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Una publicación de la asociación SER

Lecciones de historia romana para la gestión de conflictos

El historiador inglés Adrian Goldsworthy en su libro Pax Romana describe un hecho histórico que resumiré a continuación a modo de reflexión para la negociación de conflictos sociales. Alrededor del año 151 a.C. en la península ibérica, en la zona que hoy llamaríamos Portugal, y que el Imperio Romano llamaba Hispania Ulterior, gobernaba el pretor Galba, quien durante ese tiempo tuvo que hacer frente al ataque de las tribus locales, celtiberas y lusitanas. No obstante, los romanos organizaron un contraataque bajo el mando del procónsul Lúculo, con el que, debido a este doble frente, las tribus ibéricas optaron por buscar la paz.

Así, deciden encontrarse con Galba. Los mensajeros se presentan y le señalan sus justificaciones, una de ellas era que sus tierras eran demasiadas áridas para sustentar a todo su pueblo, por lo que estuvieron obligados a atacar a sus vecinos más ricos. El gobernador afirma comprender y les ofrece la paz. Para ello, las tribus acuerdan rendirse ante Roma, presentándose en un lugar concertado. A cambio, el pretor les prometió reubicarlos en «campos fértiles donde podrán asentarse».

Las instrucciones es que vinieran en tres grupos, cada uno conformado por clanes y tribus específicas, con la idea de que esta división permitiría una mejor organización para el traslado. Según han narrado las fuentes históricas se afirman que había treinta mil personas, entre mujeres, niños, ancianos y guerreros.

Galba se encuentra ante el primer grupo y les demanda que depongan sus armas, que era un gesto formal para la rendición. Espadas, demás equipos militares fueron entregados, a pesar de las inquietudes y dudas que se suscitaron entre los lusitanos. Luego, alrededor del campamento los soldados romanos trazaron una zanja como una supuesta medida de protección para la tribu. Una vez hecho esto, el pretor romano ordenó a los guerreros imperiales entrar al reducto, donde comenzaron a matar a todos sus ocupantes. Y lo mismo ocurrió con el segundo y tercer grupo, usando el mismo tratamiento. En todos los casos, las fuentes concuerdan que esto fue una masacre. Había una cuenta pendiente por las anteriores batallas con esas tribus y Galba a través de sus furiosos soldados la cobró con saña.

A pesar de este triunfo, Roma no vio con agrado las acciones de su pretor en Hispania. Y no por la matanza y la esclavitud aplicada con brutales métodos, porque el Imperio lo consideraba un necesario castigo para sus enemigos. El repudio a Galba fue actuar de esta manera en contra de un enemigo rendido, quebrantando deliberadamente el acuerdo que había entablado con ellos. Pero, sobre todo, el crimen de Galba fue haber violado la «buena fe» o fides latina, que según el historiador inglés «era una virtud de la que los romanos se jactaban, eligiendo creer que trataban de forma honesta y franca con los demás». Y con esto, se preciaban de diferenciarse de sus enemigos, a quienes tildaban de “traicioneros” o nada confiables.

Goldsworthy afirma que para los romanos «tener la reputación de mantener los acuerdos y tratados, de ser un apoyo fiable para sus aliados y de dar un trato justo a los enemigos derrotados, ayudaba a promover las negociaciones futuras con otros pueblos». Los romanos actuaban así con fines prácticos. Era una forma de mantener la armonía con los pueblos con quienes mantenía relaciones permitiéndoles así la unidad y la paz en su imperio. Y es que fides, el acto de la buena fe, también se traduce como “confianza” y “lealtad”.

Veintidós siglos después, ya no en Europa, sino en América del sur, en los territorios de otro “imperio”, el de los Incas, específicamente en el Perú, a sus gobernantes y burócratas les ayudaría conocer la historia narrada por Goldsworthy. Sobre todo, cuando vemos su falta de pericia en cuanto a los compromisos y promesas que se hacen intentando así resolver los conflictos sociales.

Por ejemplo, se reiniciaron las protestas de los pueblos indígenas de las cuencas del Marañón, Corriente, Pastaza, Chambira y Tigre en Loreto debido al incumplimiento de los siete puntos del acta que suscribió el Estado Peruano con los apus a fines de diciembre del 2016. Ha sido la reiteración de no respetar la palabra empeñada y escrita en los acuerdos con estos pueblos convertida en vieja costumbre.

Si la idea de gestionar los conflictos sociales es evitar que estos afecten la gobernabilidad democrática del país, ¿cómo se pretende la lealtad, la confianza y el logro de futuros compromisos, la fides, por parte de los ciudadanos si no se comprende la importancia de honrar la palabra dada y firmada en acuerdos y actas? La fórmula de firmar “actas” para superar situaciones de crisis durante un conflicto está desprestigiada desde hace mucho y ha sido proporcional con la credibilidad con los funcionarios del Estado.

El problema es que los burócratas pasan, pero el aparato estatal queda. Y con los compromisos no honrados también queda la desconfianza hacia el Estado. Con esto se agudizan las dificultades de lograr acuerdos sostenibles. Por ello, no solo aprendamos de la historia romana, también hagámoslo de los años recientes de conflictividad social en el país, en donde no cumplir los acuerdos firmados se ha convertido como el principal obstáculo para gestionar y resolver conflictos sociales.