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Una publicación de la asociación SER

Lima: Construyamos identidad valorando nuestro pasado

A diferencia de diversas ciudades en el Perú, como Cusco, Huamanga, Abancay y Huancavelica, cuyas poblaciones poseen un mayor reconocimiento de su pasado prehispánico y hasta pre-inca, la población de la ciudad de Lima pareciera quedarse estancada en sus recuerdos coloniales y virreinales. Lima, la Ciudad de los Reyes, mazamorrera y criolla, con tradición afrodescendiente, posee también un rico y extenso pasado de las diversas sociedades que la poblaron de manera muy significativa.

Emblemáticas zonas de Lima fueron antes que republicanas y coloniales, asentamientos humanos provenientes de culturas como la Lima, la Ichma y la Inca, entre las de mayor consolidación[1]. Recordamos más al “damero de Pizarro”, el conquistador español, que la resistencia de Taulichusco, último cacique Inca de Lima, del cual queda una wanka o piedra, monumento que muy pocos valoran.

Casi desde principios de nuestra Era (años 100-600 NE) se desarrolló la Cultura Lima en buena parte del territorio de esta capital, asentándose principalmente en los valles de los ríos Chillón, Rímac y Lurín, hasta Ancón. Se dice que por el norte se propagó hasta el valle del río Chancay y por el sur hasta el valle del río Mala, teniendo como límites el mar y los Andes. Son familiares un conjunto de sitios como los de Maranga, San Marcos, Cajamarquilla, Mangomarca, Pucllana, Vista Alegre, Granados, Armatambo, Cerro Culebras, y el reconocido templo de Pachacamac. Otros sitios en el valle de Ancón, Chancay y Chillón  completan el gran escenario de la Cultura Lima que transitó por diversas etapas y estilos en sus representaciones artísticas,  edificaciones y contextos funerarios[2].

Con posterioridad, una parte del territorio donde floreció la cultura Lima fue ocupado por la cultura Ychma, entre los años 900 y 1470 NE[3], abarcando los valles medio y bajo de los ríos Lurín y Rímac manteniendo un dominio de estas tierras hasta la llegada de los Incas.  Además de Pachacámac, como principal centro de adoración, se pueden señalar otros asentamientos Ichma tales como Maracuyá, Pampa de Flores, Jacinto Grande, Manchay Alto, Huaycán, Chontay y Avillay, Tres Palos, San Miguel, Mateo Salado, Fortaleza de Campoy, Huaca San Borja.

En ambas sociedades se resaltan diversas técnicas de tejidos, cerámicas, arquitectura, infraestructura hídrica, entre otras, que muestran la categoría de estas culturas, de las que aún falta mucho por conocer. Sus principales actividades productivas se orientaron mayormente a la pesca y la agricultura, con un dinámico intercambio comercial con diversos pueblos. Cabe resaltar sus destrezas en el manejo del recurso hídrico, adaptados a un ecosistema desértico[4], incluyendo la construcción de una nutrida red de canales que permitió la ampliación de la frontera agrícola y la consolidación de prósperos poblados asentamientos humanos, sobre los cuales se estableció la Lima colonial.

Cuan poco conocemos o valoramos ese envidiable patrimonio cultural quienes vivimos en esta Lima moderna. Cuan poco lo hemos incluido como un factor en el proceso de construcción  de ciudadanía -deficitaria por cierto- que también nos ha impedido entender el significado de esta ciudad como un mosaico cultural de todas las sangres. La revaloración de nuestro pasado se convierte en una oportunidad para recrear las relaciones entre hombres y mujeres, para lo que necesitamos un discurso y una agenda de desarrollo concertado, basado en el reconocimiento de esa diversidad cultural y de la riqueza que ella contiene. Lo lamentable es que la gestión de las autoridades locales y en particular de la Municipalidad Metropolitana de Lima, está muy lejos de comprender y apreciar la trascendencia de ese legado cultural para forjar ciudadanía y para planificar el desarrollo urbano con equidad, inclusión y tolerancia.

Proponiendo acciones concretas, se trata de realizar mayores esfuerzos para poner en valor social los lugares más emblemáticos construidos por estas sociedades prehispánicas (Garagay, Pachacámac, Maranga y Cajamarquilla, Huallanmarca, Pucllana, Huaycán de Cieneguilla, Huaca Mateo Salado y Puruchuco, esta última Inca), además de los que ya viene propiciando plausiblemente el Ministerio de Cultura. Un sector público competente, organizaciones de la sociedad, la empresa privada y las instituciones educativas, deberíamos consensuar un plan de acción que permita primero frenar el deterioro de estos sitios, protegerlos y aprovecharlos social y sosteniblemente. Incluyamos en las escuelas la enseñanza sobre estas culturas y sus manifestaciones de vida artísticas, productivas y tecnológicas. Implementemos un turismo responsable que difunda nuestra riqueza cultural, como parte de los atractivos de la ciudad.  Y, quizás  lo más importante: comencemos a reconocernos, y que nos reconozcan, como una población culturalmente diversa, que vive y convive en un territorio con un invalorable patrimonio, construyendo bienestar al igual que lo hicieron nuestros antepasados Lima, Ichma e Inca.

Ya es hora por lo tanto, de afirmar con  identidad y orgullo que Lima no se fundó en enero del año 1535 por los españoles. Este espacio físico y cultural existió por lo menos desde hace casi veinte siglos.

 


[1]                      Habría que añadir la Civilización Caral expresada en Lima como Paraíspo o Chuquitanta en valle del Chillón. Asimismo se deben considerar otras culturas como Atavillos, Chancay, Canta, Yauyos.

[2]                      Ejemplo representativo de la arquitectura de la Cultura Lima se tiene en el complejo arquitectónico de Maranga (entre los distritos del Cercado, Pueblo Libre y San Miguel) y que pareciera cumplió un rol preponderante como capital.

[3]                      A diferencia de la Cultura Lima, se señala que la Ichma estuvo conformada por una diversidad de curacazgos, forjando además alianzas entre ellos, de allí sus manifestaciones artísticas y arqueológicas distintas.

[4]                      Infraestructura hídrica como la de los canales de Surco y de Huatica, fueron obras construidas entre los años 500 y 700 NE), como una respuesta previsora frente a los efectos del fenómeno del Niño.