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Una publicación de la asociación SER

¿Por qué calculamos el tiempo como lo calculamos? [I]

Nicanor Domínguez Faura. Historiador

En el Perú y en otros países del mundo se están tomando medidas radicales para reducir el impacto de la nueva enfermedad Covid-19.  Para limitar la interacción entre las personas y limitar el número de contagios se han impuesto cuarentenas para aquellos que hayan viajado recientemente desde países con brotes de la enfermedad, y se ha decretado el estado de emergencia ordenándose a la población a que permanezca en casa, al menos por dos semanas (período que quizás sea necesario ampliar, para permitir que los servicios de salud atiendan a las personas afectadas).

Estando obligados a permanecer en nuestros hogares en estos días de crisis sanitaria, quizás algunos estén empezando a reflexionar sobre algunos aspectos fundamentales de nuestra experiencia como seres humanos.  Sería una consecuencia positiva dentro de las preocupaciones que esta situación nos impone.  Un tema que podría sumarse a estas reflexiones es el del tiempo y su transcurso, esa dimensión de la experiencia humana que hoy puede parecerles a muchos una pesada carga.

Para los historiadores, el tiempo es un tema central.  El estudio del pasado es, precisamente, un quehacer que parte de constatar las consecuencias del paso del tiempo, las que se manifiestan en el presente en que nos encontramos.  Ya que la Historia es el estudio del pasado de las sociedades humanas a través del tiempo, y de los cambios que éstas experimentan en su transcurso, es necesario conocer y entender que ha habido distintas formas en las que los seres humanos han calculado y medido esta dimensión de la experiencia humana.

Por otro lado, el cálculo de la duración de los ‘sucesos’ (momentos importantes) y ‘procesos’ (serie de momentos) históricos, a través de una secuencia de fechas (que fijan la ocurrencia de los sucesos) y períodos (que establecen la duración de los procesos), es decir, de una ‘cronología’, es el marco temporal básico e indispensable para todo esfuerzo de reconstrucción histórica y comprensión del pasado.

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Podríamos decir que el Tiempo es la dimensión de la transformación y del cambio en la experiencia humana.  Tales transformaciones están relacionadas con --y son percibidas en relación a-- los movimientos astronómicos del planeta en el que vivimos, la Tierra: la rotación terrestre causa el paso del ‘día’ (horas de luz solar) a la ‘noche’ (horas de oscuridad); la translación del planeta determina el transcurso y sucesión de los ‘días’ (de 24 horas); la circulación de la órbita lunar y las fases de la luna son la base de las ‘semanas’ (grupos de siete días); la circulación completa de la órbita terrestre determina el ‘año’ (365 días), así como las cuatro ‘estaciones’ anuales (primavera, verano, otoño, invierno).  Sin embargo, esta aparente “naturalidad” de los ciclos astronómicos de nuestro planeta no fue “racionalizada” y “calendarizada” por las distintas sociedades y civilizaciones de la misma manera en todas partes.

En un sentido abstracto, el tiempo podría definirse como una “duración” que se caracteriza por ser continua (porque no se detiene) e indefinida (pues no sabemos, en realidad, hasta cuándo seguirá).  En esta duración se contienen e incluyen los intervalos que llamamos el pasado, el presente y el futuro.  El ‘Calendario’ es la forma culturalmente específica de dividir, agrupar, organizar y darle un sentido humano al paso del tiempo.

El cálculo sistemático del transcurrir del tiempo y su organización calendárica constituyen una labor especializada, y su registro usualmente requiere de sistemas de escritura y de numeración, por lo que nos encontramos ante una labor que generalmente aparece en contextos religiosos y rituales en las sociedades estatales de la Antigüedad.  La diversidad de calendarios desarrollados por distintas civilizaciones del Viejo y del Nuevo Mundo a lo largo de la Historia es producto de la diferente duración de los ciclos astronómicos de nuestro planeta --en relación con el Sol y la Luna--, y de las dificultades técnicas que han existido para calcular y registrar con precisión esos ciclos, solo superadas, en el caso de los astrónomos europeos, a partir del siglo XVI.

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La Tierra tiene 12,750 kilómetros de diámetro promedio, pesa algo menos de 6,000 trillones de toneladas, y está a unos 150 millones de kilómetros de distancia del Sol.  Tarda casi 24 horas en girar una vez sobre su propio eje (rotación), y demora aproximadamente 365 días y cuarto en recorrer su órbita alrededor del Sol (translación).  La Luna, el satélite que gira alrededor de nuestro planeta a una distancia promedio de 382,000 kilómetros en poco más de 27 días y un tercio, tiene un diámetro de casi la cuarta parte del de la Tierra (3,475 kilómetros) y su peso es de un octavo del de ésta (750 trillones de toneladas).  En realidad, ni la Tierra ni la Luna tienen la forma de una esfera geométricamente perfecta, sino la de un “esferoide”, más ancho en la zona ecuatorial y achatado en los Polos (propiamente, la Tierra es un “geoide”).

Tampoco las órbitas de la Tierra en torno al Sol, ni de la Luna en torno a la Tierra, forman circunferencias perfectas sino más bien “elipses” (de forma ovalada).  Por eso hay momentos de sus trayectorias en los que el astro menor se encuentra más cerca del astro mayor (viajando a menor velocidad por la fuerza de atracción gravitacional), y otros momentos cuando el astro menor se encuentra más lejos (y viaja a mayor velocidad).  Debido a estas “irregularidades naturales” y a la acumulación de pequeñas variaciones a lo largo de períodos muy largos, es que los cálculos calendáricos resultan un asunto particularmente complejo.

El año solar, producto de la translación terrestre, puede ser medido a partir del propio recorrido de la órbita en torno al Sol (“año trópico”), o en relación con algunas estrellas referenciales (“año sideral”).  Esta segunda medición es astronómicamente más precisa, pues representa el tiempo que realmente necesita el planeta para recorrer su órbita.  Sin embargo, es la primera medición, la del año trópico, la que se utiliza para el cálculo calendárico del inicio de las estaciones del año.  Estas se miden a partir de los dos puntos de la órbita en los cuales la duración de las horas de luz y oscuridad del día son iguales (“equinoccios”), así como de otros dos puntos de la órbita en que se alcanza el máximo de horas de luz y el mínimo de horas de oscuridad en un mismo día, o viceversa (“solsticios”).

Como el tiempo que demora la Luna en orbitar la Tierra es el mismo que demora en rotar sobre su propio eje, siempre vemos la misma “cara” de nuestro satélite.  Al transitar por su órbita, diferentes partes de esta “cara” visible de la Luna reciben la luz solar y la reflejan hacia la Tierra.  Los aparentes cambios de forma de estos reflejos lunares son llamados “fases” (nueva, creciente, llena y menguante), de poco más de 7 días de duración cada una.  Al período comprendido entre una “luna nueva” y la siguiente se le llama “mes sinódico” o “lunación”, de 29 días y medio de duración.

Para efectos calendáricos, 12 meses sinódicos resultan unos 11 días más cortos que el período de translación terrestre (el año solar).  Y allí reside el principal problema: ¿cómo hacer corresponder dos ciclos naturales distintos (de duraciones disímiles) en un mismo sistema humano de medición del tiempo (de un número fijo de días)?

 

(Esta historia continuará)

 

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Referencias:

Dalia Ventura, "¿De dónde viene la antigua tradición de la "cuarentena" que seguimos adoptando ante males sin remedio?" BBC News Mundo, 9 de febrero, 2020 <https://www.bbc.com/mundo/noticias-51375840 >

Pablo Santos Sanz, "¿Qué pasaría si no hubiera Luna?", El País, Madrid, 13 de noviembre, 2016 <http://elpais.com/elpais/2015/12/15/ciencia/1450179769_533306.html?rel=mas>

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