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Una publicación de la asociación SER

La utopía paniagüista

Hace unas semanas, el politólogo Steven Levitsky propuso la creación de una coalición paniagüista, algo así como un partido liberal-reformista que agrupe a centro derechistas y centro izquierdistas, que sirva como un muro de contención ante las ocasionales iniciativas antidemocráticas del aprismo y el fujimorismo por un lado, y de algunos sectores de la iglesia católica y de las fuerzas armadas por otro. Levitsky basó la viabilidad de su propuesta en la agenda común de estos sectores y en las oportunidades que han trabajado juntos. Sin embargo, a la luz de la experiencia “paniagüista” más orgánica de nuestra historia, la Democracia Cristiana (DC) de finales de los años cincuenta, explicaré en el presente texto lo utópico de esta bien intencionada propuesta. La DC nació en 1956 como una iniciativa del ex presidente José Luis Bustamante y Rivero quien, en los convulsionados últimos meses de su administración –un gobierno sui generis para la época que buscó el restablecimiento de los derechos políticos de todos los ciudadanos y un reformismo moderado-, propuso la creación de un partido que le haga contrapeso al reformismo aprista, al que consideraba excesivamente dependiente de las ambiciones políticas de su fundador y, por tanto, con poco interés en consolidar la endeble democracia peruana que a la larga posibilitaría la justicia social. Así, tras la dictadura del general Odría, el Partido Demócrata Cristiano se organizó como una fuerza menos ambiciosa de lo que su promotor buscó, aunque muy influyente y propositiva. Es así que todos reconocieron la solvencia académica y moral de los parlamentarios de la DC frente a los demás así como su férreo compromiso con el país. Más aún ello lo demostraría en el inestable primer gobierno de Fernando Belaúnde cuando en todo momento se mantuvo leal a este y trato hasta el final de tender puentes con la alianza conservadora APRA-UNO a la cual permanentemente buscó convencer sobre lo pernicioso de su actitud desestabilizadora para la democracia. Pese a este accionar político favorable, la unidad inicial entre los miembros de la DC poco a poco se fue rompiendo. Si bien este grupo nació a partir de una división política –institucionalistas/pragmáticos-, la polarización programática avivada por las demandas sociales acumuladas y el fracaso del reformismo belaundista radicalizó a un importante sector de la militancia del partido –principalmente los jóvenes, muchos de los cuales después militarían colaborarían en el gobierno militar- y a miembros importantes de su cúpula como, por ejemplo, el líder socialcristiano Héctor Cornejo Chávez. Así, el partido se dividió en dos alas. Una, encabezada por Cornejo, quien con el tiempo llegó a la conclusión que la democracia no servía para alcanzar la justicia social, y otra, encabezada por Luis Bedoya Reyes, quien consideraba inaceptable tal afirmación y se mantuvo fiel al legado de Bustamante y Rivero. Finalmente, la DC se partió a partir de la expulsión de Roberto Ramírez del Villar, del ala de centro-derecha, por “burgués”. Esta facción fundó el Partido Popular Cristiano (PPC) en 1966. Aunque el PPC durante todo el gobierno militar pidió el regreso a la democracia, durante los años ochenta, ante la polarización programática, dejo de lado su identidad institucionalista y paso a convertirse en un partido de derecha. Aunque el PPC, institucionalmente, jamás ha defendido ningún gobierno autoritario, muchos de sus miembros si lo han hecho. Tanto así que durante el fujimorismo el partido casi desaparece. Para ver la viabilidad del partido paniagüista que solicita Levitsky, la experiencia de la DC es aleccionadora. Muchos pueden argumentar que son contextos distintos. Personalmente estoy en desacuerdo. Muchos colegas piensan que en el Perú no hay polarización porque, argumentan, si la hubiera, también existirían partidos políticos que la expresen. Contrariamente a ese sentido común, personalmente sí creo que existe una gran polarización en el país, tanto de acción política –institucionalistas/pragmáticos- como principalmente programática –expresada a grosso modo en la dicotomía izquierda/derecha-. Y si esta no se expresa en partidos fuertes es por la dificultad para la acción colectiva existente y por los pocos incentivos que los actores políticos normalmente tienen –falta de dinamismo político- para superarla. Sin embargo, si se expresa en los medios de comunicación (y no solo de Lima) que actualmente, por tales dificultades, son los sustitutos de los partidos. Entonces, si hay una gran polarización –a todas luces, poco superable en el mediano plazo- que arrastra a los actores partidarios a tomar una posición sobre, por ejemplo, el tamaño del estado o la intensidad de la inversión privada en zonas mineras, ¿no es probable que al partido paniagüista le suceda lo que paso con la DC, esto es, la división? Ahora, se me podría responder que la pugna permanente con los sectores pragmáticos –esto es, con el aprofujimorismo y sus afines- podría generar una identidad política aparentemente muy enraizada que ayudaría a mantener unido al bando institucionalista. Sin embargo, hay otro argumento –creo que el más fuerte- que echaría por tierra toda unidad: Lo difícil que es representar el institucionalismo en la política. La tradición institucionalista, basada en el deber ser, gira en torno a una noción de corrección en el actuar político. Esto significa, por ejemplo, priorizar la democracia interna, rechazar el caudillismo y optar por decisiones políticas coherentes con el discurso que se tiene. Sin embargo, la dinámica política muchas veces obliga a hacer de lado tales principios. Para ganar elecciones –que es finalmente lo que buscan tanto pragmáticos como institucionalistas, aunque con diferentes motivaciones-, se tiene que elegir a los más carismáticos, no necesariamente a los que tienen más méritos. Y para mantenerse en política, muchas veces se tienen que tomar decisiones obviando principios políticos. Ejemplos de ello son el PPC –heredero de la DC- y Fuerza Social (FS), grupo político que tiene un discurso institucionalista muy fuerte. En ambos grupos, principalmente en periodo electoral, es palpable el peso de sus lideresas –probablemente sin que lo hayan buscado- y las quejas de imposiciones y de desviaciones en sus respectivos postulados políticos. Todo ello, a la larga, termina causando desilusión y dispersión. En ese sentido, el pragmatismo es mucho más fácil de representar ¿será, en parte, por ello que los partidos pragmáticos (APRA/fujimorismo) son competitivos y duraderos? Finalmente, reforzando este argumento, me parece que un partido paniagüista es una utopía porque no existen los incentivos para lanzarse a crearlo. Durante los últimos años se ha podido observar como desde los medios de comunicación y desde las altas esferas donde siempre tiende a haber un liberal influyente (no necesariamente Vargas Llosa) se ha logrado combatir (y, en muchos casos, desmontar) varias iniciativas antiliberales. Entonces, ¿para qué meterse a militar a un grupo con gente amiga –y, en muchos casos, aliada- con la que, por las dinámicas políticas explicadas, probablemente en el largo plazo te podrías salir peleando y, a partir de ahí, se favorecerían conductas poco colaborativas potencialmente perniciosas? No queda duda de lo importante que resulta la existencia de un sector –realmente- liberal en el país como contrapeso a sectores pragmáticos –y potencialmente autoritarios-. Más aún en un contexto en el que, como he hecho mención líneas arriba, estos tienen una ventaja en materia organizacional. Sin embargo, creo que hay que ver con más detenimiento esta idea del partido y de la forma paniagüista de gobernar-. No solo porque la construcción partidaria es potencialmente conflictiva sino porque el paniagüismo también ha demostrado tener límites. Estos podemos verlos desde el gobierno de Bustamante y Rivero hasta la actual administración de Susana Villarán. ¿Cómo proteger y legitimar la democracia desde una posición enteramente institucionalista? ¿Es ello realmente posible? El debate sigue abierto.