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Una publicación de la asociación SER
Historiador

Raúl Porras y la caída de los Incas

El gran historiador Raúl Porras es recordado por sus estudios sobre las crónicas de los siglos XVI-XVII y por su inconclusa biografía del conquistador Pizarro.  Aunque escribió relativamente poco sobre la población andina, destaca un estudio publicado en 1935, que trata de la crisis del Tahuantinsuyo a la llegada de los españoles a los Andes en 1532.  En síntesis, Porras dice lo siguiente:

“La derrota en Cajamarca no se explica simplemente por el arrojo de los españoles ni por el miedo de los indios.  Tampoco se explica por los factores sobrehumanos alegados por ambas partes: ni el milagro del apóstol Santiago ayudando con su espada formidable a los españoles, ni la profecía de Huayna Cápac de que habla Garcilaso sobre la próxima terminación del Imperio y venida de unos hombres blancos y barbudos, a los que debían obedecer.  Aunque estas alucinaciones tuvieron poder sobre el ánimo de ambos pueblos contendientes, no fueron las fuerzas determinantes.

“Tampoco fueron los elementos materiales: las armas y los caballos de los españoles.  Es cierto que infundían espanto los arcabuces y las cargas de caballería, pero la superioridad de las armas españolas estaba compensada en la enorme superioridad numérica de los indios y el espanto primitivo causado por los caballos desapareció pronto.  Los indios trataban de evitar a éstos eludiendo los llanos, combatiendo en las breñas, abriendo hoyos en los campos para que se despernancaran los equinos. [...]

“En realidad el Imperio Incaico comenzaba a derrumbarse solo.  Era un organismo caduco y viciado, que tenía en su enormidad territorial el más activo germen de disolución.  La grandeza del Imperio estaba ligada esencialmente a la existencia al frente de él de grandes espíritus guerreros y conquistadores como los de los últimos Incas, Pachacútec y Túpac Yupanqui, y, sobre todo, a la conservación de una casta militar, sobria y virtuosa como la de los orejones.  Con Huayna Cápac se inició la decadencia.  Huayna Cápac era aún un gran conquistador como su padre y su abuelo, pero en él se presentan y se afirman ya los síntomas de una corrupción.  Las victorias incaicas son más difíciles y lentas, no se siente ya el ímpetu irresistible de las legiones quechuas.  La conquista de Quito es la pérdida del Tahuantinsuyo.  Las tribus se rebelan apenas sometidas y escarmientan a los vencedores.  Los orejones, la invencible y austera casta de los anteriores reinados, educada en la abstinencia, la privación y el trabajo, había perdido su vigor. [...]  Los cayambis... resisten al ejército incaico, y hacen huir por primera vez a los orejones, dejando en el campo indefenso y en peligro de muerte al Inca.  Éste tiene que usar para someter a los cayambis métodos que contradicen la proverbial humanidad de su raza y las tradiciones pacificadoras del Imperio: matanzas de prisioneros, guerra sin cuartel a mujeres y a niños, incendio y saqueo de poblaciones.  El vínculo federativo que era el sostén del Imperio, no era ya así libre y voluntario o conseguido por la persuasión, sino impuesto por la fuerza.  La cohesión incaica estaba desde ese momento amenazada por el odio de los pueblos vencidos y afrentados.  Las sublevaciones se suceden y los enormes cambios de poblaciones ordenadas por Huayna Cápac, verdaderos destierros colectivos de grandes masas, no hacen sino aumentar el descontento de vasallos y sometidos.

“[...]  Su afán por construir en Tumibamba palacios que superasen a los del Cuzco, aparte de revelar su frivolidad suntuaria es, por haber provocado el resentimiento cuzqueño, una de las causas de la disolución del Imperio. [...]  En sus manos no corría peligro la unidad del Imperio.  Pero él creó el germen fatal de la disolución: una sede rival del Cuzco, en regiones distantes y apenas conquistadas y al crear la causa de la futura división incaica, allanó el camino de los españoles. [...]  La decadencia iniciada, aunque envuelta en fausto, en el reinado de Huayna Cápac se acentúa a la muerte de éste.  Huáscar, el heredero legítimo, carecía de don directivo y de la firmeza de ánimo necesaria para conducir tan vasto y heterogéneo Imperio. Su padre le había creado además un problema político [...].  El espíritu regional ambicioso de los quiteños, alentado irresponsablemente por... Huayna Cápac, se alzaba contra él retando su poder.  Cuzqueños y quiteños habían llegado por causa de rivalidad, a odiarse irreconciliablemente.

“Huayna Cápac completó su error no acordándose... de preparar y asegurar la sucesión normal del Imperio.  Con una acción previsora en este sentido, y con el respeto que le tenían sus súbditos, su decisión testamentaria claramente expresada y reafirmada, hubiera evitado la confusión y la discordia que sobrevinieron a su muerte. [...]  Hubiese ordenado en su testamento como único señor del Imperio indivisible a Huáscar, Ninán Cuyochi o Manco Inca, o dispuesto la división del Imperio entre Huáscar y Atahualpa, dejándole a aquél el Cuzco y a éste Quito, la separación del Norte y del Sur se hubiera irreparablemente producido.  Atahualpa no fue sino el nombre propio de una insurrección regional incontenible contra el espíritu absorcionista y despótico de la capital: el Cuzco. [...]  Cuzqueños y quiteños no formaban ya una sola nación, eran extranjeros y enemigos. [...]

“Otra señal de la disolución era el abandono de los más fuertes principios de su propia cohesión social.  La fuerza y la estabilidad del Imperio provenían de las sanas normas agrícolas de los ‘ayllus’, trabajo obligatorio y colectivo, comunidad de la tierra, igualdad y proporción en el reparto de los frutos, tutela paternal de los jefes.  Todo esto que había creado la alegría incaica, en “el buen tiempo de Túpac Yupanqui”, era abandonado con imprevisora insensatez.  El Inca y sus parientes, la nobleza privilegiada, bajo el pretexto de las guerras, había formado una casta aparte, excluida del trabajo, parásita y holgazana.  En torno a ella se quebraban todos los viejos principios.  El pueblo trabaja rudamente para ellos; tenía que labrar no solamente las tierras del Inca y del Sol, y las de la comunidad, sino la de estos nuevos señores.  El Inca, rompiendo la unidad económica del Imperio, obsequiaba tierras a los nobles y curacas, quienes las daban en arrendamiento a indios que las cultivasen, con obligación de entregar cierta parte de los frutos.  Estas propiedades individuales, dentro de un pueblo acostumbrado al colectivismo, herían el espíritu mismo de la raza y presagiaban la disolución, o un ciclo nuevo bajo normas diversas.  Los nobles favorecidos trataban de perpetuar el favor recibido, trasmitiendo la propiedad individual.  El reparto periódico de las tierras se hacía cada vez más formal y simbólico.  El Inca o el ‘llacta camayoc’ confirmaban cada año a los ocupantes en sus mismos lotes de terreno, existiendo casi en realidad propietarios de por vida.  Lo que se hacía anualmente era el reparto de lotes adicionales para los hijos que nacían o el de las tierras llamadas de descanso.  Las tierras mejores eran en todo caso las de los nobles y curacas y éstos no trabajaban.  Por allí empezaba a destruirse el gran Imperio de trabajadores incaicos.  En el momento de la llegada de los españoles, la antigua unidad incaica estaba corroída por tales gérmenes de división; uno económico, el descontento de clase del pueblo contra la aristocracia militar dominante, otro político, el odio entre cuzqueños y quiteños. [...]

“La lucha entre los dos hermanos --Huáscar y Atahualpa-- pone en evidencia todos los males íntimos del Imperio.  La tradición y la cobardía, la incapacidad, tejen la trama de la guerra civil. [...]  El olvido o desdén por las tradiciones incaicas llega, en este proceso de disolución, hasta la profanación. [...]  Pero, la nota más características de este desquiciamiento, que perfila ya el desprestigio de la autoridad y el desborde sacrílego, es la acentuación de la crueldad. [...]  El final del Imperio de los Incas estaba decretado no por el mandato vacío de los oráculos, sino por el abandono de las normas esenciales de humanidad y severidad moral, y de las fuerzas tradicionales que habían hecho la grandeza de la cultura incaica”.

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Referencia:

Porras Barrenechea, Raúl [n.1897-m.1960]. “La caída del Imperio Incaico”. Revista de la Universidad Católica (Lima), año III, no. 13, mayo de 1935, pp. 142-148.

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