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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Antropología con Mención en Estudios Andinos. Magíster en Gobierno y Políticas Públicas. Consultor en gestión pública, gobernabilidad local, ambiente, cultura y manejo de conflictos.

Revalorando el pasado precolonial de Lima

Según información del Ministerio de Cultura (Directora General de Defensa del Patrimonio Cultural), Lima posee unos 400 sitios arqueológicos prehispánicos (inca y mayormente preinca) de los cuales solo unos 20 se encuentran restaurados y otros pocos en un grado muy incipiente de recuperación o conservación. Muchos están en una deplorable situación de abandono, de creciente deterioro, de permanente saqueo de ocupaciones incontroladas y de tráfico de tierras -hasta facilitadas y promovidas por autoridades- sin saneamiento físico-legal y sin adecuada titularidad.

La lamentable situación descrita tiene varias causas. Una de ellas es el crecimiento desmedido y no planificado de la capital del país -a costa de zonas agrícolas, áreas arborizadas, parques, humedales, lomas costeras-, ocurrido a lo largo de los últimos 80 años en que lo permisible ha sido el proceso de ocupaciones para vivienda, el cambio de uso de suelos para urbanizaciones de sectores privilegiados y la construcción de infraestructura vial mayormente para vehículos privados, en medio del caos del transporte público ineficiente y contaminante. Además de ese conjunto de situaciones que impiden un desarrollo humano, sostenible y con visión de futuro, los sitios arqueológicos también fueron objetos de destrucción, invasión, reducción a la mínima expresión territorial cuando pudieron ser salvados o rescatados mayormente por iniciativas ciudadanas o por la incidencia plausible y aislada de entidades nacionales y extranjeras sobre las instancias públicas pertinentes, no siempre logrando sus objetivos de puesta en valor y protección.

Y es aquí donde compartimos una segunda causa que vincula la planificación con la identidad territorial. Y es que la población limeña y la que crecientemente fue poblando la capital ha tenido muy escaso conocimiento de su pasado -más allá de lo que fue la colonia-, de las diversas culturas que poblaron los valles limeños, hace más de 3,500 años, hasta la presencia del Incanato hace unos 500 años. Bastaría con mencionar a manera de ejemplo los complejos arqueológicos como Mateo Salado en Pueblo Libre y Mangomarca, en San Juan de Lurigancho (ambos de la cultura Ichma); los centros ceremoniales como Garagay (cultura Chavín), en San Martín de Porras, Pachacámac (culturas Lima, Wari, Ichma e Inca), en Lurín, Pucllana (cultura Lima), en Miraflores; los centros administrativos como Maranga, en San Miguel y Pueblo Libre, Cajamarquilla, en Chosica, Huallanmarca, en San Isidro (todos ellos de la cultura Lima), y Puruchuco (cultura Inca). Varios de los sitios mencionados, han sido puestos en valor, poseen mejores condiciones de conservación, son aprovechados como atractivos turísticos, se realizan en ellos proyectos de investigación arqueológica y gozan de infraestructura que facilita el acceso y el conocimiento de las culturas que albergan (museo de sitio, museografía, guiado, servicios, etc.).

Sin embargo, sigue siendo escaso el conocimiento de la población limeña acerca de la riqueza cultural de las diversas sociedades que poblaron, se adaptaron y transformaron simultáneamente las condiciones de vida de los ecosistemas de los valles del Rímac, Lurín y Chillón, hoy convertidos en las tres cuencas que componen la ciudad de Lima con más de 10 millones de habitantes. Muy poco ha aportado el sistema educativo y la labor comunicacional de las autoridades competentes para generar en las personas desde los primeros años de sus vidas una relación de la Lima actual con su pasado, un respeto por su patrimonio cultural y un reconocimiento de la riqueza e importancia diversa que esto significa. Hay que añadir a lo señalado el poco interés de los diversos gobiernos de turno en la revaloración de ese patrimonio cultural aun con la creación de un Ministerio de Cultura, de escasos recursos y poco protagonismo. Ni que decir de las administraciones municipales capitalinas, principalmente de la saliente, con una evidente ceguera frente a la recuperación y promoción de las diversas manifestaciones culturales de una ciudad poblada con todas las sangres.

Lo antes señalado nos conduce a una tercera causa importante. Y es la mantención de una herencia colonial en las políticas y en las mentes de las personas, que surge desde la presencia hispánica y se reproduce hasta nuestros días. La Colonia buscó en todo momento y en toda forma destruir la base cultural precedente, incluyendo símbolos, ritos, valores, espiritualidad, para imponer la suya. La República fue la continuidad de esa infausta práctica expresada en el desprecio a lo que significaban formas de vida y simbolismos culturales de las poblaciones indígenas. La colonialidad así entendida se sustentó en el ejercicio de un poder que impuso relaciones inequitativas de clase, cultura, sexo, trabajo, naturaleza y que continúa y refuerza en la actualidad con la modernidad mal entendida. En el caso particular del perjuicio al patrimonio cultural, también tiene que ver con una intención sistémica que no incluye ni promueve el respeto por el legado arqueológico, que conduce a generar una población desconectada de su herencia histórica para facilitar su manipulación.

Por lo tanto, una nueva forma de concebir y poner en valor social el patrimonio cultural arqueológico de Lima, debería basarse en la búsqueda de un enfoque decolonial como una alternativa histórica, ideológica y política que permita reflexionar sobre los nuevos roles de la sociedad limeña, libres de esas ataduras conservadoras, enfoque que debería orientar un nuevo proyecto de desarrollo urbano metropolitano, aprovechando su invalorable riqueza cultural. Felizmente, se ha mantenido en el tiempo una sorprendente resistencia cultural de la cual deberíamos tomar ventaja para poner en marcha esos esfuerzos de ruptura de colonialidad que lastimosamente persiste en nuestras mentes y acciones.

Lima tiene una nueva administración municipal que, si desea ser sustancialmente diferente a la de su mediocre antecesor, tiene que demostrar cambios sustanciales en la orientación del desarrollo urbano desterrando la práctica del fierro y cemento y priorizando el ordenamiento territorial con ciudadanía e identidad cultural. Una de esas transformaciones debiera ser la revaloración de la Lima precolonial desde una mirada integradora: no solo atractivo cultural, turismo inclusivo, más oportunidades de ingresos y empleos para la población limeña; sino la posibilidad de ir construyendo una historia más completa de la Lima, con conocimiento cabal y orgullo de sus ancestrales sociedades, y aprendiendo de ellas sobre cómo pudieron mantener una relación más armónica con la naturaleza, en un ecosistema desértico que ahora no se comprende y se agrede persistentemente. 

Eso implicaría medidas concretas y perentorias: coordinación permanente entre las autoridades municipales y las de los Sectores de Educación, Cultura y Turismo, para organizar un Plan Metropolitano de puesta en valor social del patrimonio cultural arqueológico precolonial, que incluya ambiciosamente la creación de nuevos programas de educación ciudadana, de mejora del plan de formación curricular escolar, la formación de guías y promotores turísticos y culturales locales, la constitución de redes de organizaciones de la sociedad civil y de empresarios, el incentivo a la investigación científica y el estímulo académico; asimismo, de creación de rutas o circuitos turístico-culturales a las que acceda en primer lugar la población limeña; la contribución al saneamiento físico-legal de los sitios arqueológicos, incluyendo su protección efectiva con la construcción de cercos vivos perimétricos y el apoyo de la población organizada; la mejora de los servicios museográficos y educativos de los sitios arqueológicos, la creación de símbolos de identidad cultural, entre otras acciones.