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Una publicación de la asociación SER

¡Las pelotas!

Ahora que Rafo León ha llamado la atención sobre cómo desde el lado masculino se reproduce el sistema de dominación machista, pienso que el fútbol ha sido –y es- un campo privilegiado para construir en el niño sus roles de macho dominante. Apenas el niño peruano empieza a dar sus primeros pasos no recibe como regalo un carrito, un tambor o un peluche. No, recibe una pelota y es sentado al lado del padre, el hermano mayor, el tío, el primo a ver un partido de fútbol por la tele que ni siquiera entiende. El desarrollo psicomotriz está ligado a patear, correr con la pelota, brincar, aguantar pelotazos, hacer piques, cabecear, pararla con el pecho, hacer huachas y meter goles. Sobre todo, meter goles. El niño-arquero será visto por los demás como un disminuido y por el padre, con una cierta decepción. Las conversaciones de la cena, cuando la hay, no será sobre lo aprendido en la escuela, sino sobre cuántos goles metió el niño durante el recreo o si –lástima y tragedia- fue marginado al banco de los suplentes. La complicidad padre-hijo se establece tempranamente, cuando el padre le chanta la camiseta de su equipo a su cachorro, sin consulta previa. La marginalidad de las niñas/mujeres queda fijada al papel subordinado de las que miran pero no juegan, de las que no saben.

Ya más grandecito, el niño aprenderá que no hay que quejarse ante la patada artera sino devolverla con yapa, porque eso de andar quejándose por los fouls no es de machos. En la adolescencia ya aprenderá los trucos de foulear sin que se note o sin que lo note el árbitro, el pisotón, el codazo, el cabezazo al saltar, la boquilla o el salivazo para provocar al rival y tirarse al suelo con desgarradores gritos cuando él nos empuje. Esas historias de partidos y de goles, de empates y de victorias de último minuto alentarán y salpimentarán las conversaciones con las chicas, a las que hay que mostrar trofeos, antes que ellas mismas se conviertan en uno. Fútbol y mujeres: he ahí las dos columnas temáticas de conversación de los jóvenes de siempre y que, en muchos casos, se prolongan hasta la edad provecta.

El fútbol, que para una legión resume o figura la vida social, proyecta su lenguaje a lo cotidiano: la vida se ha hecho para meter goles, para no ser un perdedor, mi hermano; para sudar la camiseta; la blanquirroja es el Perú; “patear con los dos pies”, es señal de ambigüedad sexual; el escepticismo frente al rendimiento de la selección es casi traición a la patria; “tener pelotas” es signo de coraje, bravura  y aguante frente a las adversidades.

“Las relaciones entre los hombres suelen ser básicamente de competencia, entre amigos, entre padre e hijo, entre hermanos. La metáfora es, "quién la tiene más grande". Quién puede más, quién gana más, quién junta mejores trofeos femeninos. Y eso es agotador, desgastante, te hace mierda, te reduce a un triste papel de figurante de un sistema abominable” ha escrito Rafo León en su muro de Facebook y ojalá que abra un debate sobre nuestro ser masculino y los extremos a los que puede llegar el machismo, que cotidianamente apedrea a la barra del equipo rival y pega a la madre de sus propios hijos. Aunque es probable que tenga más impacto no un debate que llegue hasta los profesores de aula, en el mejor de los casos, sino los breves videos que se están difundiendo en los que, a propósito del mundial y la selección, se aboga por los derechos de las mujeres y de los niños y se condena el feminicidio y las violaciones sexuales.

Nada de lo arriba escrito, por supuesto, niega las enormes virtudes del fútbol como gatillador de una pasión que emociona y une a millones de desiguales. Ni de sus enormes potencialidades educativas. Desde el fair play que todos aplauden, pasando por el “jugar en equipo” para lograr metas que son difíciles de alcanzar, el deporte como camino de superación individual y colectiva, hasta el “así no juega Perú” para criticar las malas y nocivas costumbres de nuestra sociedad discriminadora. Aprender que con una derrota no se acaba el mundo y las virtudes del entrenamiento cotidiano y de la persistencia. Aprender a respetar las reglas de juego y al rival, poniéndose en su chimpunes. En otras palabras, enseñar y aprender a practicar la igualdad democrática. Son posibilidades que padres y madres y maestros deben evaluar ahora que todos nos agitamos para seguir las circunvoluciones de una pelota.