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Una publicación de la asociación SER
sociólogo, maestro en ciencias sociales por FLACSO-México y doctor en sociología por la UNSAM-Argentina. Profesor de la UNMSM

Notas sobre un partido que alguna vez fue plebeyo

Permítanme iniciar esta columna con unas breves líneas teóricas en torno a las identidades políticas y su historicidad. Desde mi punto de vista, toda identidad política es diacrónica en -al menos- dos sentidos. En el primero, en tanto los agentes políticos interpretan la historia con la intención de legitimar sus posiciones políticas en el presente. En el segundo, en tanto estas interpretaciones hacen uso de gramáticas que responden a tradiciones de las cuales los agentes políticos se sienten parte (socialista, liberal, republicana, nacional-popular, entre otras).[1]

Dicho lo anterior, recordemos la hipótesis que he planteado en mis anteriores columnas. He sostenido que la actual deriva del aprismo está relacionada -entre otros factores- con la crisis de su identidad política, en tanto se ha distanciado de uno de sus elementos constitutivos: la tradición nacional-popular. En respuesta a mis columnas, Enrique Valderrama ha escrito ¿La deriva del Partido del Pueblo? (I): respuesta a Jorge Duárez (13 de abril del 2019) y El Partido del Pueblo para el siglo XXI (4 de mayo del 2019).[2] Valoro de forma positiva este intercambio de ideas. A estas alturas podemos decir que hemos llegado a dos coincidencias: 1) que el análisis de las identidades políticas debe tomar en cuenta aquellos procesos históricos que influyen en su devenir; y 2) que en la actualidad el APRA tiene el gran desafío de recrear su tradición nacional-popular. Más las discrepancias que Valderrama señala tener con mi análisis del segundo gobierno aprista revelan una contradicción en su reflexión. Veamos. 

Valderrama sostiene que las profundas transformaciones que ha experimentado el Perú en las últimas décadas, influidas por la caída del muro de Berlín y signadas principalmente por el proceso de migración del campo a la ciudad y el ingreso del país a la economía de mercado real a inicios de los noventa, hace inviable seguir pensando la tradición nacional-popular como lo hacía el aprismo auroral de los años 30.[3] Estoy de acuerdo, más considero que esta afirmación contiene una imprecisión. Desde mi punto de vista, la forma que adquirió lo nacional-popular en el aprismo auroral se extiende solo hasta mediados de la década del cincuenta y no hasta inicios de los noventa del siglo XX. “Treinta años de aprismo”, escrito por Haya de la Torre y publicado en 1956, supone ya una actualización de lo nacional-popular, mas no un abandono. Es decir, el aprismo ya antes ha intentado actualizar su tradición nacional-popular. El problema es que el APRA de hoy no ha asumido este desafío, sino más bien ha abandonado su tradición. No ha asumido el enorme reto de actualizar lo nacional-popular proponiendo una interpretación de la realidad del país alternativa a la que el neoliberalismo propone, optando más bien por distanciarse de su tradición, desdibujando así su identidad política.

Valderrama reconoce la relevancia que en la hora actual tiene para el APRA recrear su tradición nacional-popular, pero no plantea ningún análisis crítico de la performance del segundo gobierno aprista, período en que se evidencia el abandono de dicha tradición. Sostiene que en dicho gobierno no existió ninguna “subordinación” a la hegemonía neoliberal, sino que más bien se inició la revisión de conceptos tales como “desarrollo económico”, “emprendedor”, entre otros. Y que la apelación al “antisistema” (el Perro del Hortelano) fue algo cuasi anecdótico. Es decir, por un lado, afirma que se debe recrear lo nacional-popular, pero por otro lado justifica su abandono.    

Aceptar acríticamente la interpretación que los neoliberales criollos hacen de la historia reciente peruana ha tenido efectos en la representación política del APRA. En los últimos años el APRA ha practicado una suerte de representación “de espejo”, es decir, un actuar político reactivo frente a una realidad que se asume como dada. Con este proceder el aprismo cae en la trampa ideológica de la hegemonía neoliberal. Por supuesto que la realidad socio-económica pone límites a la verosimilitud de las interpretaciones, más esta no clausura la capacidad de lo político para generar nuevos sentidos para la acción colectiva. El APRA al caer en la trampa ideológica del neoliberalismo se ha vuelto defensor del estatus quo, ha devenido en un partido conservador. En otras palabras, el APRA hace mucho ha dejado de ser un movimiento contra-hegemónico.[4]

Apelar al “Espacio-tiempo-histórico” para justificar la performance del segundo gobierno aprista me parece un error. Recordemos que el Espacio-tiempo-histórico en el pensamiento de Haya de la Torre supone una interpretación subjetiva de la historia (podríamos ahora decir inter-subjetiva), una consciencia histórica. La apelación al Espacio-tiempo-histórico sin hacerse cargo de la identidad política y de la tradición de la que se forma parte, queda reducida a un pragmatismo rústico, hace de la identidad una veleta.[5]

Repensar lo nacional-popular exige hacer frente sin duda a un país que ha cambiado profundamente en las últimas tres décadas. Una sociedad mucho más individualista, informal pero también con mayores sentidos de ciudadanía, exigen nuevas gramáticas políticas.[6] Pero esto no significa abandonar nuestras tradiciones políticas, sino más bien enriquecerlas, dotándolas nuevamente de capacidad movilizadora.

 

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[1]                    La manera en que entiendo la relación entre identidad política e historia se inspira en el trabajo de Aboy Carlés (2001) titulado “Las dos fronteras de la democracia argentina: la reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem”.

[2]                    En la segunda columna, Valderrama reivindica la figura y el legado de Alan García Pérez a propósito de su suicidio. No voy a profundizar en este tema porque ya varios analistas lo ha hecho de forma muy aguda, pero cabe decir que discrepo totalmente con Valderrama. Cito acá una línea escrita por Alberto Vergara, publicada en “El Comercio” y que suscribo: “No creo que exista otro episodio en que la distancia entre el gesto político y la realidad política sea más abismal”. 

[3]                    Resulta curioso el uso del término “real” que Valderrama utiliza al referirse a la economía de mercado. De su planteamiento se deduce que existiría también una economía de mercado irreal. En todo caso, ¿qué hace que ésta sea real o irreal? La economía de mercado “a la peruana”, con el club de la construcción de por medio, ¿es una economía de mercado real?  

[4]                    En un excelente trabajo de Marcelo Gullo (2013) titulado “Haya de la Torre: la lucha por la Patria Grande”, el autor señala que el APRA fue el primer partido de masas contra-hegemónico de América Latina.

[5]                    El trabajo de Augusto Castro (2006:36-48) “Filosofía y política en el Perú. Estudio del pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Víctor Andrés Belaunde”, publicado por la PUCP, ayuda a entender la tesis filosófica de Haya de la Torre sobre el espacio-tiempo-histórico.  

[6]                    El trabajo de Martuccelli (2015) “Lima y sus arenas. Poderes sociales y jerarquías culturales” es muy sugerente al respecto.