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Una publicación de la asociación SER

Otras memorias de Conga

La mirada de Nélida se concentra en el paisaje, delata un afecto de impotencia entre la contemplación de la tierra, mientras observa esa presencia minera que con sus transportes anda cercando el lugar de las lagunas, oprimiendo como un fantasma muy real. En medio de la memoria de lo que fue el movimiento social contra el proyecto  minero Conga, el documental La hija de la laguna se plantea como una acción, no solo como un recuerdo de aquella marcha o, mejor dicho, su toma de posición es la defensa del lugar, de un sistema político andino.

Luego de ver este documental, producido por la asociación “Guarango, entre las varias preguntas una se destaca, ¿puede una laguna (Mama Yaku en quechua) ser considerada un agente o un sujeto político? A través de la lucha de Nélida Ayay y Máxima Acuña se resalta que la laguna no solo es un territorio o un ecosistema sino también un sistema político y un ser viviente. De esto se concluye que la tierra es un espacio habitado por actantes no humanos que tienen una función social.

La hija de la laguna, escrito y dirigido por Ernesto Cabellos Damián, nos presenta tres historias según las geografías: el caso de Cajamarca durante la protesta contra el proyecto Conga, el caso del Totoral y Oruro en Bolivia, y el caso de Bibi Van Der Velden en Holanda. El primer escenario hace un recuento de lo que ha sido la lucha de Máxima Acuña contra la empresa minera Yanacocha, y asimismo registra la represión del gobierno de Ollanta Humala que declaro en estado de emergencia a Cajamarca el año 2012.

Un ejemplo de lo que significó esa represión se evidencia cuando, durante el uso de la fuerza policial, una mujer pregunta a una policía “por qué nos tratan así” y este responde: “por qué son perros”.  Lo que resalta de la fuerza de estas escenas es cómo las mineras representan un caso álgido de colonialidad de poder anclado en el Estado y en las economías liberales. Al respecto, hay que mencionar la recurrencia del control policial sobre la tierra, como si se tratara de un cerco que vigila y frente al cual poco pudiera hacerse.

Otra es la visión sobre la minería desde Bolivia. Se muestran dos experiencias paralelas en este país. Por un lado, en el Totoral tenemos las consecuencias más destructivas de la minería: se ha dejado el territorio infecundo y a la población en condiciones de miseria. Por otro lado, tenemos el caso de las trabajadoras mineras en Oruro, quienes dentro de la mina realizan un culto al tío o ente no humano, para que les cuide y les permita extraer minerales. En este sentido se contrastan las motivaciones y trasfondos que subyacen a la explotación minera. Estas escenas sobre el Totoral y Oruro abren así la posibilidad de un dialogo crítico con la actual situación minera en Bolivia. 

Acaso las partes dedicadas a Bibi Van Der Velden caigan en el tópico de una mala conciencia eurocéntrica. Ella se dedica a fabricar joyas con el oro que proviene de la Amazonía. En este punto el documental puede acaso caer en una dicotomía muy simple. El montaje busca marcar los abismos entre una realidad europea muy a la moda con el escenario desolado, agreste, del oro extraído en Madre de Dios. Aquí la parte que habría que discutir es cómo la crítica del documental no deja de legitimar una oposición que representa al mundo indígena en los Andes y en la Amazonia como una población subalterna.

Esta misma situación se reitera, a nuestro criterio, desde la representación de Marcos Arana. Dejando de lado su labor en lo que fue la protesta de Conga, las escenas en las que Nélida es aconsejada por él no hacen sino disminuir la capacidad de agencia de la función política femenina. Entre cierto patriarcalismo y catolicismo, la defensa de la tierra pareciera quedar entonces dentro de un parámetro a la vez estratificado. 

A pesar de lo mencionado, hay que resaltar la manera en que el documental nos presenta una memoria de Conga ya no solo desde el evento histórico o el movimiento social factual sino desde la participación no humana. Esto se pone de relieve cuando Nélida le pide a la laguna que la policía se retire, evitando así un enfrentamiento. En este punto el final del documental mantiene un vínculo con el poema de José María Arguedas, “A nuestro padre creador Tupac Amaru”. De la misma manera que Nélida solicita fuerza a la laguna leemos en la poesía arguediana: “Baja a la tierra, Serpiente Dios, infúndeme tu aliento’. Y vuelve aquí la pregunta radical: ¿puede un actante no humano, una laguna o un cerro, ser reconocido como un actante político más allá del exotismo o el rotulo reduccionista de “lo mítico”?