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Una publicación de la asociación SER

¿Representación o testimonio?

Los abultados resultados obtenidos por Luis Castañeda en las elecciones de octubre pasado, unidos al súbito cambio en el humor fiscalizador de una gran parte de la prensa nacional, parecían presagiar un despegue suave a la gestión solidaria. Sin embargo, en las últimas semanas, como los muertos a causa de las combis, se han apilado, uno tras otro, los problemas sobre el escritorio de la nueva administración edil.

Las primeras críticas a la gestión de Castañeda se produjeron con el despido de 3000 trabajadores municipales, ni bien se inició el nuevo año. A ellas se sumaron otras, por el cierre de un conjunto de programas sociales y la declaración de quiebra municipal a la que le siguieron un conjunto de gastos, por decir lo menos, superfluos, en una frenética campaña de uniformización cromática. Y ahora se han multiplicado (aunque la prensa mayoritariamente siga adulando al actual alcalde). Dos han sido los temas que han terminado por poner, aunque sea temporalmente, a la defensiva a la gestión amarilla.

Por un lado, la polémica en torno a los murales pintados en el centro de Lima, y a los que la nueva gestión, en un gesto digno de la novela Farenheit 451, decidió borrar (quemar una pared es más complicado). Por otro lado, los sucesos (no se le puede llamar accidente a algo que ocurre todas las semanas) que dejaron un muerto y más de 70 heridos en la carretera central, y que ratificaron la necesidad de poner fin al sistema comisionista-afiliador, al que Castañeda acaba de regalarle tres años más.

Estos problemas han demostrado que un alcalde cuyos índices de aprobación altísimos hacían pensar intocable, puede volverse vulnerable, y ha abierto, aunque sea mínimamente, la posibilidad de la lucha política. Para muestra, la última encuesta de Ipsos-Apoyo, que señala una disminución de cinco puntos porcentuales en la aprobación de Castañeda.

En este escenario, aparece una encrucijada para los sectores hoy ubicados en la oposición y provenientes de la anterior gestión, que se grafica adecuadamente en el tema de los murales y el transporte. Uno de los problemas que tuvo la administración pasada fue permitir que sus opositores fueran los que marcaran la cancha y construyeran su identidad política. Así, en el imaginario político, el equipo anterior, parecía lejano a los problemas concretos de la mayoría de los limeños (pese a la gran cantidad de programas sociales que desarrolló, directamente vinculados a este sector). Así, Villarán y sus colaboradores terminaron atrapados en una falsa dicotomía que los perjudicaba: Ciudadanía vs. Cemento.

La actual coyuntura le aparece a este sector político como una oportunidad, no sólo para presionar a la actual gestión solidaria, sino para replantearse el lugar en el que fue colocado por sus adversarios, así como sus propios errores.

Ello implica, en primer lugar, traducir el discurso de la ciudadanía en un horizonte material. Es decir, la ciudadanía no se trata únicamente de la enunciación de esos derechos, sino en su efectivización. El objetivo político no es construir las condiciones ideales planteadas por Rawls o Habermas para el correcto funcionamiento de la democracia, sino, en las circunstancias actuales, traducir esta ciudadanía en presupuesto, en dinero invertido en esos sectores. Huir del discurso abstracto y pasar a uno más material es un requisito necesario.

En segundo lugar, pasa por entender que una sociedad atravesada por múltiples fracturas (como la desigualdad o el racismo) produce necesariamente un electorado fragmentado. A este electorado le corresponde una representación política acorde a él; es decir, una representación segmentada. Para quienes provienen de la anterior gestión, implica desarrollar una agenda de acción de acuerdo a estos segmentos electorales, que le permitan representar a la mayor porción posible de ciudadanos limeños en su oposición a la actual gestión. Adicionalmente, implica pensar formas diferenciadas de organización territorial para estos segmentos. No es posible organizar y representar a una ciudad tan fragmentada a partir de un solo modelo.

Por estas dos razones, creo que la coyuntura abierta en las últimas semanas y su posterior desarrollo pueden mostrar pistas interesantes sobre el futuro de este sector político. Si la critica a la gestión de Castañeda se concentra mayoritariamente en el tema de los murales del centro, repetirán uno de los errores de la labor pasada y reducirán su capacidad de representar el malestar frente a la actual gestión, a un grupo minoritario de la ciudad. Si, por el contrario, ese tema se convierte en un punto más dentro de una agenda que abarque temas como la reforma del transporte, Barrio Mío o la recuperación de espacios  públicos, se habrá avanzado.

La labor de los políticos provenientes de la anterior gestión no es principalmente el demostrar el carácter fascista de las acciones solidarias y su visión patrimonial del poder, sino, a través de lo anterior, construir la representación de cada vez mayores porciones del electorado. Si se desea plantear un alto a las políticas de destrucción solidarias, la oposición debe acumular poder y, en este caso, ello supone convencer a porciones crecientes del electorado y organizarlos para la disputa política. El otro camino es el testimonial, el de la satisfacción “por tener la razón” y ese nos regresa al mismo sitio en el que las elecciones municipales del 2014 nos colocaron.