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Una publicación de la asociación SER

Necesitamos (mejores) políticos

Como lo hemos dicho varias veces, la política peruana está pasando por una crisis que es producto de años de malas decisiones originadas por la clase política y por sus propios ciudadanos que espantados por las malas prácticas de sus malos políticos, han preferido ignorar las responsabilidades que demanda vivir en sociedad, en la ciudad, en la polis.

Se atribuye a Aristóteles (y a otros filósofos) la expresión «la política es el arte de lo posible». Obviamente, de la posibilidad de las cosas beneficiosas para todos y todas. Pero para que esto ocurra es indispensable que quienes profesen la política sean las mejores personas o como las denominaban los griegos, las más virtuosas.

Lo visto el jueves pasado me confirma que la política peruana está siendo conducida por los menos indicados para ejercer como profesionales de la política. Y esto se ha expresado en cómo han convergido en sus intereses particulares, tanto quienes forman parte del Poder Legislativo y así como del Ejecutivo coincidiendo en el desprecio de los intereses ciudadanos.

El filósofo Daniel Innerarity dice que «buena parte del malestar que genera la política se debe precisamente a la impresión que ofrece de ser una actividad poco inteligente, de corto alcance, mera táctica oportunista, repetitiva hasta el aburrimiento, rígida en sus esquemas convencionales y que sólo se corrige por cálculo conveniencia». Cada uno de estos aspectos lamentablemente es perfectamente aplicable a la política peruana contemporánea.

Siempre he creído que la política puede ser una buena oportunidad para hacer el bien a miles de personas. Y no me refiero solo a crear leyes o aplicarlas. Desde el quehacer político también puede ser una práctica pedagógica para la ciudadanía. Entusiasmar y convencer sobre la necesidad del respeto, la solidaridad, la honestidad, la transparencia, la lealtad, el respeto a las leyes, entre otros, como valores necesarios para lograr una buena convivencia social.

Sin embargo, el indulto otorgado en vísperas de Navidad ha sido, en buena cuenta, la consecuencia y coherencia de decisiones muy propias de malos políticos. Achacarle toda la responsabilidad al presidente de la república de lo que significa este indulto para la sociedad peruana es quedarse con la hoja y no tener en cuenta a todo el árbol. 

Afirmo lo anterior porque la clase política peruana, como lo dije en otro artículo, tiene en común el responder a caudillos o personajes que no han trazado propuestas o idearios que busquen resolver a los cada vez más complejos problemas de nuestro país. Es notoria la ausencia del convencimiento, por ejemplo, de la prédica de valores que nos permitan construir y mantener un mejor país.

Por ejemplo, se invoca la idea del Bicentenario de la Independencia del Perú, pero aún no hemos resuelto con firmeza más de cien años de exclusión e injusticia social. Todavía se duda de que todos los peruanos somos iguales ante la ley, cuando debería ser una certeza ciudadana. Un buen político con ideas sólidas y valores sólidos debería despejar esta incertidumbre.

Contrariamente a lo que se espera de un buen político, el indulto ha dado un mensaje muy potente: no importa si delinques, si tu actitud ha sido de desprecio a las leyes y a la sociedad que prometiste cuidar y defender. No importa. Lo que interesa es cómo se puede obtener un beneficio particular y egoísta disfrazado en nombre de una supuesta gobernabilidad. Como si esta no tuviese nada que ver con la ética o moral de los políticos y sus ciudadanos.

Además, de lo anterior, podemos deducir que el indulto es un indicador del desprecio que existe por parte de algunos políticos y muchos ciudadanos por los valores que posibilitan la democracia. “Si venció al terrorismo a costa de las vidas inocentes, no importa. Es el precio que algunas veces se debe pagar”. O “robó, pero hizo obra” son las justificaciones frecuentes convertidas en sentido común y que no aceptan ninguna crítica o cuestionamiento. 

Y justamente por ello, se hace indispensable explicar a la ciudadanía que la gracia excepcional del indulto por razones humanitarias, no debe ser una torcida regla general, basada en justificaciones espurias que permitan la impunidad a políticos corruptos o militares acusados de graves violaciones a los Derechos Humanos.

Por estos días estamos echando de menos a un mayor número de políticos convencidos de las buenas posibilidades que permite hacer política basada en principios sólidos que no transen con los intereses inmorales, ilegales y particulares. Encontrarlos se convierte en un reto colectivo. Aunque también es cierto que mientras no se pierda la capacidad de indignación colectiva puede que demandemos mejores políticos y no toleremos a cualquier iluminado, por lo que tendremos que esperar un poquito más.