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Una publicación de la asociación SER

Terruqueando ando

“¡El terrorismo está de vuelta! El terror está entre nosotros. Los rojos, los caviares, los hijos de Gramsci, y demás malas yerbas se han juntado para imponer sus ideologías y agendas leninistas que odian el crecimiento económico del Perú”.

Se ha convertido en recurso fácil el “terruquear”. Y se hace para convertir al adversario en un apestado o apestada; para desmoralizarlo y etiquetarlo permanentemente -o por mucho tiempo-  sabiendo que en nuestra sociedad el terrorismo es un tema muy sensible.  Pero también se usan otros adjetivos como armas de respuesta. “Corruptos”, “mermeleros”, “fujimorista”, “montesinista”, “lobbysta” son unos cuantos ejemplos de “réplica” entre adversarios que buscan equilibrar la acusación de “pro terruco”.

Estas señalizaciones no serían más que ligerezas o irresponsables acusaciones si no fuese porque se están convirtiendo en una forma de “hacer política” por parte de nuestros políticos. Y como sabemos, a pesar de la intrascendencia de la mayoría de ellos, sus opiniones sí importan. Aunque lo importante es descubrir aquello que dejan de decir cuando, por ejemplo, gritan: “al terruco, al terruco”.

¿Qué estarían dejando de decir cuando se adjetiva al oponente o a aquellos con quienes se discrepa? Creo que la incapacidad de reconocer que se ha forjado una clase política sin habilidad de dialogar, carente de argumentos, que ignora o pretende ignorar los problemas importantes de la gente y que defiende sus ideas y posiciones a todo costo, sin importar que las acusaciones sean falsas y que generan mucho daño al adversario. Resumiendo, todo ello nos muestra la impericia de nuestros políticos.

Notemos, por ejemplo, que la mayoría de los políticos, a diferencia de las personas comunes, son capaces de destacar sus “virtudes” o repetir hasta el cansancio “que son las mejores personas del mundo”. En cambio, son muy pocos quienes confiesan su lado malo. Por ejemplo, su ineptitud cuando se trata de discutir ideas que no toleran. Cuando se carece de imaginación y de sabiduría es normal que se pierdan los buenos modales.

Pero lo anterior no es solo aplicable a los políticos, también ocurre entre otras personas.  Por ello no es extraño que nuestros políticos “los representantes del pueblo” expresen esos comportamientos. En especial los congresistas, cuyas ideas, modales y maneras de hacer política son representativas del parecer de muchos ciudadanos y ciudadanas.  Así es la democracia.

Pero la democracia - la deseable- también espera que su pueblo sea representado por buenos políticos que puedan debatir ideas y no acusaciones infundadas que son alegremente arrojadas a los adversarios. Nuestro país es complejo, por lo tanto, sus problemas o dificultades, los nuevos y los viejos, son de la misma naturaleza y se necesita con urgencia ideas o argumentos razonables que tengan como base esa complejidad. Y que puedan ser discutidos con respeto y mucha tolerancia por nuestros políticos.

Sin embargo, me temo que hemos entrado a un círculo vicioso cada vez difícil de superar. Tenemos una ciudadanía que elige malos políticos, ya sea por no estar informada o porque las propuestas que recibe son confusas. Y la consecuencia de esto es una clase política mediocre con mucho poder que gobierna “de espaldas al pueblo”. Su incapacidad de aceptar alguna crítica o cuestionamiento a su función pública los mueve a usar la descalificación en contra de aquellos que ejercen el derecho a fiscalizarlos. Supuestamente, con cada elección se sanciona al mal político, pero la evidencia de los últimos años no es alentadora.

Nuestra democracia está en un momento difícil. Y quienes deben trabajar y ponerse de acuerdo para mejorarla no hacen más que reducir nuestra convivencia a una lógica binaria -perdonen la reiteración- de buenos contra malos, nosotros y ellos, pro terrucos contra corruptos convirtiendo así el ejercicio de la política en un aborrecible espectáculo.

Exijamos a nuestra clase política que no desvíe la atención sobre los verdaderos problemas de nuestro país. No necesitamos saber quién es el más bueno o el más malo. Requerimos ideas nuevas, complejas o plausibles; y que sus promotores se pongan de acuerdo. Sí, es mucho pedir. Pero así es la democracia.