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Una publicación de la asociación SER

Por Eyvi, por todas, y contra la violencia de género

Foto: Andina

La muerte de Eyvi Agreda nos indigna y nos pone a prueba como sociedad indiferente a la violencia de género y la cultura del machismo. Sabemos que no sólo es ella, que son muchas más las mujeres que por el sólo hecho de ser mujeres son agredidas y violentadas en diferentes espacios cada día. Su pérdida, como la de muchas otras que día a día son atacadas y violentadas, nos demuestran que no importa el lugar en el que estemos, es continua la violencia contra las mujeres de todas las edades, identidades culturales y condiciones sociales. Como prueba de ello, esta semana también recibimos la noticia que a orillas del Apurímac en el VRAEM una niña de 13 años fue hallada muerta y con signos de haber sido violentada.

Hace unas semanas participé en un evento académico en la Universidad de San Marcos donde se analizaron los temas de género, desigualdad y poder. Ello me permitió debatir con mis colegas sobre la importancia de los estudios de género en las ciencias sociales. En el debate, la interpelación es constante, preguntas como ¿qué relación tiene una mujer que es parte de un complejo sistema de parentesco e instituciones con una que defiende el feminismo en la ciudad y que se considera empoderada? fue una de ellas. También se me interpeló por las formas en que un hombre ejerce poder sobre una mujer.

Estas son preguntas para reflexionar sobre nuestras prácticas de prevención del machismo, y sanción del acoso y la violencia contra la mujer. Cada día se ejerce el acoso y la violencia contra las mujeres cuando se alienta la violación en lugar del consentimiento, cuando la masculinidad es el predominio del hombre sobre la mujer en todas las esferas sociales, cuando se niega la palabra y la toma de decisiones a la mujer, cuando se manipulan sus sentimientos o voluntad para obligarla a hacer cosas que no quiere, ya sea por presión social, porque es su pareja, porque tiene una vida con el maltratador, porque se queda,  se calla, o no cambia.

Pero la respuesta de las mujeres cambia con la indignación y la movilización, cuando se pasa a la acción y a la denuncia. Cuando se rompe el esquema de la cultura machista de la sociedad, que encubre y justifica al acosador, maltratador o violador, que como sostiene Rita Segato, la violencia contra la mujer no es un acto individual sino más bien del grupo o comunidad, que actúa de la misma forma, lo celebra o justifica. La protesta generalizada de las mujeres muestra que todo está cambiando, que se busca resquebrajar la cultura machista que ve a la mujer como propiedad -si no es mía no es de nadie-, juguete o muñeca, callada o cosificada, como objeto de deseo que fomentan los medios de comunicación, o que promueve la obediencia de la mujer, como en algunas confesiones de fe.

Nunca antes tan negado el enfoque de género en las políticas públicas en el país, y nunca tantas denuncias en tan diversos espacios, como en las universidades, las instituciones, las redes sociales. Las protestas por acoso y violación han sido públicas en universidades de Chile, México y también en el Perú. No es que antes no existieran el acoso y las violaciones sexuales, sino que las callábamos por vergüenza a ser juzgadas, a ser tildadas como culpables, ahora no nos callamos, sabemos que eso ya no se calla, que no es nuestra culpa por el hecho de ser mujeres, que si decimos no es no, que nos tienen que respetar cuando queremos o no queremos.

Sin embargo, necesitamos una cultura de prevención de la violencia de género, para combatir la desigualdad. En universidades de España, Argentina y México se han implementado protocolos de atención en casos de violencia de género. Necesitamos hacer lo mismo en nuestras universidades para fomentar educación con enfoque de género, combatir la cultura del machismo y de la indiferencia, evitar el riesgo y vulnerabilidad de las mujeres y en su lugar fomentar su transformación, autonomía y capacidades.

También urge mejorar la aplicación de medidas de prevención y sanción del acoso y el feminicidio, porque la violencia y la impunidad se sigue extendiendo en todo el país. Tanto en el VRAEM como en diferentes partes del país donde la situación de acoso y violencia es un riesgo permanente para las niñas y adolescentes, el machismo y las relaciones de poder que se ejercen sobre las adolescentes, restringen las opciones de empleo, estudios, y de mejora de las condiciones de vida. En estos espacios, y otros de pobreza y actividades ilegales, el deterioro social fomenta las uniones sexuales forzadas, la trata y la prostitución, y crea pocas oportunidades para las mujeres, por lo que son necesarias políticas que impulsen la economía con proyectos y diversificación productiva y la atención multisectorial para crear un nivel de vida adecuado para ellas.  

Por todo ello, también es importante revisar qué aspectos de nuestras tradiciones culturales que han sublimado doblegar la voluntad de la mujer, a través del acoso y la violación sexual deben cambiar. Es necesario evidenciar también las relaciones desiguales de poder y de género para sancionar el abuso de poder que significa la cultura machista. Necesitamos implementar en las escuelas y universidades la educación con enfoque de género y sensibilizar en una cultura del diálogo, respeto e igualdad, entre varones y mujeres en el país. Ello por todas nosotras, pero también por los varones que no son enfermos o soldados caídos que acosan y ejercen la violencia sino educados en la construcción de la hegemonía masculina -machismo- que debemos cuestionar, porque el feminicidio no espera, y porque la cultura machista nos daña como sociedad y como país.