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Una publicación de la asociación SER

La virginidad de Maestre

Hasta ahora me sigo preguntando cuál fue el fundamento del finado Fernando Maestre para recomendar que la virginidad  se debía “sostener, al menos, hasta los 24 años” para “elegir bien y formar una pareja comprometida”. Porque, que se sepa, ninguna autoridad en psicología, psicoanálisis o psicoterapia ha hecho estudios concluyentes que concluyan fijando en esa mágica edad el borde entre la inmadurez y la madurez; entre el divorcio y el matrimonio prolongado; entre el  desorden y el éxito en la vida. Es verdad que Maestre ya no está entre nosotros; pero su sostenida presencia en radio y televisión lo convirtió en un “gurú” de la psicología y de las relaciones interpersonales, para el pueblo simple y para los profesionales del Minedu que incluyeron su endeble opinión en los textos escolares que hoy cuestionamos. Lo que confirma el dicho de que, no todo lo que brilla, es oro.

Lo lamentable es que, quienes escogieron ese texto (y que trabajaron a órdenes del tan ponderado ministro Jaime Saavedra), supuestamente para edificar una conciencia crítica en los estudiantes acerca de la sexualidad, no la tuvieran ellos mismos. ¿Cómo se les pudo ocurrir presentar la opinión de Rafael Rey, que acude a la autoridad de un programa cómico para sustentar su posición?

Es verdad de a puño, que los adolescentes de hoy como los de ayer y los de anteayer, se guían por la intuición en respuesta a los impulsos de la naturaleza, y alentados por la industria de las imágenes proveniente de Hollywood que sobreexpone la asociación de sexo y violencia. Una educación que quiera incidir en la realidad, que quiera ser pertinente, debe partir de esa realidad y no de las fantasías de ciertos religiosos, cuyo fariseísmo e hipocresía han sido expuestos numerosas veces, aquí y en el mundo entero.

Claro que hay que ayudar a los adolescentes a tener una vida sexual saludable que evite el abuso, la prostitución, la trata, los embarazos, abortos y muertes tempranas e injustas. Ese es un deseo unánime y debiera ser una meta nacional. Pero no hay que errar en el método, arrastrados por el miedo que las sectas oscurantistas apoyadas por el pensamiento Trump, difunden entre nosotros. Esto quiere decir que hay que educar, cultivar, guiar, proponer y dar el buen ejemplo, pero no imponer ni reprimir o maltratar, porque una prolongada represión sexual desde la infancia –que ve lujuria por todo lado- lo único que trae, a las finales, es la infelicidad de mujeres y de varones adultos. Lo dicen la experiencia clínica y la Psicología.

Es bueno recordar a padres y maestros (y a los fariseos adoradores de la letra) que el Código del Niño y del Adolescente reconoce, en su artículo 11°, que ellos “tienen derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión”, para que saquen las consecuencias y no impongan sus criterios y pareceres a sus hijos. Así también, que su artículo 16° les reconoce el derecho “a ser respetados por sus educadores y a cuestionar sus criterios valorativos, pudiendo recurrir a instancias superiores si fuera necesario”.

Por último, si los padres y madres se ponen la mano al pecho, hacen memoria y quieren lo mejor para sus hijas e hijos, reconocerán que la primera aspiración de los adolescentes es que los adultos los respeten, y respeten su derecho a la intimidad y a la igualdad de trato, combatiendo el nocivo machismo.