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Una publicación de la asociación SER

Montevideo

A Ronald Alarcón Gutiérrez

La enorme reacción de simpatía ante la temprana muerte del narrador deportivo Daniel Peredo, me hizo recordar mi breve visita a la ciudad de Montevideo y cómo el futbol, para alguien que no lo practica y lo ve a la distancia, como yo, sirvió de tema y fraterno puente con el único montevideano con el que entablé una conversación.

Llegamos a Montevideo una mañana cruzando el río de La Plata en un transfer desde Buenos Aires. Bajamos en el muelle, como lo habrían hecho los inmigrantes pobres de Europa, es decir, sin tener un solo conocido, y ni idea de dónde comer o dormir. Éramos turistas de bajo presupuesto que sólo teníamos dos días para visitar la ciudad por nuestra cuenta, sin guía ni paquete. Un poco parecido al turismo que hacen mis amigos de ONG, cuando después de la reunión internacional a la que acuden, disponen del último día para pasear por la ciudad que visitan. A los únicos montevideanos que conocíamos eran a los que describió Mario Benedetti en un libro de cuentos.

Era el 17 de octubre de 1998. Lo recuerdo bien porque un día antes había ocurrido el increíble arresto del poderoso general Pinochet en Londres, a pedido del juez español Baltazar Garzón, y todos los diarios lo anunciaban en sus titulares.

De los dos días tengo vagos recuerdos: las calles limpias, la gente bien vestida, el tránsito ordenado, la carne abundante en las cartas de los restaurantes, las librerías, el mercado, la Plaza Independencia, el mercado de artesanías. Los uruguayos pronuncian “cabasho” por caballo o “gashina” por gallina, pero más suave que los argentinos. Eso sí, cuando en la tele del hotel vimos las noticias, nos enteramos que esa misma tarde habría una concentración en la Plaza Cagancha y decidimos acudir. “Qué reacción tan rápida”, recuerdo que comentamos.

Era un parquecito simpático con altos árboles y jardines bien cuidados. Estaban reunidos doscientos o trescientos, pero todos mayores que nosotros, que resultamos de los pocos cuarentones. Casi ningún joven. Cargaban bolsos, mochilas y los infaltables termos con su mate y su bombilla. Seguramente entre ellos estaban los viejos tupamaros salidos de la clandestinidad a los que admiré en mi edad universitaria. Lo que sí nos llamó la atención era que los discursos eran breves y casi profesorales. Aunque había banderas y pancartas rojas, no hubo arengas ni coros combativos con el puño en alto. No. Todo fue muy contenido y racional. Al asesino le dijeron asesino; a los cómplices, cómplices y a los cobardes, cobardes. Hablaron también del futuro, sin adivinar que siete años después, ganarían las elecciones. Nosotros al fondo, aplaudimos discretamente, sintiendo algunas miradas cargadas de ligera suspicacia. 

Al día siguiente, después de pasear por el centro y almorzar cerca del puerto decidimos tomar el city tour que nos ofrecía el hotel. Llegó un taxi conducido por un hombre entrecano que nos fue mostrando los parques y plazas, los monumentos y edificios públicos. Amablemente nos tomó algunas fotos, hasta que llegamos al estadio Centenario. Entonces  mencionó que la selección peruana había jugado allí en el Campeonato Mundial de 1930 en el que la Celeste le ganó por 1 a 0 y pasó a elogiar a Juan Joya, el peruano campeón intercontinental con Peñarol. Yo le hablé de cómo Roberto Scarone había conducido al equipo de Universitario de Deportes a la primera final de un equipo peruano en la Copa Libertadores de América, teniendo entre sus jugadores a otro uruguayo, Rubén Techera. Y mencioné también a Juan Eduardo Hohbergh, que había entrenado al rival Alianza Lima y lo había sacado bicampeón en el 77 y el 78. Digamos que el taxista no era un fanático o en todo caso no lo pareció, y no me apabulló con sus conocimientos futbolísticos. Le mencioné también el extraño caso del jugador Gradín elevado a las alturas de la poesía por nuestro paisano Parra del Riego que había vivido y, si no recordaba mal, muerto en Montevideo. Pero él no conoció al legendario Gradín, y yo maldije mi mala memoria para no recitarle poema tan musical.[1] El retrucó, resumiendo uno de los cuentos de Benedetti en los que un puntero izquierdo se vende al equipo rival. Le conté que Benedetti era conocido en Lima porque se había exiliado en los años 70 y escribía en los diarios. Y le conté también que en los años 90 el mejor comentarista deportivo del Perú era Emilo Laferranderie, “el Veco”, un hombre culto que había elevado el nivel de la crónica entre nosotros, cosa que no sabía y que le llenó de satisfacción. Quise saber del Maracanazo y me contó la historia del 16 de julio de 1950 cuando el equipo de Brasil era enormemente favorito y jugaba en el estadio mais grande do mundo de local. Supe, por primera vez los apellidos de los dos goleadores: Schiaffino y Ghiggia. En fin, fue una charla de una hora en la que descubrimos cómo el fútbol nos había acercado a dos pueblos que viven distantes por la geografía. Al despedirnos me dijo, como quien saca una moraleja: “Antes de morirme, voy a ir a Perú para conocer Machu Picchu”.

Y, bueno, en estos veinte años desde aquel viaje, es poco lo que ha cambiado mi conocimiento de los uruguayos. Confieso un pecado de lesa cultura uruguaya: no he leído a Onetti. Sorry. Por mi culpa, por mi gran culpa. Pero, vamos, ¿vale por unas indulgencias haber leído a Juana de Ibarbourou, a Benedetti, a Galeano? Por si no valiera, he leído –mejor dicho, me han leído- una novela de Mercedes Rosende, montevideana, para más señas. Cada mañana, durante cuarenta minutos escuché leer a Cledy las incidencias de Mujer Equivocada, mientras zigzagueaba entre los autos del Zanjón, con las sinfonías de Mozart como fondo.

Esta uruguaya, sí que se las trae. Escribe li-te-ra-tu-ra, que no es lo mismo que contar lo mismo. Perdonen la tautología, pero uno al tiro se da cuenta cuándo una novela es buena. Cuando lees literatura las palabras suenan distintas, acarician, marchan, se agitan, tintinean como la lluvia sobre el metal, o repican como los tacos de la vecina del piso de arriba de la protagonista, una gordita con una vida interior con el fasto que no tiene su hermana, la rica, leve, elegante, culta, ecológica y globalizada Luz.

Como Mozart, Rosende lleva su historia con tempos y ritmos distintos. ¿Cómo decir? Para que la muchachada entienda, aunque la comparación sea vulgar, resulta gráfica: es como ver jugar a la selección alemana de fútbol o, vamos, a la uruguaya. Pasas de escuchar las angustias de una gordita que ha descubierto que sigue subiendo de peso porque la ropa no le entra, o los rollos le sobran, a una inesperada situación de voyeur bien contada con la misma gorda erótica y suspirante, a unos recuerdos pocos amables de la tía Irene en sus infinitas ganas de joder a la sobrina con las agujas finas de la ironía que sólo oculta su ruindad. Hay un cadáver, un secuestro, pero sobre todo hay nuestra lengua bien trabajada, troquelada y pulida para cada ocasión.


[1]                      Sin embargo, el aficionado lector no tiene por qué perjudicarse en esta ocasión. Aquí va un fragmento:“La pelota hierve en ruido seco y sordo de metralla / se revuelca una epilepsia de colores / y ya estás frente a la valla / con el pecho, el alma, el pie / y es el tiro que en la tarde azul estalla / como un cálido balazo que se lleva la pelota hasta la red. / ¡Palomares! ¡Palomares! De los cálidos aplausos populares / ¡Gradín, trompo, émbolo, música, bisturí, tirabuzón! / (¡Yo vi tres mujeres de esas con caderas como altares / palpitar estremecidas de emoción!) /¡Gradín! róbale al relámpago de tu cuerpo incandescente / que hoy me ha roto en mil cometas de una loca elevación / otra azul velocidad para mi frente / y otra mecha de colores que me vuele el corazón”.