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Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

Los discípulos locales de Hitler

Hannah Arendt decía que a los nazis no les bastó fabricar mentiras contra los judíos o afirmar que existen “subhumanos” o “suprahumanos” porque “difícilmente habrían logrado convencer al sentido común de que los judíos eran subhumanos. Mentir no era suficiente. Para ser creídos, los nazis tenían que fabricar la realidad misma y hacer que los judíos pareciesen subhumanos”[1].

La táctica empleada por los inspirados por Hitler era convencer al mundo, usando la propaganda, de que los judíos “parecían criminales” o esparcir la duda, según Arendt, de “qué cosas tan terribles debieron de hacer los judíos para que los alemanes a su vez hayan tenido que hacerles eso”. Para esto se valieron de la caricaturización de la “naturaleza judía” a quienes públicamente los acusaban y exhibían como “menos humanos” con inclinaciones a actitudes criminales, por un lado. Y por el otro, ser los culpables de los males del pueblo alemán.

Han pasado casi ochenta años desde que el nazismo se incubó como ideología y caló en el educado pueblo alemán la disparatada idea de que existían razas cuyos comportamientos denotarían ir en contra del “orden establecido por la naturaleza”. Sin embargo, ¿acaso en el siglo XXI sigue sonando esa “preocupación por el orden natural” que los nazis lograron instaurar en el imaginario de su pueblo?

En los debates (más bien las disputas, griteríos, insultos, descalificaciones, etc.) sobre las cuestiones de género o las reivindicaciones feministas, sus adversarios usan unas particulares “razones” para “denunciar” o “alertar” la instauración de una “mentira ideológica” que va en contra “del orden natural” afectando así la “dignidad de las personas”. Si bien es cierto que estas expresiones podrían atribuirse al derecho de opinar sobre ciertos asuntos públicos, también es cierto que en los últimos años hay una movilización social que usa como bandera la defensa del “orden natural” del mundo que es la base de los valores tradicionales que ataca lo privado. Y esto, en mi modesta opinión puede ser un aliciente peligroso que atente en contra de nuestras ya precarias relaciones sociales en el país.

Por ejemplo,  frases como “el feminismo les resta feminidad a las mujeres”, “el feminismo es proaborto”, “los hombres no van a poder acercarse a las mujeres por culpa del feminismo”, “la familia está en peligro por el lobby gay”, “la igualdad de género promueve el libertinaje sexual en nuestros hijos”, “el lenguaje inclusivo es una imposición totalitaria” son los “argumentos” que esgrimen como una alerta de defensa del orden natural en nuestra sociedad peruana los colectivos “pro familia, “pro-vida”, “pro-valores” o llamados “conservadores”.  Además, arguyen, como para darle “fuerza” a sus “razones”, que sus argumentos “tienen base científica” y acusando a sus opositores de no tenerla.

Luego -esta es la parte más interesante- empaquetan todo lo anterior como un fenómeno producto del “marxismo cultural” o de origen “neo-marxista gramsciano” promovido por “progres”, “caviares” o “izquierdistas” quienes responden a una agenda mundial “cristianofóbica” y “antifamilia” financiada por “el judío” George Soros.

Y, para rematar, gracias a las redes sociales o al internet, lo anterior es acompañado con imágenes que reflejan e “ilustran” sus denuncias: mujeres con rostros adustos y pechos descubiertos sindicadas como “productos del feminismo”, hombres o mujeres maquillados probablemente para asistir a un carnaval, pero acusados de reflejar la “perversión” del homosexualismo. O usan imágenes de miembros del partido nazi o de subversivos para “advertir” que el “neomarxismo” quiere imponer en nuestra sociedad prácticas “nazis” o “comunistas”.

La intención sutil y algunas veces desfachatada de esos grupos es promover la idea de que existen personas que patrocinan ideologías importadas y otras que son “producto” (sic) de estas, fundadas en antivalores contrarios al orden natural de las cosas. Y así se pondrían en peligro la existencia de la sociedad y la “Civilización Occidental” que “se funda en los valores cristianos”.

Pero lo más peligroso es la intención de dar rostro a sus adversarios -y a todo aquello que abominan- para luego introducirlo en el imaginario popular o “sentido común” para acusarlos de promover la perversión, la decadencia moral o de atacar la fe cristiana que es “la religión de la mayoría de los peruanos”.  

Por todo lo dicho, nuestra sociedad debe atajar todo intento de estereotipar o caricaturizar a cualquier ciudadano o ciudadana apelando a supuestos “órdenes naturales” o “divinos” invocados por la dictadura de las mayorías. Recordemos que es la Constitución el documento que debe ser el protector de nuestras relaciones sociales.

No lo olvidemos, las tácticas del nazismo en contra de sus enemigos son parte de una historia macabra de la cual debemos aprender y avergonzarnos como humanidad.

 

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[1] Ensayos de comprensión 1930-1954. Página indómita, Barcelona, 2018, p. 300.