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Una publicación de la asociación SER

Natalia Iguíñiz

La exposición de una selección de los trabajos de Natalia Iguíñiz Boggio producidos desde 1994, permite apreciar no sólo su talento, patente con su originalidad, su técnica y versatilidad para expresar lo que ve y cómo siente lo que ve; sino también, vislumbrar las miles de horas de trabajo y esfuerzo invertidas en buscar el mejor acabado del producto. Talento y esfuerzo o esfuerzo y talento, que han logrado conquistar el reconocimiento de la crítica y de los espectadores. La exposición revela cómo es que ha combinado su ser artista con su militancia feminista. Es lo que marca su diferencia con la generación anterior de artistas plásticas, su búsqueda para lograr un impacto mayor con sus propuestas, vía el activismo ciudadano. Pero no cualquier activismo social, sino uno disonante con lo establecido, contestatario frente al poder y, a la vez, provocador y subversivo del apoltronamiento al que se ha resignado el común de las gentes.

La indagación sobre su ser mujer empieza por la exploración de su propio cuerpo, en un giro del tradicional uso de modelos que hacían y hacen sus colegas. Una indagación que puede ser chocante para algunas espectadoras, pues no es frecuente ver –más allá de los contenidos autorretratos- al cuerpo del artista como objeto de la mirada ajena. “La reflexión sobre lo que significa ser mujer, en nuestra cultura, la discriminación y las violencias que vivimos, es una preocupación que voy a tener siempre”[1]

Después de ver la exposición es posible que un varón honesto se pregunte por el daño visible o invisible, consciente o inconsciente, accidental o cotidiano que haya causado o provoque a las mujeres que lo rodean. Más aún, si nuestra existencia no habrá sido impuesta a nuestras madres; si nuestra concepción no fue fruto de una exaltación, de una emoción pasajera, de un descuido, de una imposición de nuestros padres o si fuimos no deseados o aceptados con resignación por nuestras madres que tenían otros planes y otros sueños. Y es que los trabajos de Iguíñiz sobre todas las dimensiones de la condición de mujer, sobre la asunción del género femenino, plantean con fuerza una interpelación a nuestra naturaleza de machos y hembras, así como a nuestra cultura patriarcal de varones y mujeres.

A mí me impresionaron (nuevamente) sus exploraciones sobre la anatomía y la fisiología que define al cuerpo femenino, en la instalación “La Espera”[2], una serie de fotografías y testimonios grabados de muchachas y mujeres, sobre el íntimo acto de la menstruación que debiera ser un obligado recorrido de los varones en trance de decidir irse a vivir con su pareja. Los dolores premenstruales y las angustias de la esperada visita del señor Rojas, -como las mujeres de mi generación llamaban a la regla-  que las agobian, plasmadas en esos testimonios, debieran ser conocidos por los adolescentes que van a terminar su educación secundaria. Probablemente menos abortos, menos abandonos, menos divorcios, menos violencia contra la mujer, sería el resultado. Un varón de buena voluntad va a ver destrozado en minutos su secreto sueño de la paradisíaca poligamia que alcanzó Gauguin en las islas Tahití. Y, seguramente, estaría dispuesto a asumir –y construir a tropezones, seamos realistas- su propia paternidad.

Por milenios, los espectadores hemos esperado que los artistas generen en nosotros una emoción estética. Los críticos han tratado de desentrañar qué motivos o qué expectativas tienen los artistas al hacer lo que hacen. Desde hace un siglo, más o menos, dejaron de buscar exclusivamente lo bello y se lanzaron a la aventura de provocar otras emociones, pero también reflexiones en el espectador. Pero este arte cerebral, conceptual, que habla entre líneas y con metáforas, corre el riesgo de no ser entendido. Iguíñiz desde su militancia trata de transmitir esas inquietudes suyas y arriesga tratando de provocar otras. Lo suyo es el arte como creación original de su visión/acción/emoción del mundo, pero es también su feminismo que la hace incursionar en nuevas rutas para una eficaz comunicación con el entorno. De ahí, su incursión en la fotografía, el diseño, la publicidad, la intervención social y quién sabe si pronto, en el cine.

Allí está su ya famoso afiche de la silueta de la perra sentada, en negro y amarillo, en el que exhibió tres crudas frases machistas sobre el comportamiento femenino. Muchas feministas opinaron que era facilitar armas al enemigo para que se solace en sus agresiones. Efectivamente, los machistas que respondieron a la invitación de escribir al colectivo La Perrera, se sintieron legitimados, lo que, a su vez, provocó airadas reacciones y hasta una investigación de la fiscalía. Pero toda esa controversia ayudó a cuestionarnos como sociedad si el avance en el reconocimiento de los derechos de la mujer, aprobado en la época del fujimorismo, era sólo una espuma frágil y volandera o había algo más firme que la sustentaba.

Uno de sus últimos trabajos es la serie de fotografías “La Otra” que retrata a mujeres de la clase media limeña que posan de pie junto con las nanas de sus hijos. Una especie de espejo social, se diría, para que los espectadores saquen sus propias conclusiones de la indumentaria, las posturas y los gestos de las retratadas. Al lado de ellas, llama la atención un óleo de gran formato en donde está retratada la señora Aybar, quien le ayudó a cuidar y criar a sus hijos, mientras Natalia debía ausentarse por causa del trabajo. Está sentada, rodeada de los diez niños a los que ha criado, de madres ajenas y de los suyos. Detenerse ante él unos minutos permite captar la intención de la artista: es un polícromo canto ceremonial de reconocimiento que ensalza el trabajo de las empleadas domésticas - las otras - que muchas veces sacrifican el cuidado de sus propios hijos, por la necesidad de trabajar y de alcanzar el sustento. Un retrato digno de exhibirse en el Ludwig Museum de la ciudad de Colonia, en Alemania, al lado de los originales de la novela del premio Nóbel, Heinrich Böll, “Retrato de grupo con señora”.

Y si de emoción estética se trata, nada como el díptico de fotografías dedicadas a Isabel Flores de Oliva, el nombre civil y terrenal, de santa Rosa de Lima. Allí en tamaño natural a la izquierda se muestra el bajo vientre femenino cubierto de un hábito albo, que denota la pureza de la santa y al lado derecho está el mismo encuadre que muestra al cuerpo descubierto, desnudo. Bello y sin mácula. Una pregunta inquietante une a las dos imágenes: “¿es posible una religiosidad reconciliada con el cuerpo?” (¿Será posible ver el placer sexual ya no como pecado sino como la prolongación del acto creador divino, y al éxtasis, como una primicia de la gracia o del nirvana?) Probablemente preguntas demasiado tempranas pero legítimas y necesarias a una fe que, como la cristiana, se presenta como amorosa en esencia.

La revisión de su trayectoria deja constancia que estamos frente a la agente de una nueva cultura, cuyos perfiles no conocemos aún, porque sus esfuerzos son todavía los de la hormiga, los de la bacteria diminuta (perdóneseme el símil) que trabaja silenciosamente en las entrañas de esta civilización que sólo genera infelicidad y muerte para las mayorías, particularmente las mujeres y los niños. Una nueva cultura que cree deba construirse dando mandobles como los que daba Juana de Arco en su día y María Elena Moyano en nuestro presente contra el patriarcalismo. Tal vez, haya llegado el tiempo en que haga un alto en el camino para escuchar a Carmen Pérez decir: “Soy bruja no guerrera…/ Con constancia me instruyo /en la palabra arcaica, subversiva /que puede trastocar la sólida estructura /del mundo de los hombres…/ Apenas sobrevivo para ser derrotada en el presente / y seguir anunciando / los siglos venideros./ Bruja soy, definitivamente, no guerrera.”Porque, a lo mejor, la crítica social reforzada por la emoción estética, produzca una acción más duradera y eficaz.

 

 

La muestra “Energías sociales / Fuerzas vitales” se presenta hasta el 8 de abril en la galería Germán Krüger Espantoso (ICPNA Miraflores) en Av. Angamos Oeste 120.


[1] Cosas, entrevista por Daniela Motti Poggi, abril 29, 2016

[2] “El primer trabajo que hice fuera de la Católica se llamó La espera de la regla y empezó con una serie de entrevistas a chicas que no sabían si estaban embarazadas o no. Cada una de ellas me contaba cómo vivía esa ansiedad, si pensaba contarle al chico o no, si se le había pasado por la mente abortar, o simplemente, sin ir tan lejos, qué haría con un hijo a los 19, 20 años. Lo que hice en base a eso fue colocar unos audífonos en un cuarto rojo con los que se podía escuchar estas entrevistas y acompañé los audios con fotos mías en distintos baños – en un bar, en mi casa, en la casa de mi primo, en la universidad, donde sea – con mi calzón blanco sin la mancha tan ansiada por el temor del embarazo. (El arte de repensar lo femenino. La Mula 14/06/2014)