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Una publicación de la asociación SER

"Nuestros colaboradores"

Foto: Ministerio de Trabajo

Jorge Frisancho

 

Lo ocurrido esta semana en un restaurante de la cadena de comida chatarra McDonald’s, donde dos jóvenes trabajadores (Gabriel Campos Zapata, 19 y Alejandra Porras Inga, 18) murieron electrocutados debido a las malas condiciones en las que operaba el local y a la escasa protección con la que contaban para realizar sus tareas, ha puesto una vez más en las primera planas el tema de la explotación laboral, la precarización del empleo y la desidia con la que muchas empresas tratan a sus empleados. Y ha arrojado luz, aunque solo sea momentáneamente, sobre la manera en que esas mismas empresas utilizan el lenguaje para sustraer de nuestra mirada la verdadera naturaleza de sus operaciones, buscando imponer —lamentablemente, con bastante éxito—un vocabulario que tergiversa, disfraza y oculta la realidad en beneficio exclusivo de sus intereses.

“Expresamos con profundo dolor la lamentable pérdida de nuestros colaboradores”, dijo Arcos Dorados —la concesionaria local de McDonald’s— en su comunicado sobre la tragedia. “Asímismo, nos estamos comunicando con todos nuestros colaboradores del restaurante para darles contención en este momento”.

Nuestros colaboradores. La designación no podría ser más benévola. Las relaciones de colaboración son morales y éticas, no económicas. Son asunto de virtud, no de necesidad. Nuestros colaboradores nos prestan su ayuda voluntariamente, generosamente, sin esperar recompensa; si esta ha de darse, será a nuestra discreción, no en cumplimiento de una ley o en virtud de un contrato. A nuestros colaboradores les debemos gratitud, por supuesto, y tal vez “contención” ante una tragedia, no seguridad o prestaciones. Nuestros colaboradores están aquí porque quieren, han venido a poner el hombro, y en esa medida, las responsabilidades son suyas. Nuestros colaboradores no tienen con nosotros ningún conflicto ni entuerto alguno, ni nosotros con ellos. Por sobre todas las cosas, colaborar no es nunca trabajar a cambio de un salario, de modo que nuestros colaboradores no son jamás nuestros trabajadores.

Gabriel Campos Zapata y Alejandra Porras Inga no eran colaboradores. Trabajaban para una empresa, y esa empresa tenía hacia ellos obligaciones concretas, entre las cuales estaba la de garantizar su seguridad. No lo hizo, y ahora están muertos. Los hechos son indignantes, y lo son por partida doble cuando se les intenta arropar en esa mentirosa jerga, destinada hacer invisible el trabajo que les costó la vida.

Nuestros colaboradores. Es así, cambiándonos las palabras para desviarnos la mirada, que las clases dominantes establecen su hegemonía. Así convierten en sentido común un orden de cosas donde tantos Gabrieles y Alejandras deben jugarse la piel a diario para llenarles las arcas.

No se los permitamos más. Llamemos a las cosas por su nombre. En eso, al menos, rehusémonos a colaborar.