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Una publicación de la asociación SER
Candidata doctoral en Hispanic Studies por la Universidad de Kent, Reino Unido, Máster en Estudios Culturales por la Universidad de Kent. Actualmente es Coordinadora Académica de Comunicación y Publicidad de la U. Científica del Sur y docente de la PUCP

Testigo de una revolución: La lucha de las mujeres esterilizadas por encontrar verdad, justicia y reparación

Es cierto que las luchas justas toman tiempo y formas a veces inesperadas. En un principio, son silenciosas, pero con el transcurso de meses y años evolucionan poderosamente. Ocupan espacios, llevan el mensaje y logran, finalmente, transformar la historia. La lucha de las mujeres esterilizadas ha costado más de veinte años y hoy somos testigos de una nueva revolución. Una revolución que busca justicia y reparación, y que surge por las mujeres que fueron esterilizadas sin su voluntad.

Somos testigos de un proceso histórico en la búsqueda de la justicia. Un proceso que tiene que ver con la época de la dictadura que vivimos con Alberto Fujimori y más adelante con los miembros de su familia y su agrupación política Fuerza Popular. En el caso de las esterilizaciones forzadas se abren nuevas luces para encontrar la justicia y reparación que vienen buscando las mujeres esterilizadas hace más de veinte años. Este lunes la Fiscal Provincial Penal de la Segunda Fiscalía, Marcelita Gutiérrez Vallejos, formalizó la denuncia penal contra Alberto Fujimori Fujimori, Eduardo Yong Motta, Ricardo Luis Costa Bauer, Alejandro Aguinaga, Ulises Jorge Aguilar, Segundo Aliaga Pinedo, Octavio Marroquín Osorio y Magda González Carrillo. Como señaló el abogado de DEMUS Milton Campos los 2.166 casos de mujeres pasarán ahora a una investigación judicial. Recordemos que en julio del 2016 la Fiscalía archiva el caso por tercera vez y en agosto, el fiscal Landa lo devuelve a la fiscal Gutiérrez dándole un plazo de 30 días para un nuevo pronunciamiento.

Desde que se iniciaron las denuncias de la mala ejecución de las campañas denominadas AQV 1996  muchas denuncias realizadas en el lugar de los hechos fueron archivadas. En el caso de la provincia de Huancabamba, al iniciarse las denuncias, el registro exacto de mujeres esterilizadas que existía en el único Centro de Salud de la provincia desapareció. Investigadoras como Giulia Tamayo recogieron por primera vez las denuncias de mujeres en Huancabamba en 1996. Durante su investigación, Giulia descubrió cuotas anuales y metas establecidas por el Ministerio de Salud (395 esterilizaciones anuales); en su informe, incluso, presentó documentos de respaldo de cuotas y metas. Encontró así, por ejemplo, que en setiembre de 1996 ya se habían realizado 169 esterilizaciones, es decir, el 42 % del total previsto.

Mi inquietud por investigar las esterilizaciones y sus consecuencias surgió en el año 1996, cuando trabajé en el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, en Lima, como practicante en comunicaciones. Ahí, durante más de un año, junto a mi primera gran maestra Gaby Cevasco, tuve la oportunidad de colaborar en temas periodísticos y ver de cerca el caso. Aunque mi trabajo se enfocaba en la redacción de informes y archivar noticias de periódicos locales que informaban sobre las esterilizaciones, observé de cerca cómo esta organización trabajaba el tema, así como los mecanismos que utilizaba para denunciar el caso ante el Estado peruano y ante organismos internacionales. En aquel centro feminista –uno de los primeros en Perú–, a mis 18 años, conocí a Giulia Tamayo, abogada y defensora de los derechos humanos que venía luchando por denunciar el caso de las esterilizaciones forzadas ejecutadas en Huancabamba y otras provincias del país. Ella acababa de publicar Silencio y Complicidad: Violencia contra las mujeres en los servicios públicos de salud en el Perú, un informe fundamental que documenta violaciones a los derechos humanos de las mujeres usuarias de los mencionados servicios. Su trabajo dejó una huella imborrable en mí, así como esa energía y fortaleza que lograba trasmitir a quien estuviera a su lado. Al iniciar mi propio trabajo de investigación sobre el caso se abrieron muchas preguntas ¿Cómo se mantuvo la memoria de las esterilizaciones en las mujeres de Perú? ¿Hubo miedo, hubo coraje? ¿Cómo surgieron nuevos puentes hacia la denuncia civil? ¿Qué revolución surgió por las muertes de mujeres que fueron esterilizadas sin su voluntad? ¿esperanza o desesperanza? Ha sido un largo camino en donde la investigación se transformó también en activismo.

Mi trabajo de investigación sobre las esterilizaciones forzadas abarca desde el 2012 hasta el 2016 y recoge el proceso de denuncia de las mujeres pero sobre todo lo más importante: el camino hacia el reconocimiento. En Huancabamba, el estudio encontró varios hallazgos, uno de los más evidentes fue el miedo a denunciar. Las razones son varias. Por un lado, la desconfianza en los poderes del Estado que nunca hicieron mucho por las afectadas. Por otro lado, el temor a ser acusadas de terroristas. Este temor encuentra su origen en la experiencia que tuvo la población de Huancabamba durante la época del conflicto armado interno. Esta provincia, abandonada por el Estado en cuanto a salud y educación –con uno de los niveles más altos de analfabetismo en el país-, fue una de las más afectadas por la violencia. También se cometieron crímenes en contra de los habitantes de las comunidades de la provincia, quienes, además, fueron acusados injustamente de terroristas. Los habitantes de Huancabamba cargan este trauma y lo asocian directamente con el de las esterilizaciones, dado que se llevaron a cabo inmediatamente después. En ese sentido, existe un miedo enraizado, un trauma que impide denunciar por miedo al castigo, no solo por parte del Estado, sino también por parte de la propia comunidad. Finalmente, existe un rechazo por una parte de la comunidad hacia las mujeres que fueron esterilizadas y está instalado en la memoria de la misma comunidad.

Desde que inicié mi investigación en 2012, el camino de las mujeres esterilizadas en su búsqueda de verdad, justicia y reparación ha sido duro. Muchas de las mujeres que entrevisté en aquel año tenían una idea errónea de lo que les habían hecho. Algunas entendían que la esterilización era reversible. Más tarde, descubrí que esto se debía a que se utilizaba el término “ligación”. Además, muchas pensaban que las campañas eran una orden del gobierno y que “había que seguirlas”. Otras mujeres sentían que daba igual denunciar estos actos porque el gobierno “siempre las engaña.

Algo importante –a partir de la reapertura del caso– fue la forma en que las mujeres esterilizadas lograron organizarse para crear un solo colectivo. De esta forma hoy, el grupo de Huancabamba y Anta sostienen una misma agenda y han encontrado en sus demandas una voz de reclamo: verdad, justicia y reparación. Es interesante cómo estas implicancias simbólicas que iniciaron con fuerza en el 2013 –las marchas de protesta, las reuniones de víctimas y organizaciones feministas y de derechos humanos– y las implicancias prácticas –como el viaje que realice con Esperanza Huayama al Reino Unido con el fin de visibilizar el caso– aportan al momento de crear un discurso más elaborado desde los derechos humanos. Las palabras y críticas de grupos fujimoristas y de los ciudadanos limeños hacia las mujeres esterilizadas, van perdiendo importancia, y, por el contrario, crece la solidaridad con su lucha y con el reclamo por la deuda permanente que tiene el Estado con ellas y ellos. También a partir del encuentro de las mujeres esterilizadas de diferentes provincias del sur y del norte del país, se consiguió consolidar este pedido: justicia, verdad y reparación. Algunas incluso exigieron armar una Comisión de la Verdad. Estas voces luchan por no ser ignoradas después de haber sido silenciadas durante tanto tiempo. Ahora, su demanda representa la conciencia plena de ser sujetos de derecho.

En países que han sido víctimas de dictaduras, como Chile, Argentina, Guatemala o El Salvador, se ha demostrado que la justicia, la verdad y la reparación es posible, en parte, una vez superado el conflicto. En Perú, seguimos en el proceso de encontrar la justicia y el pleno respeto a los derechos humanos, y a pesar de que vivimos hoy un momento tan esperado como es la formalización penal de los principales autores de este crimen, es importante reflexionar sobre si ya hemos superado el trauma de la dictadura fujimorista o si seguimos bajo un régimen dictatorial disimulado en el Congreso y el Poder Judicial.

Quizás –y esto se verá con el tiempo– una forma de reparación ha sido la formación del REVIESFO. Aunque su creación se haya dado en un contexto pre-electoral, se espera que cumpla con las funciones y que el registro se emplee, no solo para conocer el número de mujeres esterilizadas en contra de su voluntad, sino para hallar la forma de reparar a las mujeres y hombres esterilizados. No olvidemos que, desde que las mujeres se organizaron, empezaron a recibir amenazas. Sin embargo, hasta ahora, el Estado no hace nada por garantizar su seguridad. Estas mujeres, que son el rostro de un caso que aún se mantiene pendiente, no solo pelean por exigir justicia, sino que también llevan la responsabilidad de proteger a sus familias y a miembros de su comunidad de ataques que puedan costar la vida de alguno de ellos. Esperanza Huayama no dudó en denunciar estas amenazas, y en sus declaraciones reafirma su papel de líder y representante de las mujeres esterilizadas, así como el compromiso que tiene con ellas: “yo no tengo miedo, yo sigo luchando y lucharé por todas las mujeres ligadas, y seguiré luchando por todas mis hermanas”.

A continuación he querido reunir algunos de los testimonios de mujeres huancabambinas, que recogí durante mi investigación sobre el caso, con el fin de recordar y honrar el trabajo de denuncia que han venido construyendo las propias protagonistas.

Mi esposo no quería, pero la enfermera venía todos los días. Ella me decía: “Paulina, ¿ya te animaste para que te ligues para que ya no tengas tantos hijos? Mucho te estás llenando de hijos, ya vas a tener como cuy. Ya ves, tu hija está flaca porque no la estás alimentando bien, no comes bien. ¿Y dónde está tu esposo para conversar con él?, porque él tiene que firmar para poder ligarte. (Comunicación personal, 20 de julio de 2012).

Cuando me hicieron esta ligación yo casi no quería. Mi esposo fue el apurado. La ambulancia vino a recogernos y nos llevaron al hospital. Me operaron el 12 de febrero y mi esposo firmó. Yo no firmé. Yo casi no quería, pero rogaban. “Con esto te vas a quedar bien”, decían. Ofrecían comida, pero no cumplían. “No tengas miedo”, me decían. “Tranquila, tranquila”. Yo pensaba: “¿qué ley será?” (Señora María, comunicación personal, 4 de setiembre de 2012).

Como yo me cuidada con ampolla me dijeron que ya no me iban a dar la ampolla, que nos teníamos que hacer ligar. Yo firmé un consentimiento. No me dieron ningún folleto. No le dije ni a mi esposo ni a mis hijos porque dijeron que iba a ser un simple cortesito (…) Ahora mi esposo se ha ido porque paro con hemorragias. Como sentía dolor, mi esposo se fue, porque estaba adolorida y no le gustó (Comunicación personal, 11 de setiembre de 2012).

Como su mamá es humilde, ella no sabe leer ni escribir. Le engañaron que no le iba a pasar nada, que querían operarla, ligar, que no le va a pasar nada, que después va a quedar mejor, y que le van a apoyar, ¡tantas cosas! Y en última cosa la mamá se resistió para que no la ligaran y entonces a la mala la cogieron, o sea, la jalaron y la subieron al carro y la trajeron a Huancabamba. Aprovecharon que no podía hablar, que no escuchaba, e hicieron ese abuso (Madrina de Juana, comunicación personal, setiembre de 2012).

 

Durante estos seis años de investigación, he sido testigo de cómo las mujeres de IAMAMC y CDME - AMBHA han ido cobrando conciencia del caso. Su investigación, realizada por las propias mujeres, reafirma su compromiso con ellas mismas y nos coloca como testigos de una revolución que lucha por las mujeres que murieron por culpa de estas malas prácticas, por las que perdieron a sus familias al ser abandonadas y rechazadas por su propia comunidad, por las que ya no pueden trabajar como antes debido a los fuertes dolores que sufren hoy en día, por las que fueron intervenidas estando embarazadas, y por todas las que sufren secuelas psicológicas a causa de esta tremenda injusticia. Lo llamo “revolución” y me siento testigo y cómplice de una historia que se está tejiendo desde dentro, desde la voz de las propias víctimas.

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