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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Antropología con Mención en Estudios Andinos. Magíster en Gobierno y Políticas Públicas. Consultor en gestión pública, gobernabilidad local, ambiente, cultura y manejo de conflictos.

Patrimonio cultural y elecciones 2016

Los movimientos políticos que se preparan para la competencia electoral del 2016 en el Perú hasta ahora han mostrado muy poco de sus propuestas de planes de gobierno y más bien se han enfocado en el recurrente vicio del culto a la personalidad de quienes se perfilan como candidatos presidenciales. Poco importa la institucionalidad política, reemplazada por el protagonismo de personalidades que aspiran a lograr el sillón presidencial. Las normas actuales, los medios de comunicación y el déficit de ciudadanía contribuyen al reforzamiento de esa forma de promover y ejercer la política en el Perú. El 2016 parece depararnos el mismo escenario, si es que no surgen en el camino nuevas opciones que busquen recrear la política al servicio de la gente.

Si de propuestas políticas se trata, lo poco que se ha debatido se encauza por el discurso prácticamente común de reiterar las formas tradicionales de acumulación que han caracterizado el crecimiento económico del país, basado en la extracción y exportación de minerales, principal renglón económico de exportación que se ha visto favorecido por más de 20 años de buenos precios en el mercado internacional. La caída de precios de estos recursos naturales no renovables en los últimos meses y sus efectos negativos sobre la economía nacional muestran la sustancial dependencia que el país tiene de estas materias primas, y lo poco que se ha logrado para crear condiciones que permitan la diversificación de las actividades y la superación de la dependencia de los procesos productivos extractivistas.

Uno de los temas clave, que se encuentra bastante ausente del debate programático, es el del patrimonio cultural, entendido como herencia de bienes materiales e inmateriales a lo largo de la historia, que nos ayudan a forjar identidad como Nación, que nos permiten saber quiénes somos y de dónde venimos, y que forman parte sustancial de una propuesta de desarrollo.

Hablar de patrimonio cultural, particularmente en el Perú, es fundamental. Donde quiera, es posible identificar y resaltar un rico pasado, cuya puesta en valor no solo genera y refuerza identidad, sino que contribuye al crecimiento económico, mejor aún si forma parte de una propuesta de desarrollo basado en la inclusión, la equidad y la sostenibilidad. El aprovechamiento del patrimonio cultural como atractivo y servicio turístico es la forma principal en la que es posible darle valor económico a bienes que ahora son escasamente incluidos como factores clave en el proceso de diversificación de las potencialidades que el Perú posee.

Es momento de superar el corroído debate sobre si se es pro o anti minero. Se trata más bien de construir, desde un enfoque de desarrollo territorial, las bases de un desarrollo sostenible, en el que las actividades económicas extractivas de recursos naturales no renovables, cuando corresponda (derechos ambientales, laborales, salariales y culturales respetados y asegurados), constituyan fuente de financiamiento de aquellas otras que se sustenten en la diversificación de la producción de bienes y servicios, en los que el patrimonio cultural juegue un rol fundamental, concatenado con otras actividades económicas y generando beneficios equitativos.

¿Podemos superar los dos y medio o tres millones de turistas anuales, a los que en su gran mayoría solo les interesa visitar Machu Picchu? ¿Cuánta riqueza cultural debiera ser puesta en valor o promoverse mucho más, para poder incorporarla a las actividades económicas turísticas que nos lleven a los niveles de visitantes que nos merecemos, como ocurre en otros países con similares potencialidades? ¿Podrá estar este tema presente en las propuestas que los movimientos políticos enarbolen, para contribuir al desarrollo humano y sostenible?

La cultura revalorada como identidad y promovida como componente del desarrollo territorial ya ha demostrado lo que significa en la promoción de la calidad de vida de las personas. El desarrollo con crecimiento, equidad e identidad cultural debería estar en el debate de los candidatos a las elecciones del 2016. ¿Lo lograremos?