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Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

Nuestros racismos

 

Foto: Exitosa Noticias

“¿Quién eres tú, chola de mierda? No sabes con quién te has mentido. Salvaje de mierda, ¿crees que te puedes meter conmigo? Tú por parir tres porquerías, ¿te crees alguien?” fueron una de las tantas espantosas frases que vociferó en Arequipa hace unos días una insolente mujer en contra de una vigía de carreteras. Pero si vemos el video que las registró puede resultar chocante la actitud con que se las mencionan. Los énfasis y ademanes ilustran, sin dudas, un comportamiento de desprecio hacia la víctima que las padeció.

Pero estos hechos de racismo también pueden usar otras vías para manifestarse no solo en personas comunes o anónimas. También aquellas que destacan o adquieren notoriedad y que, curiosamente, en vez de enorgullecer a sus conciudadanos, despiertan rechazo y “vergüenza”.

Por ejemplo, lo ocurrido con la actriz mexicana Yalitza Aparicio. Al ser nominada al premio Oscar como mejor actriz por su rol en la película “Roma” ha suscitado opiniones abiertamente racistas. «Que metan a nominar a una pinche india que dice: “Sí, Señora. No, señora, que la metan a una terna de mejor actriz, no» espetaba un colega suyo. Es verdad que en dicha profesión existe mucha competencia de egos. Y que, probablemente, esto haya sido un disparador para esos comentarios. No obstante, no deja de ser significativo que se usen expresiones racistas para desacreditar la labor de una profesional.

Pero no solo llama la atención la aprobación con que se reciben los comentarios racistas por parte de muchas personas. Expresadas anónimamente en “las redes sociales”, de forma abierta o en voz baja se da la razón a dichos comentarios arguyendo criterios estéticos y de “prestigio nacional”. “Van a pensar que en nuestro país todos somos así” se leí alguna vez como justificación a una opinión racista sobre la actriz Magaly Solier.

Y no solo estas actitudes o insultos lo vemos en nuestras tierras. Hace unas semanas en Francia durante las movilizaciones de los “chalecos amarillos” uno de sus participantes agredió a un intelectual francés de origen judío, Alain Finkielkraut. Y lo hizo con frases como “gran mierda sionista”, “sucio hebreo”, “racista” y “fascista”. Dicho sea de paso, estas bien podrían leerse o aplicarse en el contexto el de la Segunda Guerra Mundial.

¿Por qué en el siglo XXI seguimos oyendo estos discursos si se pensaba que habían sido superados? Y no es que dichos insultos racistas hayan sido pronunciados por líderes políticos o algún notable. Son actitudes y frases usadas en la cotidianeidad.

El racismo es una enfermedad difícil de erradicar. Es el síntoma de fuertes taras sociales que considera la existencia de grupos determinados de personas sin derechos o incapacitados de ser percibidos con horizontalidad o dignidad. Es una forma de intento de ejercer el poder subordinando a las víctimas del racismo para degradarlos y someterlos a una supuesta superioridad racial. Superioridad que no tiene que ver con la fuerza física, sino con distintos aspectos de la vida humana. Por ejemplo, lo estético es una muestra de ello. Hay muchísimas personas que piensan que existen “razas” que afean a los colectivos humanos que comparten. Y esa fealdad probablemente se asiente en el imaginario que los cánones europeos, concretamente los nórdicos, sean los aceptables.

Siempre me pregunto por qué sí nos sentimos orgullosos del legado de las culturas precolombinas y la incaica; y procuramos contarle al mundo de sus textiles, de su medicina, de cómo sometieron a la naturaleza con obras de ingeniería y arquitectura que aún existen entre nosotros, pareciera que nos avergonzáramos de sus descendientes. A estos a quienes muchos procuran invisibilizar tratándolos con desprecio y de manera indigna. Ni qué decir de los pueblos de la Amazonía.

Viene siendo hora de preguntarnos si de verdad como sociedad hacemos los esfuerzos suficientes para erradicar las prácticas racistas. O es un mal social con el cual debemos aprender a convivir y por ello debemos replantearnos cómo afrontarlo.

Hay hermanos, mucho por hacer…