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Una publicación de la asociación SER
Doctor en Antropología con Mención en Estudios Andinos. Magíster en Gobierno y Políticas Públicas. Consultor en gestión pública, gobernabilidad local, ambiente, cultura y manejo de conflictos.

Saywiti y las oportunidades de Apurímac

Saywiti no sólo es el impresionante monolito que mide unos once metros de ancho por 2,30 m de alto y contiene más de doscientas figuras fitomorfas, zoomorfas, de accidentes geográficos y construcciones humanas y canales hídricos, tallados y aprovechando los relieves y depresiones naturales de la piedra.

Saywiti constituye uno de los santuarios más complejos y hermosos del Perú prehispánico, con una arquitectura de la época inca imperial y una extensión de más de dos hectáreas, albergando entre otros, nueve fuentes o pacchas impresionantes y una escalinata de 68 peldaños para posiblemente celebrar el culto al agua, plataformas y círculos de piedra, lugares ceremoniales para el sol y la luna, el intihuatana o reloj solar, faltando más de la mitad del área por descubrir. Se ubica entre las comunidades de Saywite y Concacha  en el distrito de Curahuasi, provincia de Abancay, a unos 3,500 msnm, en el Km 45 de la vía asfaltada hacia el Cusco, formando parte de un hermoso paisaje natural y cercano a los distritos de Cachora y Huanipaca, desde donde se dirigen los turistas a Choquequirao, el gran monumento arqueológico de Cusco, luego de Machu Picchu.

Lo más preocupante es que este invalorable sitio arqueológico de fácil acceso se encuentra en franco abandono y recibe escasas visitas turísticas (a veces ninguna al día, según su único trabajador que es guardián, boletero y guía a la vez), muy lejos de ponerse en valor y de constituir parte del patrimonio cultural que contribuya al desarrollo territorial de Apurímac. A ello se suma la precariedad de los servicios básicos de la población rural que vive a su alrededor y realiza actividad agropecuaria.

Lo que ocurre en Saywiti es un reiterado y triste ejemplo de una realidad que caracteriza el país: la exigua valoración e importancia que los gobernantes y la sociedad en general le otorgan al patrimonio cultural para que forme parte de los componentes principales del desarrollo local, tanto por su potencial importancia económica (como servicio turístico responsable), así como por su papel en el fortalecimiento de la identidad. Así como Saywiti, se pueden enumerar muchos otros bienes culturales, tanto materiales como inmateriales, que podrían integrarse conformando corredores turísticos y que requieren contar con las condiciones y facilidades para ser aprovechados.

De lo que Apurímac carece, como parte del Perú en su conjunto, es de un claro proyecto nacional cuya base de crecimiento esté garantizado por su riqueza cultural y natural, en torno a la cual se construya toda una cadena de valor que comprometan políticas públicas, inversión privada, aporte científico, servicios turísticos, producción agropecuaria, gastronomía, etc. Es decir, que se genere las oportunidades para que la mayor cantidad de actores del territorio participen, concierten, se beneficien y protejan los recursos que le permitan un permanente bienestar.

En el caso de Apurímac el reto es mayor en tanto se  convertirá en el primer departamento en inversión minera, con lo que eso implica si no se consensua con urgencia una propuesta de desarrollo territorial que replantee su visión de futuro y  no se reediten los tradicionales mecanismos de extracción minera que poco favorecen el desarrollo local. La actividad minera consentida por la población debiera permitir que sus beneficios se orienten a ampliar las capacidades humanas y a garantizar el financiamiento para  proyectos de puesta en valor y aprovechamiento sostenible del patrimonio cultural y natural renovable. Es posible revertir las tradicionales formas de acumulación, poniendo por delante las potencialidades locales que garanticen un desarrollo sostenible con identidad cultural. Sin esperar cambios nacionales, Apurímac podría empezar definiendo su nuevo rumbo en el desarrollo, lo cual implica una renovación de liderazgos, equipos solventes y una férrea alianza entre  las autoridades, empresas privadas y comunidades campesinas, de modo que todos se beneficien equitativamente con  las bondades naturales y culturales que el territorio posee.