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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

Secuelas de la confianza

El último capítulo de la disputa entre el Ejecutivo y el Legislativo, esta vez en torno a la cuestión de confianza, deja una sensación de empate con sabor a revancha.

Como han anotado diversos analistas, haber logrado la confianza es una victoria del gobierno frente a los ademanes obstaculizadores con origen en el Congreso. Pero no se trata de una victoria absoluta, pues nada asegura que las propuestas de reforma política presentadas por el gobierno sean aprobadas sin desnaturalizar su esencia, como sus titulares lo han exigido en reiteradas oportunidades.

El Congreso, por su parte, tuvo que retroceder en el desafío planteado inicialmente, pero ello no constituye una derrota absoluta, pues quienes encarnan la oposición a Vizcarra mantienen posiciones de poder en el Parlamento, desde las cuales continúan con la misma narrativa, como si la semana pasada no hubiera pasado nada.

Planteadas así las cosas, lo más probable es que en un tiempo indeterminado se produzca un nuevo conato o choque entre ambos Poderes. Que esta probabilidad permanezca se debe, en mi opinión a que la verdadera disputa no es entre gobierno y Congreso, sino entre actores con capacidad e interés de negociación y actores cerrados sobre sus posiciones.

Los primeros pertenecen a bancadas diversas, e incluso algunos representantes del fujimorismo pueden ubicarse en este grupo. Son operadores políticos que se mostraron muy activos en la última crisis, logrando construir una alternativa negociada que condujo al otorgamiento de la confianza al Gabinete del Solar. En estas circunstancias han demostrado que su liderazgo es fundamental para conducir de algún modo la fragmentada vida política del país. Sin embargo, más allá de esta situación terminal, no resulta claro qué incentivos tienen para constituirse en bisagras permanentes para favorecer debates alturados y democráticos, y acuerdos negociados. En ese panorama destaca también que los operadores están sobre todo en el Congreso; el gobierno ostenta una clamorosa incapacidad para asumir esta función.

Los segundos – llamados “termocéfalos” por el periodista Fernando Carvallo – son  principalmente fujimoristas, aunque secundados por congresistas de otras agrupaciones como Mauricio Mulder o los integrantes de Acción Republicana, la reciente bancada ultra conservadora. Su discurso deja siempre sentada una posición de confrontación radical con el gobierno, al cual no le conceden ninguna acción positiva. Su estilo agresivo, sus desplantes, incluso sus mentiras, constituyen un obstáculo enorme para los esfuerzos de negociación y, por lo visto en las últimas semanas, su actuación puede hasta poner en riesgo la gobernabilidad del país.

Lamentablemente, este último grupo de actores mantendrá su presencia en el corto plazo, si bien algo acotada luego del debate sobre la cuestión de confianza. Como lo he señalado en otra oportunidad, tienen una inercia confrontacional de la cual parece no saben cómo salir. Y debido a que mantienen primacía en Comisiones clave como Constitución, Acusaciones Constitucionales o Ética, no resulta difícil vislumbrar que su majadera insistencia puede conducir a nuevas situaciones críticas.

¿Cuánto cambiará esta situación después de Fiestas Patrias, cuando el Congreso elija una nueva junta directiva y acuerde una nueva composición de las Comisiones, esta vez buscando un mejor reflejo de la representación actualmente existente? Se sabe que el fujimorismo perderá mayoría absoluta en todos los espacios (salvo en la mesa directiva, si la gana), pero eso no implica que sus posiciones (más específicamente las de sus voces más radicales) pierdan terreno. El escenario que se abre en agosto es uno propicio para los operadores políticos, ese espécimen escaso en nuestra vida política actual.

 

 

Twitter: @RivasJairo