Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

“Pensando en las cárceles”: la otra cara de la criminalidad

En el Perú, la discusión sobre seguridad ciudadana ha girado en torno al aparente incremento de la criminalidad y la incapacidad del gobierno de controlar el problema. La declaración de estado de emergencia en el Callao y otras regiones del Perú en el 2015 fue, en parte, una respuesta a la presión ciudadana y mediática a un problema que parecía salirse de control. Si bien la presión de los medios de comunicación y la ciudadanía hacia el Estado es una reacción coherente a un problema que merece atención del gobierno; la inmediatez de estas respuestas no permite analizar la criminalidad de manera completa para plantear soluciones a largo plazo.

El estudio de la criminalidad en el Perú está aún en desarrollo. Aún no sabemos bien quiénes son los “criminales” y en qué condiciones se desarrolla la criminalidad y violencia urbana. Poco sabemos de las vidas de estas personas y las circunstancias que los y las llevan a cometer estos delitos. La ausencia de una discusión académica, estatal y mediática sobre quiénes son las personas encarceladas en el Perú, las condiciones en las que viven y qué clase de crímenes cometen parece ratificar lo poco que sabemos sobre el problema de la criminalidad en el país.

El endurecimiento de las leyes y las penas llevado a cabo desde los años 80, ha provocado que el Perú sea el segundo país con mayor densidad carcelaria en Latinoamérica. La falta de beneficios carcelarios y el uso excesivo de medidas como la prisión preventiva hacen de las cárceles espacios donde es imposible reformar y reinsertar a personas a la sociedad. Conocer la situación en la que viven y las circunstancias que llevan a su encarcelamiento, sirve para entender que los y las “criminales” no son tan diferentes a nosotros. Sus vidas reflejan la situación de vulnerabilidad en la que viven miles de peruanos y peruanas.

Figuras como Oropeza y “Gringasho” nos han hecho creer que hay un nuevo tipo de “criminal”, uno que mata por dinero, que no respeta a nada ni a nadie. Sin embargo, los datos del censo penitenciario 2016 nos dan algunas luces sobre los patrones de encarcelamiento en el Perú. De acuerdo con el censo, hay 74,296 personas encarceladas en 66 cárceles peruanas: 4,324 mujeres y 69,972 hombres. El 50% de ellos y ellas crecieron en familias donde los padres y/o parientes estaban en la cárcel y consumían alcohol y drogas. Más del 55% ha experimentado violencia familiar, ya sea hacia ellos o ellas o hacia sus madres. El 30% escapó de su casa antes de los 15 años.

El 90% trabajó antes de ser encarcelado y alrededor del 60% no tiene educación básica completa. El 30% pertenece a alguna minoría étnica o racial. El 64.5% de mujeres encarceladas son solteras, divorciadas o separadas. Sin embargo, el 87% de ellas tienen hijos o hijas. En el caso de los hombres, 51.2% tiene pareja o está casado y 73% tiene hijos o hijas. El 32.4% de los hombres en prisión consumieron drogas y/o alcohol antes de los 16 años y el 65% consumió drogas y/o alcohol un mes antes de su encarcelamiento.

La población carcelaria en el Perú ha crecido en más de un 200% desde 1995 (UNODC 2014), siendo las mujeres las más afectadas. Si bien ellas solo representan alrededor del 6% de la población carcelaria peruana actual, su tasa de encarcelamiento en las últimas dos décadas es de más del 120%. De 2,054 mujeres encarceladas en 2001, pasamos a 4,878 en 2017 (Walmsley 2017). De acuerdo con el censo penitenciario 2016, 53.8% de las mujeres encarceladas están en prisión por algún delito relacionado al tráfico ilícito de drogas. Este porcentaje solo alcanza el 18.1% en el caso de los hombres.

Actualmente, hay algunos esfuerzos desde la academia peruana por “pensar en las cárceles” (Constant 2016) y conocer la situación de más de 70,000 peruanos que viven en situación de reclusión. Proyectos de investigación de distintas instituciones e iniciativas desde el Ministerio del Interior parecen prometer mayor trabajo en esta área. Los peruanos y peruanas en las cárceles son más parecidos al peruano promedio de lo que nos gustaría admitir. No todos son capos de la mafia, líderes de carteles de drogas o asesinos a sueldo sin remordimiento. La mayoría son peruanos y peruanas pobres que viven en condiciones precarias y cuya vida ha estado caracterizada por el abandono, la falta de oportunidades y la violencia. 

“Pensar en las cárceles” implica cuestionar lo que creemos saber de la criminalidad. Si bien en el Perú sí existen asesinos a sueldo, carteles de drogas y mafias que deben preocuparnos, también hay una realidad carcelaria y penal que demanda análisis y discusión. Nuestro sistema penal se rige por la creencia de que mientras más estrictas las leyes, menos criminalidad habrá. Esto ha demostrado ser un fracaso. Es necesario analizar el impacto de las leyes penales sobre la base de resultados y entender cómo la violencia y la precariedad se entrelazan afectando la vida de algunos de los peruanos y peruanas más vulnerables: las personas encarceladas. 

 

---------------

Andrea Roman Alfaro pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de mujeres jóvenes en el análisis de la política nacional e internacional.