Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Perú 2019: ¿Callejón sin salida?

Los acontecimientos de las últimas semanas han traído un cambio en el sentir popular que algunos analistas empiezan a captar. Desde el suicidio del ex presidente, el nuevo enfangamiento de las relaciones entre el Gobierno y el Parlamento, hasta la comprobación de que la ex alcaldesa Villarán conoció la corrupción y el examen jalado de los candidatos a la Junta Nacional de Justicia, todo agita la desconfianza en los funcionarios y en los que quieren serlo. Crece la confusión y la sensación de fracaso y que caminamos nuevamente a un callejón sin salida política. A la evidencia de la autoliquidación de los partidos se añade la desconfianza en los políticos ya conocidos y el convencimiento de que todos los altos funcionarios son corruptos. El viejo diagnóstico de Macera, “el Perú es un burdel”, parece describir vivamente la situación.

Esta fiebre alta en medio de la crisis, no es nueva. Ya en abril del 2011, Alberto Vergara había diagnosticado: “Este régimen político y económico que combina democracia y economía de mercado, lo apoyamos sólo una minoría y ha sido puesto de rodillas”. Y lo decía, porque la mayoría abrumadora había votado por dos opciones “populistas y descreídas de las instituciones”[1] Sin embargo, siete años después, superamos la renuncia de PPK (y el dream team de la derecha) sin asonadas ni golpe militar, lo que no es poco mérito, si repasamos nuestra historia.

La mayoría ciudadana, que se expresa en todas las encuestas y redes sociales, que hasta ahora son correctamente leídas por los poderes fácticos, se alinea con la ley y la verdad, “caiga quien caiga”. Vizcarra, al inicio, tuvo la virtud de respaldar a jueces, fiscales y periodistas que luchan contra la corrupción, pero no es el outsider salvador que el sistema necesitaba. Ha mostrado, hasta la saciedad, que en política – como en el fútbol - no se puede ser el suplente que juegue con chiches para las tribunas, cuando su tarea es concentrarse en el juego.

En el tira y afloja entre el gobierno y el Congreso, más que la reforma política, el cierre del Congreso o una eventual vacancia, lo que está en juego es la posibilidad que se sigan investigando o se corten, todas las ramificaciones y responsabilidades penales de los casos Odebrecht y Lava Juez. También está en juego la institucionalidad, palabra que odian los izquierdistas justicieros e impacientes, pues su verdad comienza y termina en la lucha callejera. Justamente, nuestra institucionalidad semidemocrática es la que permite la lucha callejera, si no, que vean lo que pasa en Venezuela. Y es la que ha permitido que el puñado de fiscales y jueces decididos a limpiar su mala imagen pudieran pasar de pescar peces chicos a someter a los peces grandes.

Ahora, Alberto Adrianzén dice que la verdadera tragedia es tener “un pasado que repudiamos y un futuro que ahora se presenta más como un producto del azar e individualista y no como una construcción colectiva”[2] Por su parte, Juan Carlos Tafur, aunque reconozca que quedan más o menos ilesos, Julio Guzmán, Alfredo Barnechea, César Acuña y Verónika Mendoza, prevé que habrá candidatos para el Bicentenario, dispuestos a interrumpir la buena marcha del modelo: “Desde Andrés Hurtado (Chibolín) pasando por Antauro o Gregorio Santos, hasta Phillip Butters o Rafael Rey”. Pero lo que más teme es que “encaramado sobre el hartazgo popular respecto de la corrupción, llegue al poder alguien que desande la aún insuficiente economía de mercado”[3]

En el juego político presente pugnan por el poder grupos de audaces (incluidas las bandas del narcotráfico), más preocupados por la oportunidad que por los principios. Pero ninguna minoría política entregada al azar tiene siquiera cinco mil cuadros con experiencia de gestión pública, para enrumbar la nave del Estado.

La demanda de la izquierda para botar a todos los políticos puede canalizar el malhumor de las masas, pero el chongo y el río revuelto no construyen ninguna alternativa realista y la fórmula de la derecha de exigir mano dura, ya ha dado suficientes muestras (desde las masacres del Baguazo) de no ser sostenible. ¿Hay posibilidades para una izquierda que apoyó a Toledo y Humala, a Villarán y luego a PPK, todos quemados por la corrupción? ¿Puede ser demócrata radical, sin suicidarse con el chavismo-orteguismo? ¿Puede darse cuenta que no estamos frente al Palacio de Invierno y no hay un Lenin en sus filas?

El empate entre las fuerzas que quieren castigar a la corrupción y los que quieren defenderse alargando los procesos de investigación, no tiene visos de romperse a corto plazo, aunque las propuestas de la reforma política y la convocatoria a una Asamblea Constituyente, pudieran estar, sin mucho ruido, abriéndose paso en la mente de muchos líderes políticos. ¿Es tan difícil que la razón política o los políticos razonables, - republicanos, como quisiera Vergara - avancen en dialogar y concordar, antes de que el sistema político sea arrastrado al desastre?

Finalmente, ¿los empresarios y sus políticos, no pueden entender que si el presidente de la República hace cuestión de confianza sobre la aprobación de alguna de las reformas y fuerza el cierre del Congreso convocando de inmediato a elecciones de una Constituyente para romper el entrampe político, estará transitando por la única salida institucional que tenemos?

 

-------------

[1]                    “Sopapo electoral” en Ciudadanos sin República, p. 183

[2]                    “¿Esto es lo peor?” en La República del 16/05/2019

[3]                    “Disruptivos a la vista” en La República del 19/05/2019