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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

Los jesuitas en tiempos de violencia

Leí de un tirón Los jesuitas en tiempos de la violencia (1980-1992) [Lima, Compañía de Jesús – Fondo Editorial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, 2018], libro de Emilio Martínez, jesuita español asentado en el Perú desde hace ya buenos años. En esta oportunidad no solo me convocaba mi interés en trabajos de memoria sobre este período de nuestra historia reciente. También animaba mi curiosidad y mi cercanía con la Compañía de Jesús, en cuya espiritualidad me formé en tiempos universitarios, mi conocimiento y admiración personal de varios de los protagonistas mencionados en el libro, y mi amistad con el propio autor, quien como párroco de Cangallo asistió a comunidades afectadas por el conflicto y, entre muchas diversas tareas, apoyó la elaboración del Registro Único de Víctimas.

El libro ofrece un recuento de las presencias y compromisos de los jesuitas en cuatro escenarios del conflicto: Jarpa, en la sierra central, Ayacucho, el distrito limeño de El Agustino, y la diócesis de Chimbote. El autor presenta estas presencias de la Compañía como parte de una apuesta más general de la Iglesia Católica, en particular de aquella fiel a los principios del Concilio Vaticano II. En tal sentido, este relato forma parte de una historia mayor, por ahora solo contada por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), y que incluye a sacerdotes diocesanos, congregaciones religiosas, y numerosos laicos y laicas. Muchos de ellos, incluso en los tiempos más violentos, permanecieron fieles acompañando a las víctimas de la violencia. [Tanto el autor como la CVR reconocen que esta conducta no es reconocible en toda la Iglesia, pues algunos sectores no mostraron el mismo nivel de servicio a quienes más sufrieron].

Algunas de las historias relatadas las conocía por boca de sus propios protagonistas. En todas ellas se puede reconocer una motivación común: la vivencia profunda de una espiritualidad que intenta colocarse siempre del lado del Cristo sufriente cuyo rostro se muestra en seres humanos concretos, en este caso las víctimas de la violencia. Esa experiencia íntima es la que explica opciones personales, de jesuitas concretos, dispuestos a permanecer en zonas de conflicto, pero también institucionales, de la propia congregación que respalda y acompaña esas presencias.

Me tocó presenciar parte de esta historia en los años noventa. En diciembre de 1991, Roberto Burns, jesuita por entonces, nos convocó a Willy López, Miguel Cruzado (hoy jesuita) y a mí para viajar a Huancayo y animar una especie de taller de fin de semana con una comunidad de jóvenes universitarios. Sendero Luminoso había asesinado al líder de este grupo –Coco Cerrón- en pleno campus de la Universidad Nacional del Centro, lo cual había golpeado profundamente a este grupo. Esos días, alojados en la casa de los jesuitas, Roberto Dolan nos explicó la situación de la violencia en la zona. Ese viaje motivó que Encuentros, la pequeña obra fundada por la Compañía para acompañar a jóvenes universitarios se animara a plantear una estrategia de formación más profunda para trabajar en diversos lugares del país, especialmente en zonas de violencia. Como parte de ese grupo, desde el año 1992 conocimos las tareas de acompañamiento de los jesuitas en Ayacucho, especialmente a través de Carlos Flores y el entrañable Juan (Taiti) Alarco. Mucho podría decir también de ese enorme personaje que fue Francisco Chamberlain, o de las apuestas de Paco Muguiro en Piura, por mencionar solo a algunos de los jesuitas que conocí personalmente en esos tiempos y cuyos testimonios están recogidos en el libro.

Una característica que menciona el autor, y que fue resaltada en la presentación del libro, es que los jesuitas son muy parcos o austeros para hablar sobre “los registros más profundos de su experiencia”, lo cual incluye un distanciamiento de “narrativas de carácter heroico o en las que se sobrevalore su participación en los hechos”. Doy fe de ello y también de que no se trata de una actitud impostada. Esta forma de asumir con sencillez el compromiso me recuerda el concepto de “salvadores” que emplea Tzvetan Todorov (Frente al límite. México DF, Siglo XXI editores, 1993).

Pensando en el Holocausto, Todorov entiende como “salvadores” a “los individuos que se dedicaron, durante la segunda guerra mundial, a la salvación de personas amenazadas, sobre todo de judíos”. El cine y la literatura nos muestran muchos ejemplos de este tipo de conductas. La primera característica que los describe es que no se reconocen a sí mismos como héroes:

“De pronto, los salvadores no se ven… como seres excepcionales. No les gusta que se los elogie; han hecho lo que han hecho porque era para ellos la cosa más natural del mundo… Ellos no tienen  la sensación de haber hecho nada excepcional; por lo demás no se trata nunca de un gesto único… sino de una multitud de actos triviales repetidos cotidianamente, a veces durante varios años, y que, de hecho, se prestan mal para el relato” (p. 251).

Actos triviales como la misa dominical o la celebración de los sacramentos, pero que en contextos extremos pueden tener profundas connotaciones para quienes participan en ellos. Se trata de una insistencia terca para no dejarse arrebatar los sentidos mínimos de la dignidad y de la convivencia humana. Todorov la describe así:

“La acción de los salvadores escapa tanto a la resignación como al odio. En efecto, para comprometerse en una actividad de salvación, no era suficiente tener rectitud moral, fidelidad, y no aceptar ensuciarse las manos; si además uno no pensaba que no había por qué cambiar el curso del mundo, entonces uno no se convertía en salvador. La resignación equivale, en fin de cuentas, a la indiferencia sobre la suerte de los demás. El salvador es un intervencionista, un activista, alguien que cree en los efectos de la voluntad. Pero, por otro lado, se niega a llevar ese combate imitando al enemigo en su odio” (pp. 252-253).

Seguramente los jesuitas no se identificarían con el término “salvador”, pero me parece que la descripción que hace este historiador les hace justicia.

Jesuitas

Twitter: @RivasJairo