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Una publicación de la asociación SER

Perú 2018: ¿Apatía ciudadana?

La democracia es la forma de gobierno que los ciudadanos hemos elegido para convivir y ser gobernados. Como lo afirma Giovanni Sartori, es un producto político final de años de proceso creado por la civilización occidental. Su definición etimológica es “gobierno o poder del pueblo”. Y esta definición no es gratuita, se apoya en el respaldo que le da la historia y es legitimada en las posibilidades de libertad que nos da a quienes vivimos en ella.

Esta semana juró un nuevo gabinete ministerial inaugurando así la gestión del presidente Martín Vizcarra. Se afirma que esto se ha hecho “en democracia” respetando las reglas que señala la Constitución Política del Perú. Si bien es cierto que alivia el aparente desenvolvimiento democrático de nuestros políticos, también es evidente el distanciamiento afectivo por parte de la ciudadanía a todo lo que ha sucedido.

Las últimas encuestas desaprueban a nuestra clase política. Es natural si tomamos en cuenta la calidad de nuestros políticos. Una explicación es la decepción que producen. Hay expectativas sobre ellos pensándolos como la “solución” de los múltiples problemas de la ciudadanía, pero la realidad nos dice lo contrario. Solo pueden coadyuvar con las distintas fuerzas políticas e instituciones de nuestra democracia para solucionar los problemas del país. Pero de allí arrogarles una especie de mesianismo político es una ilusión muy dañina.

Ha sido curioso escuchar como principal alegato del Congreso para que el presidente Pedro Pablo Kuczynski renuncie “la demanda y facultades que da la Constitución para que ejerzan su rol fiscalizador en democracia”. Me pregunto si los congresistas realmente están convencidos de lo que afirman a través del sonsonete que repiten. Por ejemplo, ¿toman en cuenta que esta democracia, que es “gobierno del pueblo”, también exige que se “vayan todos” ellos? Preguntémosles si estarían dispuestos a llevar al extremo “el mandato del pueblo”.

Es claro por las encuestas que el invocado pueblo no se siente reflejado en esta clase política que supuestamente los representa en el Legislativo. Y como la elección de políticos es sinónimo de democracia, esta termina siendo víctima de ese desapego y rechazo.

Si analizamos el Latinobarómetro de las Américas del 2017 las noticias sobre el aprecio a la democracia en el caso peruano son significativas por el sostenido descenso en su aprecio. De acuerdo a este informe el apoyo a la democracia está “a la baja”. La mayor pérdida se produce en México, seguido por Perú con ocho puntos porcentuales menos respecto del año pasado, llegando así a 45%. Y se nota más este descenso si lo comparamos con el 2010 en donde se tuvo un máximo de 61%.

Si la democracia no es apreciada, que no es lo mismo que rechazada, ¿qué reacción podríamos esperar de parte de la ciudadanía? Son varias las respuestas. Pero según la teoría política y la historia, la democracia “es la forma de gobierno menos mala de los sistemas políticos” y cambiarla puede que sea una idea complicada para nuestra realidad.

¿Es posible que nos hartemos de la democracia y todo lo que representa? La encuesta nos está diciendo que al menos hay un desapego colectivo que se va extendiendo. Y eso no lo podemos desdeñar.

Decía el profesor de filosofía, Cornelius Castoriadis, que «la gente actúa para hacer algo, para crear algo» Y lo hace «porque han comprendido que ni las instituciones estatales ni los partidos políticos responden a sus aspiraciones y a sus necesidades y que son incapaces de responder a ellas». Los conflictos sociales en el Perú nos han dado una lección concreta de esta afirmación.

Porque no nos es extraño que “ni las instituciones estatales ni los partidos políticos” de nuestra democracia sean capaces de absorber las demandas de la ciudadanía. Y no solo se aplica a los congresistas, al presidente de la República y sus ministros, también aplica a todo aquello que permite legitimar las bondades de la vida democrática. Desde una policía incompetente, hospitales inadecuados e insalubres, educación pública de mala calidad hasta la poca confianza que despiertan los administradores de justicia. Todo esto erosiona la confianza en la democracia como la mejor forma para resolver los problemas cotidianos. 

En cambio, los que hablan y actúan en nombre de la democracia han dado muestras de despreciarla. La corrupción gravísima que ha tomado al aparato estatal y que involucra a la clase política es un síntoma de que nuestra opción democrática está seriamente amenazada. No solo por las carencias descritas, sino también por los niveles de indecencia de la mayoría de nuestros políticos que parecen empeñados en desprestigiarla.

Es verdad que aún no han ocurrido movilizaciones sociales de indignados como sí ha ocurrido en otros países afectados por el caso “lava jato”. Puede que esa ausencia de manifestaciones sea un alivio para los corruptos que no desean a las multitudes en las calles exigiendo explicaciones o renuncias. Y sea un alivio para la “gobernabilidad” y para algunas personas que aborrecen las marchas callejeras porque “quieren la paz” o resignados afirman que “ya no hay nada que hacer”. Pero no hay que subestimar esta inacción a veces llamada apatía. Podríamos estar incubando en nuestra sociedad “alternativas” no democráticas con consecuencias impredecibles.

Esperemos que el nuevo presidente comprenda que nuestra vida en democracia tiene serias advertencias. Tenemos nuevos funcionarios, pero antiquísimos problemas.