Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Los hijos de Supay siguen comiendo oro

Para Manko Inka (personaje que aparece en las obras de Pedro Cieza de León y de Titu Cusi Yupanqui) los conquistadores fueron considerados “supais” o “demonios”, e incluso más que demonios, debido a su violencia que excedía todo protocolo, diplomacia y caballerosidad. “Y bien digo yo que vosotros no sois hijos de viracocha sino del supay, que es el nombre del demonio en nuestra lengua”, sentencia Manko Inka sobre los conquistadores. Esta noción del invasor como “demonio” o fuerza destructiva, tiene resonancia en los actuales modos de violencia ejecutados por el extractivismo y políticas de desarrollo en Perú. Esta figura monstruosa por su exceso de violencia vislumbrada por la élite incaica puede rastrearse en el poema A nuestro padre creador Tupac Amaru escrito por José María Arguedas en 1962 y en la reciente represión policial –dirigida por minera Glencore- contra tres mujeres de la comunidad de Alto Huarca (Espinar-Cusco)

Titu Cusi Yupanqui dictó sus memorias al licenciado Lope de García Castro en 1570. El resultado fue el texto conocido como Instrucción, donde este inca de Vilcabamba recuerda la conquista y la muerte de su padre Manko Inka. Luego de prodigar oro y hospitalidad a los invasores, este advierte que los españoles solo quieren más riqueza. Por esto dice que ellos “se mueren por ella” (19). Igualmente, Cieza de León condenó esta ansia por el tesoro, anotando: “Como para pasar a estas partes los españoles haya sido tanta parte el oro y plata; poco es menester para conocer nuestra codicia y ansia tan grande que para el dinero tenemos”. Esta situación es claramente mostrada en el dibujo 147 de Guamán Poma de Ayala en su Nueva Coronica y Buen Gobierno en el cual un español le dice a Huayna Capac: “este oro comemos” (imagen que encabeza este texto). La construcción de una economía colonial produjo los genocidios y epistemicidios. Esta ansia se expresa hoy en día en las concesiones mineras, invasiones extractivistas y políticas de desarrollo que promueven muertes y desposesiones territoriales en nombre de un anhelado progreso. “Este oro comemos” es una frase que ha justificado, por ejemplo, la explotación del caucho en la Amazonía y el actual despliegue de ataques contra defensoras de la tierra como Máxima Acuña. La lógica y la violencia coloniales que Manco Inka sufriera han adquirido nuevas modalidades y transformaciones, pero su impronta no ha cesado. 

La Instrucción señala cómo la violencia colonial se oculta con una apariencia benéfica que, sin embargo, prontamente deja sentir su peso sanguinario. Cuando los conquistadores arribaron a Cajamarca fueron considerados Viracochas. La Instrucción nos informa que unos emisarios, al informar a Manko Inca sobre la presencia de los extranjeros, le aseguraron que eran Viracochas debido a que:

“diferenciavan mucho en nuestro traje y semblante y lo otro, porque beyan que andaban en unas animalias muy grandes, las quales tenían los pies de plata, y esto dezian por el relumbrar de las herraduras; y también los llamavan ansy porque les avian visto hablar a solas en unos paños blancos como una persona hablaba con otra, y esto por leer en libros y cartas; y aun les llamavan Viracochas por la excelencia y parescer de sus personas y mucha diferencia entre unos y otros, porque unos heran de barvas negras y otros bermejas, e porque les veyan comer en plata y también porque tenían yllapas, nombre que nosotros tenemos para los. truenos,, y esto dezian por los arcabuczes porque pensaban que eran truenos del cielo”.

Esta cita destaca por la configuración de personajes que son diferentes en tanto que establecen una imagen radical de alteridad física en el mundo andino. Pero además de esto, se trata de personajes con características sobrenaturales. Del mismo modo que los españoles representaron a los indígenas a partir de su visión de mundo (su ideología eurocentrista, las novelas de caballerías y la tradición maravillosa de los monstruos), igualmente los sujetos indígenas del incanato representaron a los españoles a partir de sus propias tradiciones. En “El regreso de Viracocha”, Antoinette Molinié Fioravanti precisa que la llegada de los conquistadores significó para los incas un periodo de crisis o cataclismo (pachacuti) que tenía que acontecer como parte de su comprensión de la historia. El último pachacuti había ocurrido  durante la sucesión del octavo y el noveno inca, es decir, entre Viracocha y Pachacutec. Esta autora argumenta que debido a esta noción de “crisis cíclica” los españoles fueron considerados entidades divinas. Es decir, su aparición coincidió con la crisis de sucesión entre Atahualpa y Huáscar. 

Si seguimos a Cieza de León, advertiremos que la identificación de los españoles como viracochas se debió a la guerra interna en el Incanato. Así, en el capítulo V de El señorío de los incas, el cronista informa que los partidarios de Huáscar “con grandes suplicaciones, imploraban su ayuda [de los conquistadores] contra Atabalipa su enemigo”. Asimismo, en el capítulo XLVI de Descubrimiento y conquista del Perú leemos que sus seguidores al enterarse de la prisión de su hermano: “Tenían tal acaecimiento por milagro, creían que Dios todopoderoso, a quien llamaban Ticiviracocha, envío del cielo aquellos hijos suyos, para que libraran a Guascar y lo restituyesen  en el trono de lo que habían echado”.

Esta visión de los españoles como enviados de Viracocha es pronto modificada por una representación negativa. En el capítulo XC del Descubrimiento y conquista del Perú, Cieza de León nos informa que el inca denunció el comportamiento desmedido de los conquistadores, su codicia, lujuria y violencia, inadecuados incluso ante el honor y la fe católica. Transcribo a continuación un extracto de este pasaje:

No tienen temor de Dios ni vergüenza, trátannos como a perros, no nos llaman otros nombres: su codicia ha sido tanta que no han dejando templo ni palacio que no han robado, mas no les hartaran aunque todas las nieves se vuelvan oro y plata. Las hijas de mi padre, con otras señoras, hermanas vuestras y parientas, tiénenlas por mancebas; y hánse en esto bestialmente (…) Pregúntoos yo: donde los conocimos, qué les debemos, o a cuál de ellos injuriamos para que con estos caballos y armas de hierro nos hayan hecho tanta guerra

Debido a esta violencia excesiva (que se expresa a través de saqueos, muertes y violaciones), los conquistadores dejan de ser llamados “Viracochas”, ya que no actúan como “entidades divinas”. A pesar de las ofrendas que han recibido se comportan de un modo contrario, y esta contradicción hace que el inca reconozca su equívoco. Así, en la Instrucción de Titu Cusi Yupanqui leemos este parlamento de Manko Inka durante su segunda prisión:

Verdaderamente agora digo y me afirmo en ello, que vosotros sois antes hijos de supai, que criados del Viracocha (…) porque si (…) vosotros fuera des, no digo yo hijos verdaderos, sino criados del Viracocha, lo uno me trataredes de la manera que me tratais

Los conquistadores comienzan a ser llamados “hijos de supai”. En este punto es preciso explicar el sentido del “supay” en el mundo andino. Según Gerald Taylor en el mundo andino  “supay” no designa propiamente a un demonio en el sentido cristiano sino más bien a una fuerza que puede causar daños, pero también beneficios. En la Instrucción se observa una superposición de códigos culturales en el uso de “supay”. Por una parte, tiene una connotación moral según los valores cristianos y que, a decir de Rocío Quispe Agnoli, “buscó eliminar cualquier significado de lo sagrado andino”. Por otro lado, indica una perspectiva andina sobre fuerzas malignas que pueden producir caos y destrucción. Lo cierto, eso sí, es que la imagen demoniaca de los españoles es un recurso utilizado por Titu Cusi Yupanqui para explicar la violencia excesiva y monstruosa de los colonizadores.

Finalmente quisiera detenerme un fragmento que aparece en la obra de Cieza de León y que ha llamado profundamente mi atención. Cito el fragmento: 

que fue causa que los indios, por esto y por ver la poca reverencia que tenían a su sol y cómo sin vergüenza ninguna ni temor de Dios inviolaban [violaban] sus mamaconas, que ellos tenían por gran sacrilegio, dijeron luego que la tal gente no eran hijos de Dios sino peores que “sopays” que es nombre de diablo

Como puede colegirse por las líneas finales los españoles no solo son “demonios” (como en la Instrucción) sino que, aún más, son “peores que sopays”. Estamos ante una expresión hiperbólica que configura al conquistador como un ente cruel e irracional. En este punto la violencia colonial es monstruosa porque atenta contra toda norma católica o andina. Pero, lo que determina el carácter sanguinario y salvaje de estos “hijos de supai” es su poder destructivo, su voluntad de matar que hasta la fecha ha construido al Perú como una nación necropolítica en contra los cuerpos indígenas. El último inca de Vilcabamba, Tupac Amaro, fue decapitado como un modo de expresar la superioridad de los supai, tal como muestra Guamán Poma de Ayala en su dibujo 182. Desde entonces, la política del terror ha regido al estado colonial peruano.

Huaman Poma

                                                       Dibujo 182 en Nueva crónica y buen gobierno

Aun ahora las quejas de Manco Inka siguen siendo justificadas. Un ejemplo de lo dicho lo encontramos en la represión que los campesinos de Rancas (Cerro de Pasco) y La Convención (Cusco) sufrieron cuando intentaron reclamar el derecho de sus tierras. Este hecho histórico ocurrido entre 1960 y 1961, motivó que José María Arguedas escribiera un poema titulado “Tupac Amaru Camac Taytanchisman” (“A Nuestro Padre Creador Tupac Amaru”). En carta a John Murra, Arguedas confesará: “El poema a «Tupac Amaru», lo escribí en los tristes días en que se mataba comuneros”. Este texto actualiza la representación de los españoles como “monstruos”. En primer lugar, utiliza la expresión “kita viracocha” o “falso viracocha”, la cual recuerda aquel momento en que Manco Inka comprende que los conquistadores no son emisarios divinos. En segundo lugar, usa la expresión “yawar miquq” (que él entiende como sanguinario, pero que yo prefiero traducir como “comedor de sangre”) para referirse a las matanzas de los conquistadores. El comedor de sangre en el poema de Arguedas evoca además al español que decía “este oro comemos” en el dibujo de Guamán Poma. En ambos casos, la figura monstruosa del colonizador se basa en su voracidad. Alimentarse de sangre y oro quiere decir, en otras palabras, destruir cuerpos indígenas para aumentar las riquezas de los colonizadores, de los supai.

Ellos siguen matando a los hermanos runas, pero, además –a través de una campaña de genocidio transnacional- matan a los hermanos indígenas alrededor de Abya Yala, casi siempre por reclamar soberanías territoriales y respeto por sus pueblos y, siempre, por el solo hecho de ser indígenas, como ha sucedido con el peñi Camilo Catrillanca en el Estado genocida de Chile. Estos versos de Arguedas, donde un runa denuncia la represión militar contra los movimientos campesinos en la década del 60, no solo recuerdan los lamentos de Manco Inka sino, sobre todo, expresan una actualidad genocida ante la cual tenemos que resistir:

Las balas están matando,

Las ametralladoras están reventando las venas,

Los sables de hierro están cortando carne humana;

Los caballos, con sus herrajes, con sus locos y pesados cascos, mi estómago están reventando

Aquí y en todas partes

Esta violencia denunciada por Arguedas en 1962 persiste hasta hoy. La policía nacional del Perú, bajo el servicio de la minera Glencore Antapacay, agredió a tres mujeres que intentaron defender sus territorios en Alto Huarca (Espinar, Cuzco). Rocío Huaquira, María Huaquira y Eufrosina Umasi fueron las víctimas de este ataque registrado en abril del 2018. Ciertamente, la violencia colonial resulta más extrema sobre los cuerpos de las mujeres indígenas. En las imágenes publicadas por Derechosinfrontera.pe las llamadas “fuerzas del orden” –o más bien debiéramos decir, fuerzas del genocidio- imponen su superioridad con sus escudos y armas. En este punto, recordemos que los conquistadores fueron también llamados “yllapas” en referencia a sus arcabuces. Entre uno y otro siglo, entre la colonia y la democracia, “los hijos de supai” continúan imponiendo su poder con armas de fuego, es decir, con la soberanía para matar. Recordemos aquí una parte del poema de Arguedas: “armados con armas que el propio demonio de los demonios no podría inventar y fabricar, nos matan”.

 La condición vulnerable de las mujeres heridas en Alto Huarca, entre lágrimas, sobre el suelo, hace que la violencia adquiera esa dimensión salvaje del supay. En este punto, expresiones como “peores que sopays” y “yawar miquq” son marcas que se inscriben en la carne y legitiman su hegemonía cuando quien defienden sus tierras son reprimidos sin piedad. Los “hijos de supai” organizan un estado necropolitico donde las victimas viven en una constante situación de amenaza de muerte. Y son los supais– tanto a nivel simbólico y físico- quienes velan por los intereses de la riqueza a costa de asesinatos, contaminación y desalojos.

Alto Huarca

                        Fuerzas policiales rodeando a una mujer de la comunidad de Alto Huarca

                                            (Fuente: https://derechosinfronteras.pe/)

 

La violencia de los “hijos de supai” sigue produciendo muertes de los sujetos indígenas, diezmando poblaciones, invadiendo territorios. Conquista y extractivismo son hechos históricos durante los cuales ha persistido la violencia colonial, es decir, la soberanía por matar y colonizar. Ciertamente, entre uno y otro momento se han adquirido derechos indígenas y el multiculturalismo nos ha hecho creer que cada vez avanzamos hacia una sociedad más justa e inclusiva. Pero el dibujo de Guamán Poma se actualiza en la foto de una mujer sobre el suelo y rodeada de policías armados. Las quejas de Manco Inca siguen siendo vigentes y nos revelan la verdadera naturaleza del desarrollo moderno: codicia, crueldad, muerte. Sobre la imagen del viracocha benefactor, la civilización o el desarrollo, en realidad se oculta un monstruo “peor que el supay”.