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Una publicación de la asociación SER
Escritor y periodista

Llachón… para volver siempre

Una nube de polvo color café, patidifusa y cimbreante, al fondo de la carretera de trocha, se levanta, obstruyendo la visión del paisaje. El conductor detiene la marcha del bus y espera a que se difumine para pisar otra vez el acelerador. Un olor a tierra invade la cabina y, poco después, un fino polvillo dorado hace toser a los viajeros. Sabor a tierra altiplánica en las gargantas.

Por la ventana del lado derecho se ve muy cerca el lago Titicaca, crujiente de pequeñas olas. La orilla, adornada de una arenilla blanca, cobija unas lanchas ancladas en unos embarcaderos artesanales; más allá, unas vacas miran el horizonte, petrificadas, como si sólo estuvieran ahí para adornar el paisaje.
El conductor del bus anuncia que hemos llegado al primer paradero de Llachón. Entonces el paisaje se ilumina con una potente luz plateada, hermosa, que se levanta de las aguas del lago por el reflejo del sol. Magia lagunera. Hace dos horas que hemos tomado el bus en Puno para poder llegar a Llachón.

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La comunidad rural de Llachón –reconocida como centro poblado–, está ubicada en la parte sur, que termina en una punta, de la península de Capachica, en el distrito del mismo nombre que pertenece a Puno. Se llega por vía lacustre desde los puertos de Puno, Taquile o Amantaní; o por vía terrestre, desde Puno o Juliaca. Si se opta por esta vía, primero habrá que llegar a Capachica pasando por Huata y Coata, para allí tomar otro bus que nos conducirá a Llachón.

En los últimos cinco años Llachón se ha convertido en un destino turístico con un gran potencial debido a su ubicación, clima y paisaje. Es lo que llaman en términos de marketing “ecoturismo vivencial”, aunque para los que hemos ido, sea más una experiencia de bello sosiego, tranquilidad y admiración por el vasto paisaje titicaquense, además de la camaradería de sus habitantes.

Pero Llachón es aún poco conocido y visitado en el gran circuito turístico nacional, y mucho menos suscita el interés de los propios puneños. Aunque, ciertamente, el público objetivo que más les atraiga a los llachinos sea el extranjero, que llega al lugar como parte de un paquete que incluye otros puntos de visita dentro del turismo desarrollado en el lago Titicaca. Las grandes delegaciones llegan sólo para la hora del almuerzo mientras que algunas otras se quedan entre uno y dos días.

Si bien, los habitantes quechuas de Llachón se dedican a la agricultura, ganadería, pesca, artesanía y textilería, poco a poco, se han visto en la necesidad de integrarse a esta dinámica turística, para “no quedarse atrás y perder platita”. Han empezado a construir en sus casas y terrenos, hospedajes y restaurantes que no rompen para nada el entorno paisajístico y que tienen las comodidades más básicas, para poder recibir a los visitantes. Así, hoy Llachón cuenta con al menos 12 casas hospedajes en distintos lugares de la zona, ubicadas de cara al lago Titicaca y a lo que se conoce como “la playa”.

Valentín Quispe fue el pionero en apostar por esta visión turística de Llachón. Al comienzo obtuvo resistencia pero con el tiempo fue comprendido e imitado. Ahora, hay todo un trabajo conjunto y articulado a través de la Federación de Turismo Rural de Llachón. Por suerte, hasta el momento no ha entrado la inversión privada y ojala nunca lo haga. De hacerlo, seguro con una visión puramente economicista, podría contaminar la armonía del emprendimiento turístico de sus pobladores y monopolizar los ingresos además de amenazar la condición de hábitat para la avifauna y el ecosistema del lugar por ser centro de gravedad de la zona de amortiguamiento de la Reserva Nacional del Lago Titicaca, y considerado de “importancia internacional” por la convención Ramsar, 1971, Irán. (1)

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La vista que se ofrece desde las casas es hermosa: el lago Titicaca, en su plenitud; la isla Taquile y, en la gran lejanía, en lados opuestos, la cordillera boliviana y la ciudad de Puno. Algunas lanchas surcan las aguas de cuando en cuando. Si avivamos el oído, escucharemos el canto de los pájaros y el sonido del viento que, como un chicote, castiga a los árboles, haciendo que sus ramas se bamboleen de un lado a otro. Son los gemidos de la naturaleza.

El almuerzo comprende sopa de quinua y trucha frita con papas y arroz, cocinado por la esposa de Valentín, y un sobrio mate de muña para la sobremesa. Caminamos por Llachón con absoluta libertad y sin ningún peligro. Para llegar a la plaza se sigue a pie la carretera principal. A mitad del camino se levanta un gran arco de piedra que da la bienvenida al pueblo. Su piedra brilla mostrando adornos cincelados de chakanas, además de su decorado en la parte superior, con cantutas rojas y amarillas que le dan un aspecto colorido y acogedor. En la plaza encontramos la iglesia y la municipalidad; en el cercado, la escuela, la posta médica y las tiendas de abarrotes. Los niños y niñas corretean y juegan eternamente a hacer volar la cometa.

Al regreso, optamos por los caminos empedrados que hilvanan todas las casas hospedajes y la parte de la playa. Nos cruzamos con algunas vacas, burros y chanchos que pasean igual que nosotros, de mano de sus dueños, llevando diversas cargas en sus lomos. Volteamos la mirada y al frente se impone la presencia de los cerros Carus y Q´eskapa donde existen restos arqueológicos.

El fuerte sol del nuevo día, nos empuja a darnos un chapuzón en el Titicaca. Al emerger, vemos cómo un inmenso pájaro, acrobático, planea desde lo alto del cielo hasta la orilla del lago, para luego remprender el aleteo con holgura y elegancia. Su vuelo evapora las gotas cristalinas de nuestros cuerpos con olor a piedra y susurro de pasión. Aunque en ese momento no lo sabemos, un nuevo ser ha sido moldeado en Llachón.

Nota:

(1). Ver: Graña, Alberto. “Ecoturismo vivencial rural: la promesa de Llachón y Ticonata”. Artículo en revista Cabildo Abierto Nro. 23. Mayo 2007. Asociación SER. Puno.