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Una publicación de la asociación SER
Socióloga, analista política y de género.

Mi experiencia sanmarquina

Cuando mi hijo menor ingresó al colegio, decidí que era momento de volver a las aulas. Había recibido los mejores comentarios del doctorado en Ciencias Sociales de San Marcos y, en general, de los post grados de dicha facultad. Por entonces, el rector  era Manuel Burga y Cristóbal Aljovín trabajaba como Jefe de Cooperación. Ambos habían logrado obtener fondos de organismos internacionales para esos post grados. Nuevos docentes, sumados a los de casa, hacían una oferta académica de lo mejor. Así, tuve la suerte de tener como profesores a Carlos Franco, Elizabeth Acha, Nicolás Lynch, los mencionados Manuel Burga y Cristóbal Aljovín, y a Toni Zapata como asesor de tesis. Disfruté mucho de las clases, los debates, así como las lecturas. No me importaba atravesar la ciudad para llegar a las 6 de la tarde, luego de terminar el trabajo, 4 veces a la semana por dos años y medio.

En los otros doctorados y maestrías había también muy buenos docentes. Sin embargo, no todos pudieron quedarse por mucho tiempo. Poco a poco, los logros de esa gestión se fueron desmantelando y varios docentes optaron por irse. Ha habido esfuerzos posteriores por volver a darle ese nivel, de hecho, algunos profesores han vuelto. Sin embargo, es difícil imaginar que el post grado de Ciencias Sociales de San Marcos (y otros programas) vuelva a ese nivel y más aún, siga mejorando, si no se solucionan las condiciones políticas, económicas y su propia estructura burocrática. La reforma universitaria es un instrumento para ese cambio.

Cuando defendí mi tesis, un par de años después, volví a San Marcos para iniciar un trámite que, a pesar de la advertencia de Toni Zapata, nunca imaginé que pudiera ser tan absurdamente largo.  Dos años de demoras burocráticas, por razones tan alucinantes, como que el segundo nombre de mi madre, consignado en un documento de dicho trámite, no figuraba de ese modo en el RENIEC. Claro, una se pregunta: ¿qué tiene que ver el segundo nombre de mi madre? ¿Por qué ello debía detener el trámite de mi título? Y, peor aún, cuando entré a la página web del RENIEC, comprobé que no era cierto: los dos nombres de mi madre estaban correctamente registrados, tal cual lo había colocado en dicho documento. Pero no importaba, alguien había observado los papeles y debía volver a la facultad. Kafka era sanmarquino.

Lo peor, yo no fui una excepción, por el contrario. Tuve que pasar por un largo camino de trabas que parecían hechas para justificar el prescindible trabajo de una trama de empleados mal pagados. Unos pocos intentaban ayudar, pero los más movían mis papeles con displicencia o incluso ejerciendo abusivamente su pequeño poder que significaba colocar un sello.

San Marcos, por supuesto, es también historia. La universidad más antigua de América, asociada a la vida política y cultural del país. Su abandono por décadas se expresó físicamente, en un deterioro de sus edificios y aulas. En la década del 1970, llegaron a presentarse propuestas para demoler su histórica Casona, para dar paso a nuevos edificios. El hecho de “redescubrir” en las décadas de 1990 y 2000, sus imponentes ambientes, a través de su restauración, permitió poner en evidencia, para las generaciones presentes, su especial valor simbólico. La Sala General, donde los Presidentes de la República inauguraban el año académico; o el Salón de Grados, con sus imponente bóveda con pintura decorativa del siglo XVIII, increíblemente cubierta y olvidada por mucho tiempo; o el Patio de Letras, donde tantos personajes iniciaron su aventura intelectual o política, son algunos de esos ambientes, hoy patrimonio cultural. Me quedo con la imagen del velorio a Javier Diez Canseco, y una multitud haciendo cola por más de una hora, para despedirlo en el hermoso Salón de Grados. En efecto, San Marcos es historia.

Y también está asociada a la rebeldía, temida por los gobiernos autoritarios (de ahí el tan defendido principio de autonomía). Desde la Católica, sabíamos que el éxito de las marchas estudiantiles dependía de San Marcos. Y, sin embargo, en esas pocas cuadras de la avenida Universitaria entre uno y otro Campus, había (hay) una larga distancia marcada por prejuicios.

En el presente, a pesar de sufrir los efectos del abandono estatal y un sistema kafkiano que no está diseñado para promover la excelencia, San Marcos se mantiene como una de las universidades peruanas con mayor producción académica.  Y es que no es sólo San Marcos la que está en crisis, sino toda la educación universitaria peruana (pública y privada).

En ese contexto, la reforma universitaria es imprescindible (así como la asignación de más fondos), y en ese cambio la adecuación de San Marcos resulta clave.