información respecto a la persona que la había tomado. Sólo se presumía que había sido un fotógrafo de origen neozelandés. Lo cierto era que la fotografía había pasado de mano en mano hasta llegar a la del poeta. Conseguirla, según contaba, le había costado muchas tertulias, indagaciones y sumas de dinero. Al fin, ahora daba fe de lo que decía.

El cuadro, según se veía en la fotografía, mostraba en primer plano a la Virgen de la Candelaria: parada y con la mirada en alto. Lucía vestido blanco, cinturón de oro y un fino velo que se deslizaba desde la corona hasta la largura de la capa roja con bordados de oro, que abrigaba su espalda. Su mano izquierda sostenía al niño Jesús y con la derecha agarraba una vela dorada. Del mismo brazo le colgaba una pequeña canasta.

A sus pies, tocándole el vestido y arrodillado, aparecía Lucifer con el traje de la danza de la Diablada. Llevaba una máscara de diablo color verde y una capa azul de felpa con bordados en el cuello y en las orillas. Extasiado ante la Virgen mostraba los ojos desorbitados como si estuviese pidiéndole perdón. El fondo del cuadro era de un café en distintos tonos.

Fue un hermosísimo lienzo, decía el poeta Núñez cada vez que hablaba del cuadro y de los impases que tuvo con el padre Esquivel. La razón: el cuadro había desaparecido en un incendio propalado en la iglesia San Juan. ¿Robado? ¿Quemado? Nadie lo sabía. Sólo las paredes del recinto guardaban los secretos del suceso. Entonces, se armó una tragicomedia: poesía y religión enfrentadas en un ácido escándalo de palabras.

La historia del mentado cuadro había empezado años atrás cuando un periódico publicó, los primeros días de febrero, un suplemento especial dedicado a la Festividad de la Candelaria. En sus páginas salió un artículo escrito y firmado por el poeta Núñez, donde se daba a conocer la pasada existencia de un cuadro del que actualmente sólo se conservaba una fotografía, en razón de que había desaparecido de la iglesia San Juan en un incendio que no pudo ser controlado por la irresponsabilidad de las autoridades eclesiásticas. Como todos sabemos, escribió Núñez, la autoridad encargada de la mencionada iglesia, desde hace tres décadas, es el padre José Esquivel.

Asimismo, el artículo daba fe del valor del cuadro en el sentido de que éste era inmensurable por tratarse primero, de una obra de arte digna de belleza; segundo, por ser uno de los pocos cuadros, acaso el único, que mostraba la imagen de la Virgen de la Candelaria con Satanás a sus pies; tercero, porque tal representación artística basada en la tradición de la Festividad de la Candelaria constituía para la cultura y la historia un importante testimonio de creación pictórica. Y así, continuó enumerando una larga lista de razones que justificaban la importancia del cuadro. Terminó el artículo escribiendo: ¿Hurtado o desaparecido? Sea como fuese: ¿Dónde están los responsables? ¿Quiénes responderán por tal sacrilegio? Confiamos que las respuestas pertinentes se hagan escuchar.

Como era de esperarse, el padre Esquivel envió un comunicado a los medios de comunicación y hasta se dio tiempo, durante las misas, para hablar sobre aquel bochornoso e indigno acto de mala prensa, como lo calificó. Se había manchado la imagen de la iglesia y de su propia reputación. Y por supuesto, tenían que aclararse las cosas. Tales situaciones no admitían justificaciones que valgan la pena. Él, que toda una vida había estado entregado al servicio de la iglesia, al cuidado de la Virgen y a profesar en los devotos los valores de la verdad, no podía permitir que se pusiera en duda su honestidad.

En el comunicado deslindó categóricamente su responsabilidad en la desaparición del cuadro "La Ternura del Creyente". Y que si bien concordaba con muchos aspectos respecto a su valor, se sentía ofendido por las peroratas y falsas acusaciones de las que había sido objeto. Por último, señaló que habían sido las circunstancias las que habían ocasionado el lamentable incidente y sólo Dios sabía por qué. Y que para el momento actual ya no era menester buscar culpables ni juzgar actitudes.

Líneas más abajo aclaró que en el incendio ocasionado por la turba de creyentes que llevaban velas encendidas, no sólo el cuadro había sido devorado por el fuego sino muchos otros enseres eclesiásticos de considerable importancia. Por lo que no debía creerse que el cuadro era lo más preciado. También dio a conocer que durante el siniestro se habían podido salvar pequeños fragmentos del lienzo; pero que, carbonizados como estaban, fueron echados al basurero. Así que no me vengan, con el perdón de nuestro Señor, a jorobar con que el cuadro ha sido robado o negociado y, mucho menos, por intereses particulares míos o de la iglesia.

Pero el problema se hizo más público de lo esperado. Tuvo repercusiones que alimentaron la carroña desenfrenada de los dimes y diretes que Núñez y Esquivel se mandaron por las radios de la ciudad.

?Por culpa del irresponsable cura Esquivel ?decía el poeta.

?Por culpa de la borrachera y mala fe de los creyentes ?se defendía el padre.

El uno, acusaba al otro de su falta de cuidado y responsabilidad en agravio del patrimonio histórico.

?En los matrimonios que celebra ?afirmaba el poeta?, nuestro querido padre se emborracha sin reparo alguno y después, con la mayor desfachatez del mundo, enamora a las muchachas. ¿Dónde queda el respeto a la iglesia y al Señor? ¿Acaso no es pura cucufatería desvergonzada?

El otro, alegaba que no podía darse crédito a las palabras y frustraciones de un poetastro entregado al licor. Además, autor de versos inmorales ajenos a las sanas costumbres y predicador de la mala vida con el pretexto de la literatura y la belleza.

?No son más que calumnias de un hereje ?decía el padre Esquivel?. Un hereje que se esconde detrás de botellas de licor con la frescura de quien no tiene sangre en la cara. Y lo peor, que hace públicas sus alucinaciones alcohólicas en agravio de los sagrados sacramentos.

Los entredichos continuaron sin árbitro oficial durante varios días por las estaciones radiales. Todas las emisoras ansiaban obtener los derechos de transmisión. Se empezó a recolectar firmas de ciudadanos para apoyar a una y a otra posición y llevar el caso a las instancias superiores. Al final de cuentas, nadie sabía a ciencia cierta cuál era el problema de fondo.

Hasta que por fin el padre Esquivel cedió. Se comprometió, según dijo, para calmar los ánimos de los insurrectos que seguían insistiendo en el cuadro, a contratar a los mejores artistas plásticos de la ciudad para que pudiesen hacer una copia fiel del lienzo. El poeta Núñez hasta ahora seguía esperando ver aquella réplica.

Desde entonces, religioso y poeta apenas podían verse. Cuando era inevitable, con recatado disimulo cambiaban miradas hipócritas y de enojo. Núñez tomándolo por el lado poético una noche de bohemia escribió en alusión al padre Esquivel los siguientes versos:

Me libro de la mirada espartana
de mi enemigo el cura
que rompe cual lienzo de liana
mi palabra incura.


La noche raya en su negrura
y veo en su sotana
el reflejo de la sepultura
de mi enemigo el cura.


Los versos trascendieron en las jaranas de Núñez. Los curiosos y los que sólo buscaban divertirse a costa de él le pedían que recite y cuente los hechos del famoso cuadro. Era claro que el interés radicaba en ver las expresiones y gestos que Núñez hacía al evocar aquellos recuerdos, que por conocer la historia en sí.

?Ni le mencionen el tema ?decían?. No dejará de hablar.

Y emocionadísimos pedían más fórmulas para seguir escuchándolo. Habían aprendido de Núñez que la mezcla de un cuarto de botella de pisco Ocucaje con medio litro de gaseosa blanca era la fórmula perfecta para el paladar. Mientras más fórmulas hubiesen en la mesa, la conversación sería mejor. Por supuesto, sin rencores ni mujeres.