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Una publicación de la asociación SER

Organizando la rabia

Millones de mujeres nos movilizamos en muchos países el 8 de marzo para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, fecha que recuerda la lucha de miles de mujeres que nos precedieron, gracias a las cuales tenemos los derechos de los que ahora gozamos y que tenemos que defender cotidianamente. Miles nos movilizamos para recordarle al mundo que aún queda mucho por hacer para que las mujeres gocemos de todos nuestros derechos. Diversos colectivos que enarbolan un sinfín de reivindicaciones desfilaron llenando kilómetros de calles, desafiando climas, oposiciones de políticos y fundamentalismos de los que quieren que las mujeres no rompamos el silencio impuesto por siglos y que perpetúan las violencias.

En Lima, convocadas por el  colectivo Canto a la Vida, miles de mujeres salimos a las calles, mujeres indígenas, campesinas,  académicas, trabajadoras organizadas, integrantes de colectivos barriales, mujeres afro, militantes de partidos, defensoras de derechos humanos, feministas, todas juntas uniendo nuestras voces para exigir justicia para todas y gritarle a la gente que “no sea indiferente, que se mata a las mujeres, en la cara de la gente”, para decirle a todo el mundo que también las mujeres afroperuanas se levantan contra un sistema misógino y racista que las discrimina, como lo manifestaban en su consigna: “las negras contrael machismo,  las negras contra el capital, las negras contra el racismo, contra el terrorismo neoliberal”.

Mujeres que, cruzando los cincuenta, gritaban que “aquí están, éstas son las abuelas del Perú” y que las mujeres queremos justicia para todas. Mujeres jóvenes que con frescura mostraban el pecho para exigir aborto legal libre, porque las mujeres siguen abortando y muriendo por abortos clandestinos, o mostraban sus piernas donde habían escrito con plumón “ni puta, ni tuya” para dejar en claro que las mujeres no somos de nadie, mientras otras con sus pancartas nos decían que el hecho de ser mujer no debería ser un riesgo, ni una razón para tener menos oportunidades. No faltó la pancarta que con insolencia le espetaba a todos esos machos que creen que las mujeres les adeudamos algo: “no te debo nada más que la cerveza que pagaste huevón”.

Mujeres mayores, con rostros curtidos y con desafiante firmeza pese a los dolores que siguen tan vivos, desfilaron exigiendo saber dónde están sus hijas, sus hijos desaparecidos, algunos por obra del Estado, otras por el machismo y la misoginia que forma parte del sistema patriarcal y que se engarza con la desidia de las instituciones estatales. “Solsiret te seguimos buscando”, decían las pancartas que levantaban algunas jóvenes con el rostro de esta militante de “Ni una menos” desaparecida en agosto del 2016, dejando desde entonces un vacío, su silencio, como si se la hubiera tragado la tierra. La valiente Raida Condor portando como tantas otras veces la foto de su hijo, Armando Amaro Cóndor, estudiante de la Cantuta desaparecido durante el gobierno de Alberto Fujimori, también marchaba exigiendo saber dónde está su hijo, exigiendo justicia para todas. Quién sabe cuántas veces ha marchado la señora con esta exigencia y con su dolor a cuestas, pero ahí estaba por ella y por nosotras, por todas las madres del mundo, para que ninguna tenga nunca que sufrir la desaparición, la muerte de un hijo o de una hija.

Ahí estábamos el 8 de marzo cientos de mujeres organizando la rabia, llenas de bronca por todas las violencias e inequidades que seguimos viviendo, porque “en la calle quiero sentirme libre”, porque no se puede permitir que sigan violando niñas y adolescentes dentro de las paredes de la casa donde deberían sentirse seguras, porque “las niñas, no se tocan, no se violan, no se matan, no se queman”, como se podía leer en una pancarta en la espalda de una de las mujeres que marchaban. No pudimos dejar de recordar y gritar también por Jimena, violada, asesinada y quemada por el odio feminicida e infanticida de un hombre hace unos pocos meses en Lima, por todas las niñas que viven violencia diariamente y por las niñas de Guatemala que un 8 de marzo, hace un año murieron calcinadas en un lugar en el que debían ser protegidas.

No fuimos millones como en España, pero fueron millones nuestros gritos y es enorme la convicción de seguir luchando por nuestros derechos, por una vida libre de violencia, por una justicia para todas. Marchamos también por las desaparecidas, por las asesinadas, por las que aún no pueden marchar con nosotras y no pueden romper su silencio. Por aquellas mujeres, niñas y adolescentes arrastradas a los prostíbulos en tantos lugares alejados del país, por aquellas que luchan por sus tierras, por sus territorios frente a la voracidad de los grandes capitales siempre favorecidos por los gobiernos de turno, por aquellas explotadas en las fábricas y en los campos, por las que se enfrentan a techos de cristales porque, pese a su capacidad, no van a tener cargos más altos o van a ganar menos por ser mujeres, por las obligadas a parir hijos que no quieren, por las que, queriendo darles el mundo a sus hijos, son discriminadas, excluidas, empobrecidas, por los cientos de mujeres esterilizadas que aún no encuentran justicia ni reparación, por las que, por su color de piel, por su origen étnico, tienen que vivir la discriminación y el racismo todos los días.

Y mientras los diversos colectivos de mujeres se preparaban en Lima para la marcha, la cual cada año se realiza con mucho esfuerzo, no faltaron las voces que respondiendo al llamado internacional a la huelga, a parar el 8 de marzo, a movilizarse por todo lo que ya hemos mencionado, se manifestaron por las redes en contra de ese llamado, reivindicando los roles tradicionales de género, su derecho a servir a sus maridos, a tener todos los hijos que les vengan al mundo, a limpiar la casa, cocinar, cuidar y cumplir con los mandatos masculinos en todo lo que a bien quisieran solicitar, expresando lo que los movimientos más conservadores en el país y en el mundo defienden e imponen en una batalla que parecen estar ganando, mientras retrocedemos en los derechos. Aunque el hecho de que sean mujeres las que manifiesten esta firme alianza con el patriarcado nos moleste y nos llene de cuestionamientos y del convencimiento de que el camino aún es largo y pedregoso, cabe también mencionar que estas mujeres pueden ahora decidir sobre sus vidas precisamente gracias al camino abierto por el feminismo. Pueden expresarse en redes, usando una tecnología que aun sigue siendo un privilegio de pocas, pueden leer y escribir, en un mundo en el que muchas mujeres aún no tienen acceso a escolaridad, menos aún a decidir los hijos e hijas que desean tener, que siguen muriendo por falta de atención medica en sus comunidades o por abortos clandestinos. Seguramente han ido hasta la universidad, no tienen problemas económicos y tienen personas que las ayudan en la casa. Si pues, las luchas de los feminismos han alcanzado también a estas mujeres que ahora los combaten, queriéndonos llevar de vuelta, parece, a aquellos tiempos en los que las mujeres eran vistas como objetos decorativos, consideradas menores de edad siempre, necesitadas de tutela.

Alegran las voces y la frescura de las jóvenes que se manifiestan en las marchas ahora sin miedo, con energía, con insolencia, frontales, poniendo el cuerpo y resistiendo incluso a la violencia policial. Así sucedió con un grupo de chicas que fueron desalojadas brutalmente por la policía en la Plaza San Martin mientras portaban una pancarta denunciando al capitalismo y al patriarcado en el monumento, como para que no olvidemos que la lucha contra el patriarcado y su violencia es continua y que se necesita mucha fuerza, solidaridad y sororidad para combatirla, lo que implica “organizar la rabia”, como lo llevaban escrito en sus espaldas un grupo de chicas. Organizar la rabia juntas, hermanadas en un objetivo común, jóvenes, viejas, niñas, adolescentes, indígenas, afros, campesinas, obreras, intelectuales y todas, todas para que un día nuestras nietas no tengan que marchar exigiendo sus derechos.