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Una publicación de la asociación SER

Más de cien palabras...

Durante estos dos últimos meses nuestro país ha enfrentado protestas relevantes. Por ejemplo, la de los agricultores de la papa y las que se oponen al indulto al expresidente Alberto Fujimori. En el primer caso, el gobierno ha anunciado “haber llegado a un acuerdo con los productores”. Con lo cual, el conflicto se habría “resuelto”. Aunque dudo mucho de este optimismo porque la solución es una medida temporal en base a comprar los excedentes de la producción papera. Por ahora, ninguna propuesta en política agraria.

Ambos casos nos han recordado la “normalidad” de nuestros problemas sociales y cómo se han estado atendiendo. Por ejemplo, el conflicto social agrario es la manifestación de una cuenta pendiente que tiene el Estado peruano con este sector. Todavía son incipientes las políticas que generen precios justos y la modernización en el agro. La frase “Perú país agrario” que alguna vez promovió un pasado gobierno se estrella con la realidad de los problemas de ese sector.

Y “normal” también ha sido la reacción del Estado ante este “nuevo” conflicto de larga data. Respuestas tardías, sin una estrategia clara para atender a los demandantes, que no ha comprendido la fragmentación entre los agricultores sin dirigencias consolidadas, lo que genera improvisación en la respuesta estatal y “soluciones” cortoplacistas e insostenibles. Por ejemplo, el Estado pagará 50 millones de soles por la producción excedente de papa. Claro, si se presiona con medidas de fuerza extremas y los resultados son los esperados, pues se va a alentar a que otros sectores deseen las mismas soluciones a problemas similares (o quizás más complejos). Porque, el problema de los paperos es solo uno de entre varios sectores productivos que esperan “compensaciones” o cierta “comprensión” estatal para ayudarlos a ser sostenibles (léase también: “sobrevivir”).

Otra “normalidad” expresada ante las protestas mencionadas es la simpleza de interpretar a la realidad. Por ejemplo, el presidente de la República ha afirmado que en el país existe «un esfuerzo de hacer una revolución de extrema izquierda».  Y esto refrendado por su Premier quien señaló que «algunos grupos de la izquierda...quieren realmente llevar a una situación de caos al país, es realmente lamentable y estamos detectándolos». O sea, el Perú contra los extremistas; los moderados versus los intransigentes. 

Dudo que las conclusiones compartidas por ambas autoridades respondan a un análisis serio de los problemas que tienen ente manos. Más bien ese recurso binario, el de buenos contra malos, para “explicar” esas protestas puede que sea un artificio que responde a una “necesidad”.  Recordemos que el sociólogo Eduard Vinyamata afirma que «la necesidad crea la dualidad, es el yo y su entorno en el que satisfacer las necesidades es lo que fundamenta actitudes dualistas». ¿Cuál es la necesidad, a mi parecer, de este gobierno? Esta la podríamos explicar desde las carencias. Es evidente que esta gestión presidencial carece del arte de hacer la política, ya sea por no contar con operadores capaces, debido a su impericia en el manejo de los asuntos sociales, carencia por comprender tarde y mal los tiempos del Estado con sus límites; pero también sus posibilidades. Pero, a estas alturas, carecer de legitimidad en la población. Entonces, ese dualismo evidencia distintas necesidades no resueltas por quienes dirigen nuestro país, concluyendo que la “extrema izquierda” son quienes se oponen a la “reconciliación” y la “gobernabilidad” del país.

Ahora bien, lo peligroso es la facilidad con que se ha etiquetado a esta enorme oposición a este gobierno. ¿Es necesario decirle “extrema izquierda” al 50% de la población que rechaza las decisiones de este presidente? Como sabemos, existe una suerte de “sentido común” en un sector de la ciudadanía que emparenta injustamente a la izquierda con Sendero Luminoso. Y, además, decirle “extrema” es como afirmar que en ellos hay una actitud radical apegada a la violencia.

Por ello, esa adjetivación es peligrosa porque promueve prejuicios y miedo hacia los que se muestren en desacuerdo con este gobierno a través de los conflictos sociales. Y, de paso, dinamita el discurso presidencial de “reconciliación nacional”. «El miedo se incrementa cuando se incrementa la dualidad y se estimula el ego produciendo una disminución del sentido de la unidad, del valor de lo colectivo de la realidad plural social y de la realidad de la propia naturaleza, del universo» afirmaría Vinyamata.

Si con esas protestas han reaccionado de esa manera, habría que tener en cuenta que la Defensoría del Pueblo ha dado cuenta en su último reporte de 169 conflictos sociales: 119 activos y 50 latentes a nivel nacional. Y la probabilidad es que estas cifras se incrementen. Además, de ellos solo 66 casos tienen procesos de diálogo. Por lo cual, habría que preguntarnos ¿se va a seguir renunciando o posponiendo la tarea de atender y responder con mejores estrategias, responsabilidad y mucho ejercicio político a las causas de los conflictos sociales?