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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Antropología con Mención en Estudios Andinos. Magíster en Gobierno y Políticas Públicas. Consultor en gestión pública, gobernabilidad local, ambiente, cultura y manejo de conflictos.

¿Puesta en valor?

La designación de nuevas autoridades en el ministerio de Cultura ocurre en medio de diversos hechos que muestran reiteradamente cuan poca importancia le han otorgado los dos últimos gobiernos a este nuevo ministerio. Más allá de su creación formal, padece de magros presupuestos, limitado apoyo político, escasa comprensión de sus competencias y funciones de parte de la opinión pública y hasta el rechazo y malestar de un importante sector del empresariado que sigue considerando a la cultura como un obstáculo para el crecimiento económico. Esta errónea visión se manifiesta con las medidas del gobierno que pretende reducir las trabas burocráticas y estimular la inversión privada, a costa de poner en riesgo la protección del patrimonio cultural y natural.

En este escenario, generó dudas las primeras declaraciones de la nueva ministra de Cultura, quien afirmó que una de sus principales prioridades será poner en valor “todos los monumentos históricos que hay en el Perú”. Además, mostró su entusiasmo que el Perú esté “lleno de huacas”, aunque no mencionó la preocupante situación en que se encuentra la mayoría de ellas. Su interés por “poner rápidamente en valor monumentos de este tipo” ocurre en un contexto de falta de voluntad política del propio gobierno para valorar adecuadamente la cultura como componente del desarrollo. Su propuesta de “juntar a la empresa privada y al Estado para poner en valor los monumentos arqueológicos” puede ser bien intencionada, pero no suficiente para que la inversión privada en su conjunto (y buena parte de los ministros ‘productivos’) logre entender y aceptar que sin patrimonio cultural se afecta la identidad de los pueblos y sin ella no es posible un crecimiento con inclusión. Al respecto, solo unas cuantas palabras sobre la puesta en valor.

El patrimonio arqueológico expresa la materialización de la memoria histórica y es lo que constituye su valor real. Lo más delicado de las calificaciones simplistas de ‘puesta en valor’ es el riesgo de mercantilizar el patrimonio en beneficio de un mercado inescrupuloso que da prioridad al lucro antes que a la protección del bien y lo concibe fuera de toda valoración social, identitaria e histórica; de su capacidad de actuar como un instrumento para entender y reconstruir el pasado, rol que muchas veces no tiene un precio en el mercado ni un propósito turístico mercantil y rentista como el que predomina en el país (como sucede con Machu Picchu).

Por lo tanto, el registro de un patrimonio arqueológico y su puesta en valor no se reduce a convertirlo en un atractivo turístico en sí mismo (pudiendo o no coincidir con tal propósito). Se trata principalmente de contextualizar cada bien cultural como parte de una sociedad; de un momento histórico como un producto social que nos permita conocer algo más del grupo social que construyó esa obra, y articularlo o integrarlo a la vida presente de un territorio y de las poblaciones que lo habitan. Si el ejercicio del turismo logra comprender este rol del patrimonio cultural y facilita a los usuarios ese aprendizaje, fortaleciendo a su vez la identidad de la gente con su territorio y construyendo ciudadanía, estaremos ante una renovada forma de gestionar el patrimonio cultural y por lo tanto de forjar el desarrollo de los pueblos.

Luego de tanta experiencia fallida es momento que el Ministerio de Cultura fortalezca su capacidad de concertación con los diversos sectores y de negociación para enfrentar el ninguneo al que tiene acostumbrado el MEF, o el menosprecio que asumen otros ministerios.