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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

¿Se aprende a ser ciudadano?

Aunque para T.S. Eliot es aciago el mes de abril, en nuestro imaginario social, abril está ligado al optimismo que genera el inicio de las labores escolares. Pero el poeta invita a los miles de maestros a que, en medio del tráfago cotidiano, se detengan un instante a preguntarse si lo estarán haciendo bien, si estarán cumpliendo aquello de “formar hombres y mujeres de bien” que les aconsejaron sus abuelos y padres, y acaso ellos mismos se fijaron como misión, cuando, ilusionados, empezaron su formación académica.

¿Y qué es formar gente de bien? William James, uno de los fundadores de la psicología científica, decía que el hombre es un ser capaz de convertirse  en cualquier cosa, a partir del esfuerzo y del hábito. Precursor de aquellas teorías que descubrieron que casi todo en la conducta humana es producto del aprendizaje, incluyendo la expresión de las emociones, afirmaba en “Principios de Psicología” que: “Igual que nos convertimos muchas veces en bebedores habituales, de la misma manera llegamos a ser santos moralmente o autoridades y expertos en esferas práctica y científica, mediante muchos actos independientes y muchas horas de trabajo”. Por mis intereses, enfilo la pregunta hacia mi propio molino. Entonces, ¿es posible formar hábitos democráticos entre nuestros niños y adolescentes?

Hay varios factores que hacen que las buenas intenciones pedagógicas hayan naufragado en la lucha contra la corriente de una sociedad cotidianamente atrapada en conflictos que parecen insolubles. Uno de ellos es que no son pocos los niños y adolescentes que provienen de hogares, ya sea disfuncionales o funcionales, en los que la lucha por la sobrevivencia genera un stress de tal magnitud, que los adultos sólo se entienden a gritos y en los que la única ventana de alivio (¡!) resulta una televisión con su crónica roja, sus concursos amañados, su regodeo con las vidas privadas de las vedettes, su humorismo carcelario y melodramas emolientes y narcotizantes, al lado de la denuncia del último caso de corrupción protagonizado por un funcionario público.

¿Cómo hacer para que esos muchachos “malcomidos, maldormidos, rebeldes y humillados de esta tierra”, como escribía Eduardo Galeano, canalicen sus energías en algo que no sea insultar, amenazar o golpear al prójimo para vencer en la jungla urbana? ¿Cómo hacer que sean productivos, autónomos pero no egoístas, confiables pero no borregos, sensibles pero no ingenuos, críticos pero no alpinchistas? ¿Cómo hacer para extraerlos de las influencias de una televisión basura, de cabinas de internet en donde campea la violencia o la pornografía, de otros niños y jóvenes que pasan escasísimas horas con sus padres, que trabajan doce, 14 ó 16 horas diarias?

Por supuesto que vale apostar. El ministerio de Educación, bajo la gestión de la ministra Patricia Salas, se había dado a la tremenda tarea de enfrentar el reto de transmitir en la escuela el aprendizaje fundamental necesario para formar un ciudadano democrático. En el 2012, un equipo multidisciplinario trabajó  el documento “Convivir, participar y deliberar para ejercer una ciudadanía democrática e intercultural”, que a comienzos del 2013 fue distribuido gratuitamente entre más de 400 mil docentes. Allí se aborda a profundidad el desarrollo del tema, con una visión muy realista de los problemas, tratando de ayudar al maestro en el aula, en una equilibrada exposición de experiencias, teoría, estrategias y métodos.

En el plan del año escolar 2013 se había dispuesto que las instituciones educativas organizaran la “Semana de la Democracia”. En setiembre del 2013, se aprobó el documento “En democracia ganamos todos”, que incluye orientaciones pedagógicas para promover la convivencia democrática e intercultural en la educación básica regular. El año pasado hubo diversas experiencias de “Semana de la Democracia”.

Obviamente, no se trataba de transmitir conceptos y definiciones abstractas y áridas como antiguamente se hacía en la Instrucción Pre Militar o en el curso de Educación Cívica. Más bien, se trataba de fomentar hábitos para una convivencia democrática -como opuesta a una convivencia anárquica, conflictiva o violenta-, encarando los conflictos abiertamente, con la palabra expresada con libertad (y no con el grito o el golpe, la amenaza o el castigo), debatiendo de una manera racional, para conciliar y llegar a acuerdos.

Se proponía que en varios espacios, como la hora de tutoría, en el área curricular de formación ciudadana y en las demás, así como a través de la “Semana de la Democracia”, se desarrollaran una serie de actividades de enseñanza-aprendizaje, como abordar asuntos públicos o conflictos en el aula o la escuela, para procesarlos con la orientación de los docentes.

Temas como las normas para una buena convivencia, el racismo y la discriminación, el machismo, la historia de violencia, la multiculturalidad peruana, o la controversia sobre los límites marítimos con Chile, se abordaron siguiendo una secuencia didáctica y manejando críticamente la información periodística, de tal manera que podía permitir la adquisición de nuevas capacidades, como saber argumentar y convencer, saber reconocer errores, buscar aliados, aprender a hacer propuestas de solución. Las elecciones de “Municipios Escolares” en muchos colegios empezaron a adquirir sentido al articularse con la “Semana de la Democracia”, aunque en otros siguen siendo actividades descolgadas, que solo se llevan a cabo por cumplir la norma del ministerio.

Lamentablemente, con la gestión del ministro Saavedra se han hecho algunos cambios en este terreno: La formación ciudadana ha perdido peso como política priorizada; la “Semana de la Democracia” ha desaparecido del calendario escolar y los documentos señalados ya no forman parte del stock de las “Rutas de Aprendizaje” que, como materiales de apoyo, se ofrecen en el portal electrónico del Minedu. Pero, por fortuna,  todavía existen y pueden seguir siendo aprovechados por los maestros y maestras interesados en la formación de ciudadanos demócratas, comprometidos con la suerte de su comunidad, y no en individualistas exitosos.