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Una publicación de la asociación SER

La violencia que recién vemos

Como si, de pronto, hubiéramos prendido la luz en una habitación y apareciera ante nuestros ojos, en su terrible dimensión. Las cotidianas y brutales expresiones de violencia contra la mujer siempre estuvieron en nuestros hogares, calles, parques, escuelas, pero en la actualidad dejaron de ser hechos aislados que se narran en las secciones policiales, de vez en cuando. Es decir, dejaron de ser “normalizados”.

Esta reacción contra la violencia hacia las mujeres, de rechazo a su supuesta “normalidad” ha ido tomando fuerza en los últimos años. Según datos del Observatorio Nacional de Política Criminal del Ministerio de Justicia, en apenas 5 años el número de denuncias por violencia familiar contra mujeres se incrementó en más del 45%. Más significativo aún es el incremento en sólo 1 año, entre el 2015 y 2016 las denuncias crecieron en 20%.

El ascenso vertiginoso del último año sería una demostración del impacto de las denuncias, protestas y movilizaciones de miles de mujeres, junto con hombres, en particular de la marcha #NiUnaMenos del 2016.  Una lección para quienes creen (o quieren creer) que estas no sirven de nada.

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Según el Ministerio Público, entre el año 2015 y el 2016 hubo un incremento de 135% en las denuncias contra el cuerpo, la vida y la salud, en el marco de la aplicación de la Ley n°30364, Ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres y los integrantes del grupo familiar, gracias a la cual “los casos de lesiones por violencia familiar ingresan directamente a fiscalías provinciales penales y mixtas por ser de competencia en materia penal”[1].

Frente a ello, la débil institucionalidad del país no permite una reacción a un problema de tales dimensiones. Un problema del que apenas vemos la punta del iceberg. Por ejemplo, el feminicidio es un concepto en construcción reciente y no todos los policías, jueces y fiscales están abiertos a reconocerlo. Resistencias que van al más alto nivel de los decisores de justicia, como el Director Académico de la Academia de la Magistratura, Luis Pacheco Mandrujano. Según señalara en una entrevista a Legis.pe (29/01/2018), en casos de intento de feminicidio como el de Arlette Contreras, no era posible probar la “finalidad” (matar  a una mujer por su condición de tal.  Me pregunto ¿por qué la quiso matar entonces?). Por tanto, no aceptaba el delito de intento de feminicidio. Pues bien, si frente a un caso emblemático persiste la negación de esa figura,  y a ese nivel, es de suponer que no son pocos los casos “invisibilizados”.

Urge un cambio de las instituciones y de las personas, para afrontar este problema que aparece cada vez más en sus terribles dimensiones. 


[1] Ministerio Público. Anuario Estadístico 2016, p. 77.