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Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

A los que mienten hay que llamarlos mentirosos

Foto: Facebook de Juan Carlos Gonzales

Rob Reimen es un filósofo y ensayista muy interesante para estos tiempos de posverdad, tiempos en donde la mentira se ha convertido en un modo de vida para quienes no les interesa ninguna razón plausible que permita encontrarnos como ciudadanos. Solo imponer, para fines particulares, sus “verdades” sin importar que estas sean disparates. O que dañen la dignidad de las personas.

En su libro “Para combatir esta era” señala que «una variante del fenómeno de la negación es la idea de que cambiar las palabras también cambiarán los hechos». Llega a esta conclusión después de mostrar una serie de ejemplos de cómo en estos tiempos se reacciona frente al resurgimiento del fascismo.

Señala que como una forma de negar la posibilidad de que en estos días vuelva esa ideología nefasta que destruyó Europa en la primera mitad del siglo XX es evitando llamarle por su nombre y apelando a otro tipo de denominaciones. Es una palabra tabú en Europa. Afirma que prefieren llamarle «extrema derecha, el conservadurismo radical, el populismo, el populismo de derechas, pero el fascismo… no tenemos eso».

Este recurso de no llamar a ciertas cosas por su nombre puede ser un mecanismo de defensa. Por ejemplo, en el caso europeo aún puede que suponga una vergüenza en los países en donde surgió el fascismo. La moderna Europa, la cuna de la civilización occidental, cuyos valores son de casi aceptación universal parió una ideología que ocasionó millones de muertos y un enorme sufrimiento en aquellas que le sobrevivieron.

Nuestro país está viviendo una situación similar. Como sabemos, por estos días otra vez el enfoque de género en las políticas públicas ha tenido ataques de distinto calibre basados en tesis disparatadas que pretenden tumbarlo o desacreditarlo. Y muchas de ellas promovidas por actores relevantes como son líderes religiosos, de opinión, periodistas y congresistas. Veamos algunas “afirmaciones” basadas en mentiras:

El enfoque de género no se refiere a la igualdad de hombres y mujeres sino se trata de una estrategia para imponer la mal llamada “diversidad sexual” (son preferencias o gustos) de la minoría LGTBIQ+. Género no es igual Mujer!”.

“Contra el adoctrinamiento decimos que denunciamos la total sumisión del Poder Judicial a la agenda de género! Estamos copados de ministros ideologizados que amenazan el futuro del país”.

También se hacen llamados –con falsedades- a las autoridades de la Iglesia a quienes se considera  contaminados: “Cardenal Barreto y Arzobispo Castillo deben pronunciarse sin tibieza y llamar a la prudencia. La comunidad católica exige eliminar la ideología de género. Exigimos coherencia con la Doctrina Social de la Iglesia.”

Como está ocurriendo con alarmante frecuencia, desde el Congreso se usa el debate sobre el enfoque de género como moneda de cambio cuando una congresista decide no dar su “voto de confianza a gabinete ministerial por impulsar ideología de género en las políticas del Estado”. Y otro  defiende su “derecho a opinar” sobre el asunto de género: “Estamos en democracia. No estamos en la sociedad del pensamiento único y “enfoque de género” no es una verdad absoluta. Quienes critican a Maduro pero quieren imponer su pensamiento sobre mayoría de peruanos no tienen coherencia”.

Insistimos, todos tienen derecho a opinar. Pero una cosa es hacerlo para discutir ideas y otra es para promover discursos de odio o anti democráticos que van diseminando mentiras o patrañas en contra de algunas minorías de nuestra sociedad.

Sin embargo, es tan o más peligroso que a sabiendas de la existencia de esas corrientes de falsedades diseminadas con total desparpajo, ya sea por personas que se identifican con ellas y, por congresistas, líderes religiosos u periodistas no se ponga en evidencia sus mentiras o se los trate con una superlativa “cortesía”, confundiendo tolerancia con permisividad. 

Es momento de “marcar la cancha”. O defendemos nuestro sistema democrático y a esos sectores minoritarios de nuestra sociedad de aquellos que tienen poder político y mediático, cuyo afán es imponer peligrosamente su agenda anti-derechos humanos, y comenzamos a llamar a los peligros de nuestra democracia y a sus perpetradores por sus verdaderos nombres. O como lo señala Riemen, «cualquier forma de política que trate de negar un problema o, peor, un peligro, es llamada política del avestruz. Sigue siendo cierto que aquel que no aprende de la historia está condenado a repetirla».

Por lo tanto, si un influyente personaje público disemina falsedades es necesario llamarle por su nombre. Y con esto, comenzar a defender los valores democráticos. Así, quien miente en contra de los derechos de las personas no se le puede decir otra cosa que mentiroso. Se tenía que decir y se dijo…