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Una publicación de la asociación SER

Saramurillo: multiplicidad y simetría

El caso de Saramurillo puede ser considerado una muestra de la agencia y heterogeneidad de las políticas indígenas en Perú. Esto no es, necesariamente, aún una ejecución concreta, sino el inicio de un despliegue de diálogos que en los próximos días tendrán lugar entre lideres indígenas y el Estado. Ciertamente, hay que precisar que la voluntad del Estado por establecer este diálogo fue un aplazamiento que solo evidenciaba la habitual sordera de las autoridades. A casi 80 días pudo llegarse al acuerdo de la hoja de ruta. Esto, por un lado demuestra la debilidad de nuestro modelo político, pero por otro lado ejemplifica la capacidad de las políticas indígenas para proponer nuevas medidas de poder.

No solo el caso de trasladar la siguiente fase del diálogo a Saramurillo, sino también el modo en que esta negociación fue simetrizada por los demandantes, nos muestra que no estamos ante un pedido como limosna sino frente a la exigencia de derechos. Al respecto, destaquemos las palabras de Miguel Manihuari Tamani quien, durante las manifestaciones públicas, enfatizaba que los sujetos indígenas están plenamente listos para dialogar con el Estado. Por esto mismo, hasta ahora, el resultado de la protesta va más allá de un diálogo ficcional, pues el Estado se ha visto en la obligación de escuchar y ya no solo oírse a sí mismo.

La responsabilidad estatal entonces radica en cómo lidiar con estas demandas, especialmente con la relativa a la contaminación producida por el derrame de petróleo a causa de los daños en el Oleoducto Nor-Peruano. Un tema aparte de que estas medidas se realicen a corto o largo plazo -el punto clave- es no volver a caer en las retóricas estatales, ni volver a una visibilización momentánea del otro que luego pueda es archivada. En este sentido, habría que pensar en la potencia de este acuerdo considerando el contexto en que ocurrió. En medio del APEC, entre ese acuerdo de crecimiento y calidad y desarrollo humano que giró en torno al círculo vicioso de la formalidad y el show mediático, los líderes indígenas se hicieron presentes para exigir no solo un compromiso de buenas intenciones sino una hoja de ruta escrita. 

La realidad de este contraste no apela a un modelo multiculturalista o inclusivo según la democracia débil que tenemos, sino da cuenta de la apertura hacia el reconocimiento de las tensiones que no deben anularse en síntesis pasajeras sino en negociaciones de política agonística, es decir, en el reconocimiento real las diferencias de perspectivas culturales. Estas diferencias , y su modo de regularlas, están más presentes en las estrategias indígenas, que a la vez que se reconocen como miembros de una comunidad, de un territorio, recurren al discurso de nación y a herramientas constitucionales para legitimar sus movilizaciones. Por su parte, es el Estado el que no se arriesga a una recepción pluridiversa y sigue centrándose en un solo modelo de entender la política. 

El caso de Saramurillo trae además otras tensiones, que han de entenderse como una multiplicidad que supera la cerrazón del modelo nacional y lo que este quiere visibilizar o no. En este proceso fueron tres las organizaciones que disintieron de participar en la protesta. En el comunicado suscrito por la Asociación Cocama de Desarrollo y Conservación San Pablo de Tipishca (Acodecospat), la Federación Kukama del río Urituyacu (Fekuru) y la Asociación Indígena de Comunidades Urarinas del río Chambira (Aidecurcha), puede leerse que no participan porque “esas protestas porque procede con métodos errados y malos ejemplos, desarrollando mecanismos perversos, sin norte y con poca responsabilidad” (citado de Lamula.pe). 

Esto desestructura cualquier generalazación del mundo indígena. Antes que entender esta situación como divisionismo, debe hacernos pensar en las propias tensiones internas a nivel local, y repensar en cuáles son los sectores que se benefician y aquellos que a su vez continúan invisibilizados. Salir del diálogo ficcional es también darse cuenta que no existe una tal unidad indígena sino una multiplicidad tensa en su lucha de políticas concretas. 

Para el Estado este diálogo en Saramurillo puede ser el inicio de la superacion de la retorica letrada y su centralismo, mientras que para los líderes indígenas el diálogo se convierte en una forma de establecer una coexistencia política que deje sin sustento toda representación salvaje o exótica. Si el diálogo ficcional se sustenta en un espectáculo del otro según modelos letrados-liberales, el diálogo de Saramurillo ha de mostrarnos la posibilidad de una simetría de saberes y poder, que permita pensar en otro modo de entender la diferencia, y sus riesgos históricos, en un país muchas veces adocenado en la propia neutralidad de su voz.